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31 de octubre de 2016

Breve paseo por La Melancolía

       

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       Creo que no exagero al afirmar que no hemos logrado saber aún "qué somos", cuando nos convertimos en objeto de estudio de la Ciencia, que pretende desentrañar el misterio de nuestra naturaleza humana; o, si se prefiere, "quiénes somos", en el caso de que decidimos usar la introspección para adentrarnos en el fondo cavernoso de nuestra identidad de sujetos. Pues siendo verdad que las neurociencias con el apoyo de otras disciplinas progresan continuamente en esa búsqueda, la fenomenología de la consciencia se erige aún como un baluarte difícil de conquistar, al menos de momento: todo se andará; ya que es posible que en un futuro no muy lejano podamos contestar a ambas preguntas.
           Yo, sin embargo (aunque sólo sea por mera intuición), tengo dudas al respecto, pues quizá las respuestas que obtengamos no sean más que un reflejo que la propia consciencia nos devuelve, sin que tengamos garantía absoluta de que esa sea la Verdad. Hemos de suponer que la consciencia contiene dentro de sí todo lo que para nosotros existe, incluido las propias especulaciones científicas; nada puede escapar a su círculo cerrado de espejos, ni siquiera el Mundo, del que sabemos muy poco, o casi nada, que es en todo caso el resultado de la transformación bio-eléctrica en nuestro cerebro de unas energías que excitan los detectores que conforman nuestros sentidos corporales.
       Tenemos, no obstante, la convicción de que somos seres de razón, pero también de corazón; y ahí comienza el periplo por nuestro laberinto vital. También que hemos resuelto ya gran parte de los problemas matemáticos complejos que la lógica formal ha planteado a lo largo de la historia, pero que son incompletos nuestros conocimientos con respecto a esa zona encriptada del cerebro donde residen nuestras emociones y sentimientos, merced a la cual podemos establecer una estrecha comunicación con nuestro cuerpo. Si no conocemos en profundidad la biología del organismo humano, poco podremos saber de su principal reflejo: nuestra mente, espíritu, alma o como quiera que queramos denominar a dicha entidad.
       Por eso, a modo de paradigma, y con objeto de seguir profundizando en tan complejo enigma, hemos decidido tomar como referencia ilustrativa una estructura afectiva poliédrica: la melancolía. Y a partir de ahí intentaremos exponer determinadas cuestiones que consideramos de interés sobre ella, procurando hacerlo, en buena lógica, sin excedernos demasiado; respetando así el particular formato que pensamos debe imponerse en un artículo publicado para ser leído en la Red.
       Fue el médico griego Hipócrates de Cos (460-370 a.C.) el primero que comenzó a sistematizar la conocida como Teoría de los Cuatro Humores, que más tarde completaría otro médico también griego, Galeno de Pérgamo (199-129 a.C.) En esencia una estructura teórica en la que se involucraban los cuatro humores corporales hasta entonces conocidos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, relacionándolos con los cuatro elementos de la naturaleza y el ciclo de las cuatro estaciones e incluso, más tarde, con los planetas descubiertos hasta el momento. A la bilis negra, "melancholía" en latín, acabó correspondiéndole el Otoño y el planeta Saturno, dentro de un esquema de enfermedad que parecía ser causada por el desequilibrio entre tales humores y la preponderancia de unos sobre otros. Temperamento humoral: Sanguíneo (alegre), Flemático (tranquilo), Melancólico (depresivo) y Colérico (violento); enfermedad y remedios terapéuticos empleando la alimentación y las características específicas de los alimentos en un doble binomio: frío-caliente y húmedo-seco. Todo dentro de un marco teórico que se mantuvo vigente en la medicina occidental hasta bien entrado el siglo XIX.
       La melancolía, estrechamente vinculada con la depresión (hoy podemos afirmarlo con conocimiento de causa), ya empezaba a ser descrita en la antigua Grecia como propia de espíritus sensibles, proclives a la tristeza, abulia y contemplación reflexiva sobre la existencia humana, e incluso en algún caso se la consideraba cercana a la locura. Personajes dotados con el genio de una alta sensibilidad e inteligencia, a los que se refería el propio Aristóteles al hablar de la personalidad de algunos héroes como el legendario Heracles.
