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9 de octubre de 2016

Condenada a inspirar

La foto es mala, pero es mía.

A mi amigo Santiago Solano


       Cuando estaba en el panal no imaginaba que mi vida ardería entre estos cuentistas. Me compraron en una tienda de «todo a casi nada», convencidos de que mi fulgor les evocaría universos figurados. No comen con la escritura, solo engordan su ego narrativo. Nunca me dedicaron ni una sonrisa, pero ellos se prodigan halagos tras compartir fábulas y monólogos sin lógica ni provecho. Indignada desde el principio, he sentido muchas veces deseos de prender sus leyendas para incendiar después el mundo. Sin embargo ahora, arrepentida, maldigo esos arrebatos.
       En la colmena aspiraba a misiones más profundas. Hay una adivinanza que lo dice bien claro: «A los muertos les da luz…». Así debería estar, alumbrando en una sepultura cualquiera o, si no, luciendo sobre sabanillas bordadas, en el altar de un santo con fiesta y novena. Nada más lejos. Cuando salí del bazar, estos tertulianos, a quienes suponía incapaces para separar la cordura del esperpento, me encomendaron este papel tan impropio de mí. Debí protestar con gritos y pataleos, como los humanos. Imposible. Soy silencio en un cuerpo inmóvil, untuoso y perfumado, con un alma temblorosa ante sus alientos, cuando leen historias increíbles, urdidas con palabras que, hasta hace poco, me parecían inútiles.
       Dicen que les inspiro. Jamás lo entendí. Algunos escritores de verdad aseguran que su musa está en el güisqui o en los recovecos de mujeres ajenas que golfean en callejones de mala vida; o buena, según se mire. Estos se conforman conmigo. ¡Inocentes!
       Como acostumbran, hoy se levantaron en plena tremolina para ir al mostrador, al fondo del establecimiento. «Qué odiosos —pensé—. Han vuelto a dejarme sola». Allí quedé, luciendo en su mesa habitual, de alcornoque, suave por el manoseo de gerundios, epítetos, descripciones baldías y conflictos increíbles. Enseguida oí escanciar la sidra y pregonar las delicias del cabrales. Es lo típico en un lugar tan representativo del Principado.
       Mientras volvían, pensaba en mis hermanas de velatorios y capillas, a las que siempre envidié, adivinándolas entre rezos y emociones intensas. En ese rato sentí, como una puñalada, el maltrato que según mi juicio recibía de estos lunáticos, autores de tramas donde concilian intimidades de binomios fantásticos: chimeneas y piscinas, libros y acacias, coches y camellos… Eso cuando no dan vida a una piedra o la convierten en pan para acabar con el hambre del mundo. Siempre consideré eso como una locura más, típica de los racionales. Hoy, con mejores humos, lo veo como una expresión artística y respetable.
       Desde que los conozco, estos literatos han bebido el jugo de cualquier quimera, pero nunca se fijaron en fuentes de inspiración tan vívidas como los blasones expuestos en la sala donde se reúnen, símbolos de villas con encanto, con misterio y paisajes bien nutridos de culturas y viandas: Luarca, Cudillero, Castropol, Vegadeo, Navia… Por esa indiferencia, los califiqué como torpes. Pero qué va, la torpe soy yo. ¡Mecachis, qué injusta soy! Cuando menos lo esperaba ¡zas!, me han sorprendido.
       Hoy también se han despedido con abrazos y buenos deseos. He percibido en ello bromas y verbos más dulces y sabios que nunca. Luego, cada uno se ha perdido en sus nubes, envueltas en el frío sereno, quieto, del Madrid de Quevedo, de Galdós, de Arniches, de Alejandro Casona... 
       Vanidosa, para qué negarlo, en este momento disfruto como si bailara entre mieles, dentro de la cartera del moderador, donde voy y vengo todos los lunes, al abrigo de lápices y proyectos literarios. Me palpo. Estoy apagada y no huelo a responsos ni plegarias, como siempre quise. Eso, conocida la propuesta de trabajo para la próxima semana, ya no tiene importancia.
       Antes de concluir la tertulia, han acordado escribir un texto, cada uno según su gusto y estilo, que defina mi ser y exprese cómo sienten ellos las influencias creativas que les proporciono con la llama rutilante. Me han inundado de lágrimas. Casi apagada, he descubierto que inspirar no es una condena. 
       Degustando el premio de tan alta dignidad, espero ansiosa la próxima sesión: estos cervantes, geniales, encenderán mi pábilo en ese universo suyo, cálido y entrañable. Escucharé ufana las lindezas alegóricas de sus párrafos y aplaudiré con orgullo y resplandor. 
       Me siento aturdida, pero no sé… Después de lo que he sufrido, ahora los empiezo a querer. 

EnR-TV

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