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20 de julio de 2016

Inteligencia emocional


(imagen extraída de Google)


   
        El cerebro del ser humano, ese kilo y pico de células y jugos neurales, tiene un tamaño unas tres veces superior al de nuestros primos evolutivos, los primates no humanos. A lo largo de millones de años de evolución, el cerebro ha ido creciendo desde abajo hacia arriba, por así decirlo, y los centros superiores constituyen derivaciones de los centros inferiores más antiguos (un desarrollo evolutivo que se repite, por cierto, en el cerebro de cada embrión humano).

        La región más primitiva del cerebro, una región que compartimos con todas aquellas especies que sólo disponen de un rudimentario sistema nervioso, es el tallo encefálico, que se halla en la parte superior de la médula espinal. Este cerebro rudimentario regula las funciones vitales básicas, como la respiración, el metabolismo de los otros órganos corporales y las reacciones y movimientos automáticos. Mal podríamos decir que este cerebro primitivo piense o aprenda porque se trata simplemente de un conjunto de reguladores programados para mantener el funcionamiento del cuerpo y asegurar la supervivencia del individuo. Este es el cerebro propio de la Edad de los Reptiles, una época en la que el siseo de una serpiente era la señal que advertía la inminencia de un ataque.
 
       De este cerebro primitivo –el tallo encefálico- emergieron los centros emocionales que, millones de años más tarde, dieron lugar al cerebro pensante –o neocortex- ese gran bulbo de tejidos replegados sobre sí que configuran el estrato superior del sistema nervioso. El hecho de que el cerebro emocional sea muy anterior al racional y que éste sea una derivación de aquél, revela con claridad las auténticas relaciones existentes entre el pensamiento y el sentimiento.

       La raíz más primitiva de nuestra vida emocional radica en el sentido del olfato o, más precisamente, en el lóbulo olfatorio, ese conglomerado celular que se ocupa de registrar y analizar los olores. En aquellos tiempos remotos el olfato fue un órgano sensorial clave para la supervivencia, porque cada entidad viva, ya sea alimento, veneno, pareja sexual, predador o presa, posee una identificación molecular característica que puede ser transportada por el viento.

        Con la aparición de los primeros mamíferos emergieron también nuevos estratos fundamentales en el cerebro emocional. Estos estratos rodearon el tallo encefálico a modo de una rosquilla en cuyo hueco se aloja el tallo encefálico. A esta parte del cerero que envuelve y rodea el tallo encefálico se le denominó sistema “límbico”, un término derivado del latín limbus, que significa “anillo”. Este nuevo territorio neural agregó las emociones propiamente dichas al repertorio de respuestas del cerebro. Cuando estamos atrapados por el deseo o la rabia, cuando el amor nos enloquece o el miedo nos hace retroceder, nos hayamos en realidad, bajo la influencia del sistema límbico.

        La evolución del sistema límbico puso a punto dos poderosas herramientas: el aprendizaje y la memoria, dos avances realmente revolucionarios que permitieron ir más allá de las reacciones automáticas predeterminadas y afinar las respuestas para adaptarlas a las cambiantes exigencias del medio, favoreciendo así una toma de decisiones mucho más inteligentes para la supervivencia. Por ejemplo, si un determinado alimento conducía a la enfermedad, la próxima vez sería posible evitarlo.

       Hace unos cien millones de años , el cerebro de los mamíferos experimentó una transformación radical que supuso otro extraordinario paso adelante en el desarrollo del intelecto, y sobre el delgado córtex de dos estratos se asentaron los nuevos estratos células cerebrales que terminaron configurando el neocórtex ( la región que planifica, comprende lo que se siente y coordina los movimientos).

        El neocórtex del Homo sapiens, mucho mayor que el de cualquier otra especie, ha traído consigo todo lo que es característicamente humano. El neocórtex es el asiento del pensamiento y de los centros que integran y procesan los datos registrados por los sentidos. Y también agregó al sentimiento nuestra reflexión sobre él y nos permitió tener sentimientos sobre las ideas, el arte, los símbolos y las imágenes.

ACTUALMENTE,

        “La gente empieza a darse cuenta de que la razón por sí sola no puede resolver todos los problemas, no basta. La tecnología ha contribuido tanto mejor a mejorar como a empeorar nuestra situación. Seguimos teniendo el mismo cerebro de siempre, y el corazón también es el mismo y nos mete en líos. El problema está en que la capacidad de las emociones para apoderarse y secuestrar el cerebro cuando nos enfadamos va ahora de la mano de un poder de destrucción mucho mayor, producto del desarrollo tecnológico. De ahí que nuestras emociones nunca hayan sido tan peligrosas”.

       Parece ser que los seres humanos seguimos siendo tan incapaces de controlar nuestras emociones, nuestros sentimientos, como lo éramos hace 10.000 años. Y, sin embargo, ahora vivimos en un mundo mucho más complejo en el que tenemos que asimilar el significado de símbolos sociales con los que nunca nos habíamos topado durante los miles de años en que fueron evolucionando nuestro cerebro y nuestros centros emocionales. Tenemos, pues, el cerebro emocional, que era muy importante para sobrevivir en el pasado y que hoy reacciona frente a realidades simbólicas. El científico Richard Dawkins llama a esta hipoteca heredada del pasado “el código de los muertos”, un código que funciona más o menos hasta hace 10.000 años pero que es totalmente inservible en el entorno moderno de Manhattan.

        Los grandes enfados, los ataques de cólera, que en otro tiempo cumplían las funciones de garantizar la supervivencia frente a un peligro físico real o una situación de vida o muerte, no tienen ya una justificación práctica y sólo nos crean problemas. Por eso el objetivo hoy día sería introducir la inteligencia en el control de las emociones. Estoy hablando de la famosa “inteligencia emocional”, dice Daniel Golemán, “es una manera distinta de ser inteligente. No es la típica inteligencia de la que hablamos en la escuela, que se puede medir mediante coeficientes. Tiene que ver con cómo gestionamos nuestras emociones y las de los demás. Tiene cinco componentes: el autocontrol, es decir, conocer tus sentimientos y utilizarlos para tomar decisiones acertadas. Luego está la gestión de las emociones, principalmente las negativas, de manera que los estados de ansiedad no te conduzcan a hacer cosas de las que luego te puedas arrepentir. El tercer componente es la motivación, funcionar con objetivos, permanecer optimista a pesar de los contratiempos y los fracasos; el cuarto es la empatía, la capacidad de saber lo que los demás sienten sin necesidad de palabras, porque la gente casi nunca nos dice con palabras lo que siente, nos lo dice con el tono de su voz, con sus muecas. Y por último estaría la percepción social, saber identificar las claves necesarias para interactuar, saber tratar a la gente para que se sienta mejor. Éstos son los elementos básicos”.


                                                         Autor: Daniel Goleman.

       
       Estas cinco claves son para mí imprescindibles actualmente. Aunque tengas un coeficiente intelectual elevadísimo, no vale para mucho si no conoces otras inteligencias, emocionales. Pero creo que mucha gente no se ha dado cuenta de ello.


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