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7 de octubre de 2016

El día de la liberación


... de Google
           — Pronto, date prisa, vístete. Nuestro capitán quiere que te salvemos. No tienes culpa de que te hayan encausado; eres totalmente inocente: lo sabemos. Hemos venido para sacarte de este lugar antes de que te maten.
          — ¿Quiénes sois? No es la primera vez que aparecéis por aquí. Siempre lo mismo: estoy harto de soñar con salir de esta ratonera antes de que me liquiden. ¡Promesas, nada más que promesas! Y luego al final mira en que se quedan.
            Se fijó en el hombrecillo sosteniendo una brillante bola metálica en la mano derecha; y en la izquierda, una pistolita que parecía de juguete, la cual agitaba enérgicamente en el aire mientras hablaba con nerviosismo. Por un momento aquella escena le pareció una broma de muy mal gusto.
           — Vuelvo a preguntaros: ¿quiénes sois?
           — ¿No me reconoces, Brus? — dijo el hombrecillo.
           — Ahora que me fijo bien, tengo una imagen borrosa de ti, como si te hubiese visto en sueños. — respondió Brus algo desconcertado.
           — Soy Malcom, tu amigo Malcom. ¿No te acuerdas de mí? Hemos hecho tantas fechoría juntos, que más te vale no acordarte; algunas no son aptas para contar.
       El hombrecillo hablaba mientras valiéndose de una rara habilidad hacía rebotar la bola metálica sobre las paredes de la pequeña habitación; pero Brus comprobó que no se producía ruido alguno cuando ésta estallaba hasta abombarse para luego recuperar de nuevo su forma. Nada hacía temer que pudiera despertarse la atención de los guardias del recinto.
           — ¡Pero no veis que esta es la única ropa que me han dado! ¿Y encima queréis que me vista? Lo que yo digo: alucino en colores.
           — Brus, tú siempre tan protestón. Cuando éramos cadetes en la Escuela Militar de Felicity te daban dos patadas allí mismo cada vez que teníamos que levantarnos a las cinco de la madrugada para hacer maniobras.
          — Ya sabes, endemoniada criatura, ya me voy acordando de ti, que entré allí por imposición de mis padres. Y así me ha ido, pues de esta no salgo.
          — ¡Tontería: te vamos a sacar ahora mismo!
            El amigo Malcom, extendió su mano derecha sin soltar aquella bola magnética y se la ofreció a Brus, que en seguida notó un fuerte tirón, una dura sacudida que le pareció que lo levantaba de su cama hasta elevarlo en el aire; y eso fue todo. De pronto despertó de aquel extraño sueño, tantas veces soñado, y vio de nuevo al hombrecillo que esta vez vestía de uniforme gris, gorra, pistola en el cinto y lo agarraba con su mano derecha. Ya no portaba aquella mágica bola brillante que hacia rebotar con fruición contra las paredes de su habitación; pues algo más consciente pudo comprobar, no sin cierta  contrariedad, que seguía hallándose en la celda que ocupaba desde siempre en una cárcel estatal. Estaba allí por haber matado a un hombre hacia cinco años en una pelea de bar, cuando aún era cadete. Nunca llegó a graduarse, como querían sus padres, y terminó siendo un preso al que hoy, justo a las cinco de la madrugada, iban a ejecutar en la silla eléctrica.
            Brus contempló por última vez al hombrecillo, al que apodaban así por su pequeña estatura y su aspecto de joven barbilampiño, mientras éste se dirigía a él y le decía en tono firme:
         — Vamos Brus, llegó la hora...



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