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9 de septiembre de 2016

Tan sólo un extraño sueño


Imagen extraída de Google
       La oscuridad abrió su negra boca y me tragó. Sentí miedo, mucho miedo, pues nunca antes había permanecido tanto tiempo en un lugar sin luz, al menos esa era mi aparente percepción; mas no sucedía exactamente así. Una vez me hube tranquilizado, cuando mi corazón dejó de latir precipitadamente y mi respiración se acompasó hasta alcanzar un ritmo normal, pude comprobar que aquel lugar no estaba totalmente a oscuras. Por aquí y por allá refulgían pequeñas luces multicolores, etéreas e inquietas batiendo toda aquel espacio que poco a poco se iba iluminando ante mis ojos. Ninguna de ellas dejaba de moverse e incluso tuve la sensación de que emitían fugaces voces de ánimo: "ven: vuela con nosotras; no te quedes ahí quieto. Puedes hacerlo; no te asustes y ven".
       Al principio me sobresalté en extremo. Me angustiaba pensar -soy enormemente supersticioso- que algunos espíritus malignos me estuviesen tendiendo una trampa para controlarme y por eso decidí no moverme del sitio y esperar acontecimientos, mientras sentía nuevamente que mis pulsaciones comenzaban a subir hasta estallar entre mis sienes. Poco a poco pude comprobar que nada grave pasaba y logré tranquilizarme, al tiempo que seguía observando a las enigmáticas y juguetonas luces revoloteando a mi alrededor. Y por fin sucedió algo inesperado, aunque vivamente intuido por mi corazón: una de las lucecitas, de luminiscencia aguamarina, se acercó colocándose enérgicamente frente a mi cara, a solo medio metro de distancia. Fue entonces cuando pude comprobar sus relucientes y penetrantes ojos, a través de los cuales se vislumbraba lo que parecía ser un complejo cuerpo astral, dimensionado en múltiples y finísimas capas, las cuales fui incapaz de contar. Y estando absorto aún ante tan deslumbrante presencia, ésta elevó dulcemente su voz angelical y me habló:
       — No tengas miedo. Hemos venido expresamente para verte y hablarte. Tenemos que hacerlo a oscuras, por eso hemos elegido el momento en que habías penetrado en esta estancia. A la luz del día somos totalmente invisibles, y aunque a menudo estemos cerca de vosotros, no podéis advertir nuestra presencia. Estamos aquí para supervisar a todos aquellos seres que tienen en sus corazones un fondo de bondad, pues hemos recibido del Creador el mandato de ayudarles en su camino de perfección.
      — Pero yo contesté me siento la persona más insignificante de este mundo y no merezco consideración alguna.
       Te equivocas —me miró intensamente y noté como recorría mi alma en todas sus direcciones, sin que yo pudiera oponerle resistencia alguna. A menudo, quien se valora tan poco, suele descargar todos los problemas del mundo sobre sí mismo; por eso merece ser querido por los demás. Tanta carga sólo puede ser aliviada por una multitud de manos amigas. ¿Qué fuerza tendrías que poseer para llevar todo ese peso sobre tus hombros? Desde ahora en adelante has de saber que muchos otros corazones están a tu lado; ese es el mensaje que queremos transmitirte. Ya que el tránsito por esta Vida es imposible de obviar; ya que se trata de un inevitable aprendizaje que nos fortalece por medio del sacrificio, resulta mucho más consolador saber que otros seres caminan también junto a ti. Que es un sendero muy difícil que cada cual debe recorrer sirviéndose de sus propios pies, pero es bueno conocer también que hay grandes esperanzas de alcanzar la meta en compañía de otros. Y cuando eso suceda, todos te estaremos esperando para darte la bienvenida. Hasta hoy caminabas sumido en la oscuridad y a partir de ahora podrás hacerlo usando tu propia luz.
       Intenté concentrarme y responder a sus palabras, pero todo mi cuerpo estaba atrapado en una total parálisis. Y cuando recuperé el control y quise mirar de nuevo a la magnética luciérnaga, ésta ya había desaparecido. Me sentía de nuevo en mi ser y entonces pensé: "Qué insólita experiencia sin causa lógica alguna; seguramente habrá sido tan sólo un extraño sueño". Dicho lo cual, me dispuse a continuar durmiendo, al advertir que me hallaba en el interior de mi dormitorio, en pijama, y acostado en posición de decúbito supino.



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