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31 de agosto de 2016

La lotería de la Evolución


Imagen extraída de Google

             A priori, mientras no se demuestre lo contrario, podemos intuir por extrapolación empática que la intensidad y profundidad del sufrimiento o bienestar de cada uno de los seres vivos de nuestro planeta (la percepción psico-biológica de sus estados corporales de placer-displacer) debiera ser directamente proporcional a su desarrollo mental o de consciencia, en cada caso, siempre que aceptásemos como axioma de partida la correlación causa-efecto entre esta segunda variable y la primera.

            De ahí se deriva de suyo que los seres humanos estaríamos a la cabeza del reino animal en la percepción de las mayores cotas de felicidad o sufrimiento posibles. A nuestro juicio, la elevada complejidad de nuestra consciencia es la causa tanto de todos nuestro bienes como de todos nuestros males. Es el coste biológico que tenemos que pagar por el tipo de evolución que hemos sufrido. Frente a esto hay algunos interrogantes abiertos; como por ejemplo: ¿por qué motivo somos como somos? Y para explicarlo se han generado a lo largo de la historia de la humanidad los mitos de todas las religiones, para dar razón de ser de la creación del "primer hombre y la primera mujer". La Ciencia, evidentemente, va por otro camino; aunque todavía nadie haya podido hallar una solución convincente y verificable para este problema.
            A partir de ahí, se buscan todos los remedios posibles para intentar paliar el inevitable desajuste entre nuestros tres sistemas de gestión vital: instintivo, emocional y racional. Las religiones y filosofías aportan los suyos y la Ciencia hace lo propio apoyándose en los marcos teóricos de sus paradigmas psico-terapéuticos. De momento, no parece que podamos añadir nada más al respecto; a excepción de dar fe de que aún no hemos logrado desenredar tan complejo nudo gordiano. ¿Seremos capaces de lograrlo algún día? No lo sabemos y las dudas nos asaltan. Mientras tanto -esa es naturalmente nuestra opinión-, nos toca seguir padeciendo las consecuencias de tal desatino; y a los hechos de esta vida en sociedad que hemos creado entre todos me remito. Si la evolución de nuestra especie fuese un Bien en sí mismo, no nos encontraríamos en tan lamentable situación, muy entrado ya el siglo XXI.


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