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24 de octubre de 2016

El jubilado Fermín

... de Google
       Como cualquier otro día, el jubilado Fermín ha salido a comprar, siempre al mismo Hiper de la ciudad, algunas cosillas que considera imprescindibles para abastecer su acomodado hogar. Es un lujo que puede permitirse diariamente, ya que nada de importancia tiene que hacer, o ninguna otra tarea se le impone a esas muy entradas horas del mediodía. Más bien debiéramos decir que se trata de una olímpica excusa que él suele transformar en imperativo categórico: nada parecido a una cristiana virtud, aunque no escaseen en su haber, dicho sea de paso, alguna que otra virtud, eso sí, casi siempre de corte mucho más mundano.
       Vibra el garboso cuerpo de Fermín, con porte ligero, mientras recorre exuberante la amplia galería iluminada donde se ofrecen al comprador todo tipo de fruslerías y demás bondades de consumo. Le gusta, es obvio, deambular por tan limitado circuito que tantas veces tiene visto y en el que no sabemos por qué nunca acaba de aburrirse: un ejemplo a citar relativo a esas generosas virtudes que antes fueron subrayadas.
       Pero hoy, tan cotidiano visitante, ha venido además con un propósito añadido: comprobar in situ, en el puesto de Loterías y Apuestas del Estado, si su boleto semanal del Gordo de la Primitiva, tiene o no premio; nada importante, sino trivial, que verifica ipso facto en el lector scanner preparado ex profeso para ello. Por supuesto, como casi todas las veces, no ha obtenido ningún premio, ni siquiera el consolador reintegro. "En fin... que le vamos a hacer, otra vez será", se dice resignado, pero en modo alguno abatido: es hombre de ideas relampagueantes y lo mismo entra un pensamiento nuevo que sale otro de su brillante cabeza; es un decir por decir, claro está.
       Ni corto ni perezoso, entusiasmado, coge un boleto para el próximo sorteo y se pone a rellenarlo manualmente, sirviéndose de uno de los bolígrafos, que convenientemente sujeto, la entidad presta para que los apostantes se sirvan. No le gusta que el azar lo dicte la dichosa maquinita que le entrega lo que quiere a cambio de un euro. Prefiere llevar el control de su suerte; que ésta sea el resultado, bueno o malo, de lo que su corazón le dice, pues cree que los números que selecciona entre aspas son producto de éste. Allá cada cual con sus creencias; que en teoría todas han de ser respetadas y respetables, mientras no hagan daño a los demás.
       Pero él no puede sospechar que el azar no sólo está en el fondo cuántico de ese boleto que acaba de rellenar, sino en todo lo que es materia, nosotros mismos y nuestras circunstancia y las de otros, que se entrecruzan y determinan insospechadamente el devenir de nuestras vidas. Así es de momento, de modo que cuando se acerca a la ventanilla para obtener su boleto electrónico la empleada no está, quedándose con él en la mano, ahora sí, frustrado, y a sólo a dos palmos de narices de cumplir su objetivo. Y vuelta a reordenar las ideas para acomodarse a la nueva situación, aunque no quede aquí la cosa.
       Puestos a esperar, decide mientras tanto tomarse un ligero desayuno en la cafetería del Centro Comercial, otro pequeño lujo añadido, que justo es decirlo, se da casi todos los días. Consulta con su móvil sus entradas de blog, pues es escritor aficionado, y mira repetidamente desde lejos para comprobar si ya ha regresado la señora de la oficina de Apuestas del Estado, hasta que por fin empieza a ver movimiento ante la ventanilla. Un visto y no visto, que inmediatamente va a cambiar la resolución tomada.
       Paga su consumición lo más aprisa que puede y cuando se dirige hacia el lugar la pequeña cola que se había formado se ha hecho ya kilométrica: "¡Señor, que mala suerte! Otra vez será", masculla con un dejo entre sumiso y cabreado, pues aunque es algo rebelde, comprende que esa es la única cera que arde al son de los pequeños y grandes hitos del Destino. Se vuelve sobre sus pasos y arruga violentamente el boleto, dejándolo caer sobre una papelera cercana. Hoy no es su día de suerte, si es que habría de tenerla; pasa página sin mirar atrás y se involucra en su tarea de la compra diaria.
       Pero antes de despedirnos de este contrariado personaje sobrevolaremos de nuevo su alma para conocer qué es lo que palpita en su atribulado corazón. "Es verdad, dicen los sabios, que no reside la virtud en la posesión de bienes materiales, si acaso sólo cuando se participa de ellos con una cierta mesura. No soy rico, pero tampoco pobre, más por qué apuesto a Loterías sino es porque creo que algún día la diosa Fortuna podría llamar a mi puerta. Hombre soy al fin, hecho de una defectuosa naturaleza a la que siempre intento vencer en una infructuosa batalla conmigo mismo que jamás podré ganar".
       Y cumplido el pequeño itinerario de cada jornada, vemos ahora al jubilado Fermín camino de su casa transportando dos bolsas llenas de comida.


           

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