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30 de agosto de 2016

Yo te veo y tú me oyes

       Cuando el oftalmólogo le retiró la venda, no se había atrevido a abrir los ojos en un primer momento; eran demasiadas las decepciones. Solo al sentir el peso de una mano sobre el hombro, en una silenciosa oferta de ánimo pudo alzar los párpados. Su visión dio lugar al familiar resplandor y los cerró de golpe con furia, negando su desesperación. La operación, su última oportunidad, no había surtido efecto y le llevó más de una semana recuperar su rutina de inválido. Por eso le sorprendió tanto aquella llamada del INEM. ¿Una oferta de empleo pese a su ya perpetua incapacidad? De día estaba ciego por completo debido al exceso de luz y solo de noche podía soportar la claridad de la luna con unas gafas casi opacas.
       Fue una entrevista breve. El doctor que le había operado utilizó sus contactos para recomendarle para un puesto de sereno en Ciluengos, un pueblo perdido en la sierra, donde todos se conocían y él era tan solo un forastero que llevaba gafas negras de noche y se apartaba de las farolas. Para León, en cambio, se convirtió en una alternativa ideal: trabajar, sentirse útil y ganar un salario en lugar del subsidio de invalidez le llenaba de vida por primera vez. Al caer la noche, salía de casa con su uniforme para hacer la ronda. En Ciluengos nunca ocurría nada, pero León sería un profesional responsable del bienestar de aquellos convecinos con los que apenas se relacionaba, pero que se ocupaban de que su despensa estuviera llena a diario. Aquella noche intuyó que algo no iba bien. A horas intempestivas se había cruzado con varios de los menos trasnochadores. Cuando se cruzó con la señora Gloria, camino del camposanto a las cuatro de la madrugada, con los ojos vidriosos y murmurando incoherencias, se ajustó el cinto y la siguió hacia el cementerio.
       Entre las tumbas no reinaba la habitual quietud de la luna menguante. Delante del mausoleo de los Ferrandiz, todos los habitantes de Ciluengos se encontraban de pie y con los ojos nublados en dirección a un ser oscuro que dominaba la escena apoyado sobre unas patas ganchudas. A los pies de todos ellos, las ropas de las que se habían despojado estaban tiradas de cualquier manera, como si se preparasen para una última cena en la que ellos eran el plato principal. León se santiguó en un reflejo ancestral, aunque el ente no tenía nada de diabólico, cubierto con una armadura repleta de luces y dispositivos. Fue entonces cuando reparó en su existencia y sus fulgurantes ojos destellaron con decepción ante la rebeldía de León, que no parecía acatar la hipnosis colectiva. El monstruo se plantó ante él de un solo salto y pegó su rostro al suyo, impregnándolo con un aliento de fetidez inimaginable. Se sostuvieron las miradas ante la impasibilidad de los vecinos. El ser rugió con furia y trató de arrebatarle las gafas con un ataque fulgurante, pero León se echó atrás a tiempo de evitarlo y sacar la porra a modo de defensa, aunque pronto se dio cuenta de que no le serviría de mucho contra ese oponente. Una rabia sorda creció en su interior por la paradoja: la sociedad lo rechazaba por su rareza y se veía obligado a disputar su puesto en ella ante ante el ser más extraño que pisara la Tierra. Un fuerte manotazo lo dejó desarmado. Echó la mano al cinto, en busca de algo con lo que hacerle frente. Sus dedos abrieron el bolsillo en el que guardaba el silbato. Estuvo a punto de tirarlo pero, como llevado por una intuición, se lo llevó a los labios y sopló con todas sus fuerzas. El ser se llevó las garras a la cabeza y abrió mucho la boca aunque León no escuchó ningún sonido. Era su oportunidad. Siguió soplando con todas sus fuerzas hasta que el monstruo desapareció en la negrura. En ese momento, los vecinos salieron de su estupor. Se miraron unos a otros y se dispersaron a toda velocidad, tapándose con las manos las partes pudendas.
       Nunca más se habló del suceso en Ciluengos. Los vecinos continuaban evitando a León, pero él estaba tranquilo. Cuando el monstruo regresara, y lo haría, estaba seguro, no podría taparse los oídos con cera. No tenía orejas.






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