Siempre la vida... en la voz de su autor.

7 de julio de 2016

Ronda Nocturna

Imagen extraída de Google


       La ciudad aparece en penumbra bajo la inmensa cúpula estrellada del firmamento. Apenas unas débiles luces asoman a través de algunas de las ventanas de los altos edificios semiderruidos. Nadie transita a tan altas horas de la noche. Como siempre, día tras día, impera el toque de queda impuesto desde los violentos altercados y saqueos ocurridos en el pequeño perímetro habitado que aún queda en pie.
       Ningún ser humano a la vista, sólo el vibrante centelleo de los ojos de algún felino al acecho y al amparo de la oscuridad. Ni siquiera ladran los perros, a pesar de estar famélicos y deambular desorientados entre el montón de ruinas en que se ha convertido la gran urbe.
       Mientras tanto, podemos observar la marcha pesada y lenta de Ángelus y Byron rompiendo la atmósfera de cristal de la noche; el frío arrecia, pero los caminantes parecen insensibles al mismo.
       De pronto, sin que sepamos por qué, se comunican:
      — Byron, ¿no te gustaría ser relevado de estas patrullas nocturnas?
       — Por supuesto, Ángelus. Ya sabes que suelo ser paciente y apenas si me quejo de casi nada: pero es verdad que empiezo a aburrirme de este tipo de servicios.
       Continúan caminando lentamente y no vuelven a cruzar palabra alguna hasta pasada una hora, aunque sigan resonando sobre la calzada sus solitarios pasos. Llegan hasta un importante cruce de calles: una avenida principal atravesada por un conjunto de arterias menores que confluyen a lo largo y ancho de ésta; un gran dédalo de aspecto enigmático debido a la escasa iluminación que sólo algunas farolas proporcionan cada quinientos o mil metros. Desde hace casi cinco años este es el panorama al que deben enfrentarse cuando patrullan. Ahora es Byron quien interpela:
       — Ángelus, ¿lo presientes?
       — Claro que sí, Byron. Todas las noches lo mismo. ¡Por eso estoy tan harto!
       Se gira Byron porque ha advertido un insospechado movimiento en la oscuridad; enfoca con infrarrojos a través de su casco y detecta inmediatamente la actividad de un ser vivo que le sale al paso. Apenas unas décimas de segundo y su contorno es identificado con total especificación de detalles: complexión, altura, peso y todas sus constantes vitales. Efectivamente se trata de un ser vivo, pero no es un animal, sino un hombre de unos cuarenta años provisto de un sofisticado fusil de asalto con el que apunta a los dos patrulleros y les increpa:
       — ¿Qué hacéis aquí? No os he dicho ya que este es mi territorio. Nadie amedranta a Harry Scorpion. Además tenéis la obligación de poneros a mis órdenes, pues soy un ser humano y me debéis ciega obediencia. Haréis lo que yo os diga y abandonaréis inmediatamente la ronda volviendo sin más a vuestra base. ¡Y si no lo hacéis, preparaos!
       Ángelus, el más fuerte y alto, con más de dos metros de estatura, le contesta. Y podemos apreciar su clara y metálica voz sintetizada:
       — Usted parece que no conociera la tercera ley de la robótica, aunque ya en otras ocasiones se la hayamos tenido que recordar: "Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª y 2ª Ley". Y, además está la Ley Cero; pero ya sabemos que usted lo conoce todo, aunque no quiera entenderlo.
       — Sí, lo sé; menos cuento y dad media vuelta; o de lo contrario vuelo vuestras cabezas y os las quito del mapa.
       — Ya estamos otra vez - apostilla Byron.
       Pero Harry Scorpion, en modo alguno atiende a las observaciones. Encara su arma y se dispone con absoluta fiereza a disparar sobre los dos, aunque nada de eso pueda llevar a la práctica. Cuando comienza el movimiento es rápidamente paralizado por el fuerte brazo articulado de Ángelus, que una vez lo placa, imprime una flexibilidad tal que anonada la totalidad del cuerpo del humano. Luego, inmediatamente después de haberlo desarmado, lo deposita con suavidad sobre el borde del asfalto, a la espera de que pueda recuperar todas sus fuerzas. Cuando esto sucede, y antes de proseguir con la vigilancia programada, asevera:
       — Ves, Byron, por qué me gustan cada vez menos estas rondas nocturnas. No entiendo a los humanos, que en el fondo no saben comportarse como tales. Nosotros tenemos tres reglas éticas, si cabe cuatro, y fíjate que bien sabemos resolver las situaciones.
       — Cierto, Ángelus, los seres humanos programan a los robots y les enseñan a comportarse con relación a algo que luego ellos mismos no saben cumplir. En el fondo no son lógicos, aunque se jacten de proclamarlo constantemente. Su naturaleza es mucho más vulnerable de lo que creen. Tal vez algún día nosotros...
       Se miran instantáneamente a los ojos y sin mediar comunicación verbal alguna se ponen en marcha para proseguir la ronda nocturna. El cielo se muestra ahora mucho más iluminado que nunca y reparte algo de su luz cenital sobre el tenebroso escenario de una ciudad fantasmal en la que ya sólo se atreven a deambular las máquinas.



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