       Durante la Edad Media, este concepto de interés médico y vital, pasó a convertirse en otra cosa muy distinta: un mal del alma, incluido entre los pecados capitales, como acidia o pereza, con tristeza de ánimo. Luego, a lo largo del Renacimiento (vuelta a la Antigüedad Clásica) y del Barroco, volvió de nuevo a engrandecerse su dimensión humana, vistiéndose con los ropajes de la exaltación emotiva, la imaginación y la sensibilidad creativa. También el Romanticismo, con la defensa del sujeto y su individualidad y la búsqueda de un mundo al margen de la realidad, potenció dicho perfil, que llegó a tener su reflejo personal en artistas y escritores diversos. La melancolía, unida al amor idílico hacia la Naturaleza y su ensoñación, encajaba a la perfección en la personalidad divagadora de todos aquellos seres humanos que buscaban la alienación de una sociedad a la que desaprobaban o detestaban.
       Ahora, pasando las hojas del tiempo, caminaremos de puntillas sobre el siglo XIX hasta adentrarnos en el pasado siglo XX con todos sus adelantos científicos en el ámbito de las ciencias biológicas, verbigracia las neurociencias; avances que se han venido produciendo con una velocidad vertiginosa, hasta hoy en día, ya en pleno siglo XXI. Podríamos decir, sin ser nada pretenciosos, que el ser humano está poniendo definitivamente cerco a su propio cerebro con el fin de desentrañarlo, no físicamente, por supuestos, cosa que viene haciendo desde tiempo inmemorial, sino virtualmente, a través de sofisticados algoritmos que proveen potentes ordenadores interconectados en red; todo ello con el firme propósito de determinar qué es la consciencia. Como vemos, acabamos de dibujar un pequeño círculo reflexivo que nos devuelve al punto de partida de nuestra exposición.
       ¿Pero qué podemos decir hoy en día acerca de la melancolía? Sin duda, que siguen existiendo personas melancólicas, producto de un temperamento frágil, hipersensible, con propensión a ser soñadoras y creadoras de paraísos y utopías: entre ellas, seguramente, algunos artistas y escritores. No es condición sine qua non poseer esa base temperamental para serlos, pero sospechamos que algunos podrían estar incluidos en dicha categoría. Ya no podemos afirmar que la causa de los diferencias temperamentales se hallen en el balance de aquellos humores corporales a los que se refirieron Hipócrates, Galeno, Platón o Aristóteles, entre otros; pero de alguna manera la entidad gnoseológica se mantiene, relacionada entre otras causas con algunos condicionantes de tipo genético. Hoy a los melancólicos que lo son en un cierto grado a lo largo del tiempo (no nos estamos refiriendo a aquellas personas que padecen episodios puntuales de tristeza por causa alguna o sin ella) se les suele incluir en una categoría patológica denominada "dis-timia". De manera, que podríamos decir que los melancólicos de ayer son los dis-tímicos de hoy. Y su remedio o enfoque terapéutico (cuando el problema se mantiene o agrava) pasa por el uso combinado de fármacos serotoninérgicos y terapia conductual-cognitiva. Los especialistas lo diagnostican como un trastorno del estado de ánimo equiparable en muchos casos con una depresión leve.
       De acuerdo con todo lo expuesto hasta el momento, podemos seguir hablando de los "melancólicos" y sus "melancolías", sabiendo que en muchas ocasiones los síntomas pasan desapercibidos socialmente; y en otras, cogido a tiempo, el problema tiene solución y pueden curarse antes de que el trastorno llegue a convertirse en una "depresión mayor". ¡Cuántos secretos se esconden todavía en el alma del ser humano, causantes de pequeños y grandes males que la humana medicina pretende erradicar! Y mientras las soluciones van llegando (resulta paradójico, al igual que la vida misma) algunas personas que padecen de melancolía en grado leve o mayor, y están dotadas de un genio creativo, no dejarán de irradiar sobre el Mundo las manifestaciones de su espíritu imaginativo y artístico. Incluso es posible que haya quien pueda mantener una actitud de franca resistencia a la curación, como sucediera con el gran poeta austríaco Rainer María Rilke, quien prefirió (llegó a manifestarlo públicamente) seguir sufriendo sus constantes crisis de angustia y melancolía antes de someterse a un psico-análisis que hubiese podido reordenar su mente y tal vez afectar para siempre a su espíritu literario. En el fondo Rilke (como los antiguos filósofos griegos que asumían la sabia decisión de aceptar la Vida con todos sus antagónicos extremos) eligió uno de los posibles caminos para ser feliz: el de la búsqueda de la imposible felicidad, o como ciertos pensadores de nuestro tiempo denominan: "la felicidad de la infelicidad".



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