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14 de septiembre de 2016

Una sonda hacia el futuro


Imagen extraída de Google

            Todos sabemos que como seres vivos pertenecemos al reino animal y también constatamos que la Naturaleza (hasta donde alcanzamos a saber) nos ha dotado por medio de la evolución con el cerebro más complejo de todos los organismos que pueblan nuestro planeta Tierra.
          Esto quiere decir que si admitimos dicha premisa fundamental lo que de ella se colige es que gran parte de lo que somos puede explicarse exclusivamente por medio de una fundamentación biológica. Que duda cabe que en muchos momentos nuestra consciencia nos hace ver que somos algo más, o al menos eso es lo que parece vibrar en nuestro interior; aunque, no obstante, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que en gran medida lo que somos es el resultado de una maquinaria biológica prodigiosa que se activa funcionalmente por medio de hormonas y neurotransmisores cerebrales. Y esto es así porque en una elevada proporción, nuestra conducta resultado de la percepción de estímulos, reacciones viscerales, apetitos y deseos puede entenderse apelando al juego orgánico que efectúan dichas fuerzas: verbigracia los estados emocionales que se generan con el amor a través de sus diversas etapas.
           Tales argumentos ponen sobre la mesa algunas incógnitas acerca de lo que en realidad somos e igualmente en torno al alcance del denominado "libre albedrio", al que tantos filósofos, a lo largo de la historia, han dedicado páginas y páginas de reflexiones. Algunas experimentos controlados en laboratorios de neurociencia (no entraremos en la descripción de los mismos) parecen poner en entredicho la tesis de que nuestra racionalidad puede dominar voluntariamente nuestra reacciones orgánicas y viscerales. Sabemos que nuestro sistema autónomo (simpático- parasimpático) es muy potente y eficaz para gestionar nuestro cuerpo al margen de las decisiones conscientes que podamos tomar, las cuales a menudo van a contrapié de dichos servo-mecanismos biológicos.
            Hay científicos del ámbito de la biología, neurología y psicología, que vienen a afirmar que más del 90 % de nuestra conducta corresponde en su control a mecanismos biológicos de tipo sub-conscientes. Y otros que dicen que la consciencia no es más que un epifenómeno que acompaña al conjunto de la actividad orgánica y neuronal. Los paradigmas que tradicionalmente han querido mantenernos alejados del comportamiento animal, obviamente se tambalean al arbitrio de estas tesis.
            Dicho lo dicho, la consciencia no parece constituir necesariamente una ventaja con respecto a otros sistemas nerviosos aparentemente más primitivos, pero que se las arreglan perfectamente para sobrevivir y mantenerse en equilibrio con los ecosistemas que habitan. Somos nosotros, los seres humanos, los que incapaces de encontrar el correcto equilibrio con respecto a nosotros mismos y el medio ambiente, acabamos destruyéndolo todo. ¿Para qué nos sirve entonces una mente tan evolucionada? ¿Evolucionada en que dirección? ¿Qué nos ha aportado la consciencia hasta el momento presente? Contemplar la realidad de nuestro planeta y sentir terror ante los posibles acontecimientos futuros puede robarnos a más de uno el sueño. ¿Hacia dónde camina, pues, nuestra especie, que aún no ha sabido encontrar respuestas para sí y cada vez se aleja más de sí mismo?
            Un exceso de desarrollo encefálico (cien mil millones de neuronas con trillones de interconexiones entre ellas) dentro de un organismo que lo contiene, que aunque complejo, por supuesto, da la impresión de estar descompensado con respecto a este potencial creativo. A nuestro juicio: demasiado cerebro cortical para unos sistemas instintivo-emocionales cuya evolución apenas parece haber sufrido cambios importantes a partir del salto cuántico-evolutivo que dio lugar al sapiens-sapiens. Demasiada capacidad imaginativa para tan limitadas posibilidades de alcanzar retos importantes sirviéndonos de nuestro cuerpo. Me atrevo a afirmar que nuestro sistema de recompensa (fundamentalmente el área tegmental ventral y el núcleo accumbens) habiendo cumplido un papel importantísimo en las fases anteriores de nuestra evolución (siguen comandando los procesos motivaciones básicos y otros procesos complementarios) no parece generar suficientes respuestas competentes de placer y felicidad al formar parte de un cerebro que proyecta demasiadas expectativas de futuro: nuestros deseos se enredan en nuestros deseos en una espiral que no parece tener fin; y finalmente, en muchas ocasiones, nos conduce inevitablemente hasta un profundo vacío existencial. ¿Para qué, pues, tanto nivel de consciencia? Si no podemos hallar nuevas satisfacciones en nuestro cuerpo, seguro que buscaremos prolongarlas a través de artefactos mecánicos ensamblados con él: comienza la era virtual y de la cibernética que ya columbramos hacia donde nos conducirá. No parece que evolucionemos naturalmente dentro de nosotros mismos; en cierta medida lo hacemos de forma artificial y externamente, prolongando y circunvalando peligrosamente nuestro cuerpo. Ese es el futuro que se vislumbra.
            No cabe la menor duda de que está comenzando a producirse, empujado por el actual desarrollo científico-tecnológico, un progresivo cisma entre nuestra mente racional y nuestros otros dos sistemas cerebrales (instintivo-reptiliano y límbico-mamífero) con los que hemos podido mantener un relativo equilibrio estable durante los últimos cuatro mil años, por aproximar una fecha que podamos encuadrar históricamente. ¿Qué puede suceder a partir de ahora? El futuro tendrá que decírnoslo, aunque en nuestras manos está llegar a edificar, sea en el lugar que sea, hábitats sostenibles y socialmente éticos, capaces de proteger y albergar dignamente a todos los seres humanos del inmediato mañana.

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