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20 de octubre de 2016

Ordenando nuestra casa interior

... de Google

       Parece razonable afirmar que vivimos, al menos aparentemente, dentro de una macro-entidad a la que comúnmente denominamos Mundo, que percibimos como exterior a nosotros y en él que se encuentran todos los objetos que solemos diferenciar en relación con lo que pensamos y sentimos, eso que en definitiva creemos ser: el sujeto de todos nuestros actos. Sin duda, un fenómeno generado por nuestra propia consciencia, pero que no está del todo aclarado. Hay quien elucubra acerca de que ese Mundo no existe en realidad, sino que la única realidad posible somos nosotros y nuestras impresiones sensibles y conceptuales; que el Mundo es una creación y recreación de nuestra mente. Y viceversa, otros pregonan este pensamiento: "no hay duda de que lo primero es el Mundo y nosotros somos un producto de él". Ver para creer. Una eterna disputa de la razón que la filosofía históricamente ha intentado dilucidar y nunca lo ha logrado, al haberse tenido que mover inevitablemente en la cuerda floja entre dos extremos: Idealismo y Realismo.
        En ese Mundo externo, una vez lo hayamos aceptado como plausible, se hallan todas las cosas que existen: por ejemplo, la casa que habitamos, ya sea como propietario, inquilino u ocupa, pues de todo hay en esta viña del Señor. Una casa en la que buscamos protección y solaz y que procuramos convertir en un hogar donde vivir felices y educar a nuestros hijos, si hemos decidido traerlos a este Mundo.
       Pero como un juego de muñecas rusas, una dentro de otra, si hacemos una abstracción y construimos un símil podemos ampliar la imagen diciendo que "vivimos en una casa dentro de otra casa", nuestro cuerpo en el que nos percibimos como sujetos y que podemos experimentar como una especie de insufrible "contenedor", o no: el susodicho pensamiento del "vaso medio lleno o medio vacío". Otra realidad creada por nuestra mente e igualmente controvertida por causa de actitudes creenciales de carácter polar. Hecho que sucede porque esa Verdad última, supuesto que la haya, aparece todavía velada, como un fenómeno no verificado: ¿somos una única sustancia material, o, por el contrario, estamos compuesto de cuerpo y alma?
      No obstante, hecha ya esta breve introducción para perfilar lo que sigue, nos adentraremos en otro territorio teórico que vuela en parte, metafóricamente hablando, un poco más a ras de suelo. Hablaremos (permitiéndonos una licencia que seguro muchos no compartirán) de las dos casas que habitamos en la tierra: la exterior y la interior, o morada del alma, que hemos denominado así al servirnos de esta expresión tomada del fresco de pensamiento de Las Moradas del Castillo Interior, último texto escrito por Santa Teresa de Jesús. Aunque en este caso no se trata de hablar de las diferentes escalas de ascenso (siempre en clave de religiosidad cristiana) que van desde la ascesis a la mística.
       Entremos pues, sin más dilación, a exponer el conjunto de argumentos que formarán parte de la reflexión que nos ocupa.
       En su libro La magia del orden (Editorial Aguilar, 2014), éxito mundial de ventas, la experta japonesa en organización Marie Kondo, nos da todo tipo de consejos para dejar atrás la tediosa rutina del orden-desorden y acumulación de objetos inservibles que se amontonan en nuestra casa colapsando nuestra vida doméstica.
       No se trata de un simple "ordenar lo desordenado"; sino que, por el contrario, detrás hay toda una filosofía tomada del budismo Zen; por ejemplo el ceremonial de tocar y valorar los objetos personales antes de tomar la emotiva decisión de desprendernos de ellos: tirarlos o mejor aún, reciclarlos socialmente.
      El método ideado por Marie, conocido por el curioso apelativo contraído "KonMari", plantea con claros ejemplos una serie de pautas, que por no ser el único motivo de esta reflexión, resumiremos brevemente, presentando tan sólo aquellos aspectos que nos parecen más significativos. Por ejemplo, estos:

*.- La organización de los objetos de una casa comienza por la eliminación de muchos de ellos.
*.- Saca de tu vida todo aquellos objetos que no necesites o no te hagan feliz.
*.- Organiza toda la casa de una vez para que el objetivo resulte más efectivo y satisfactorio.
*.- Coge primero los objetos y tenlos entre tus manos: así sabrás si quieres o no seguir manteniéndolos junto a ti.
*.- Si has decidido desprenderte de algunos, despídete con un gesto de gratitud.
*.- Ponte a ordenar en un sitio tranquilo, en soledad, sin ruidos o en todo caso con música ambiental.
*.- Primero, ocúpate de ordenar tus cosas; luego la de las zonas comunes.
*.- Deja la decisión sobre los objetos de especial valor sentimental para el final; seguramente acabarás teniendo mayor experiencia para tomar decisiones al respecto.
*.- No exilies nada; no lleves los objetos a otro sitio, almacenándolos en casa de otras personas, como pueda ser la de tus padres.

       Muchos de los seguidores de Marie confiesan que al entrar de lleno en el proceso de tirar y ordenar sus objetos domésticos, su vida llega a cambiar incluso en aspectos tan cruciales como el trabajo o la pareja, quedándoles mucho más claro la posibilidad o no de mantener una relación continuada. Parece ser que el "arte de desechar" es capaz de modificar el equilibrio que establecemos con nosotros mismos, nuestras posesiones y nuestra vida.
       Como vemos, por lo aquí expuesto de forma muy resumida, los cambios que se producen en nuestro entorno material pueden tener algunas veces la capacidad de proyectarse en el plano espiritual. A menudo decimos que una mente sana dentro de un cuerpo sano genera una situación ideal de Vida. En este caso podría ser adecuado hablar de nuestra casa material, también de nuestro cuerpo y nuestra alma, siempre que creamos que esta especie de división mental que hacemos tiene sentido para nosotros. Cuestión por demás muy discutida y discutible.
       A mi modo de ver se trata de un tema sensible y delicado, esto de hacer sin más extrapolaciones entre planos materiales y espirituales, pero las analogías y metáforas son lugares comunes a la hora de plantear literariamente temas de ésta u otra índole. "Las Moradas" de Santa Teresa constituyen un ejemplo de ello: ¡y mira si volaba alto la santa!. A menudo, para traer experiencias numinosas hasta este Mundo y explicarlas es necesario emplear símiles sencillos que cualquier persona pueda entender.
      Luego entonces, ¿sería prudente hablar de limpiar, higienizar, ordenar y desprendernos de aquello que ha perdido valor aunque anide en el fondo de nuestra alma? Creo que sí. Es más, todas las escuelas terapéuticas, desde las primeras experiencias del psicoanálisis de Freud y Jung, vienen a confluir en procesos catárticos de naturaleza parecida, con ligeras variantes: no pretenden sino devolvernos el equilibrio y la salud mental de la que carecemos cuando nos hayamos, por ejemplo, inmersos en patologías depresivas. Igualmente la filosofía budista transita por el mismo sendero, aunque con una profundidad definitiva, pues pretender borrar cualquier rastro de ese yo egóico que todos somos y devolvernos al absoluto vacío del Nirvana. Eso fue en origen (sin las modificaciones posteriores aportadas por las diferentes escuelas budistas que sucedieron al Iluminado) lo que modestamente, es atrevido expresarlo así, ofreció Siddhartha a un grupo reducido de monjes fieles: simplemente salvarse de las eternas y penosas reencarnaciones del Samsara.
       Lo que ocurre es que limpiar nuestra morada interior -entre otras cosas- de todo aquello que constituye un error, pesar, complejo, rémora o desapego, dejándola impoluta y ordenada, no es tan fácil como lo que hacemos con nuestro hogar físico, aunque de alguna manera el reflejo de dicha limpieza pueda también ordenar e iluminar nuestro mundo interior.
       Los seres humanos somos ante todo una memoria ordenada secuencialmente dentro de tres espacios virtuales: pasado, presente y futuro, todo ello constituyendo nuestro self auto-biográfico formado por instintos, sentimientos y razones. Además la memoria, más bien habría que decir "las memorias" en todas sus manifestaciones neuronales (las hay de muchos tipos, algunas de ellas sin acceso directo como las implícitas que son puros automatismos una vez creadas por el aprendizaje), no son fácilmente retocables o removibles, al menos con la actual tecnología neurológica de que disponemos. Y como muchas de estos recuerdos están anclados en nuestro subconsciente, y por tanto no son directamente accesibles a su control, podríamos afirmar que en gran medida nos convierten en esclavos de ellos. En esa tesitura de soluciones se hallan gran parte de las terapias que imagino tienen nada más que un éxito relativo, lo que no debe significar que no acudamos a ellas y trabajemos junto con los especialistas para alcanzar las mayores cotas de bienestar físico y mental. La gente quiere curarse y puede curarse hasta donde nuestros conocimientos terapéuticos actuales lo permiten, igual que con el resto de procedimientos de la medicina moderna.
       Muchas veces por salud mental (aún a sabiendas de que afectaremos la vida de otras personas, cuestión nada baladí) nos vemos obligados a romper con un pasado que nos atenaza y nos impide seguir viviendo con normalidad, pero ha de quedarnos bien claro que si ejercemos dicha acción (naturalmente inevitable en muchos ocasiones) el resultado no nos va a salir completamente gratis: todo lo que hemos sido, o al menos gran parte de ello, nuestra vivencias conscientes e inconscientes, permanecerán de alguna manera dentro de nosotros para siempre. Tendremos necesariamente que sublimarlas, dicho en clave psicoanalítica, pero aún así seguirán formando parte indisoluble de nuestra casa interior. Bueno, eso sí, hasta que en un futuro no muy lejano (con permiso de Silicon Valley) llegue a inventarse una máquina capaz de llevar a cabo la limpieza mental de nuestro "disco duro", todo ello con el fin  de poder implantarle luego nuevos recuerdos. Y entonces tendremos que preguntarnos, obviamente, en qué nos habremos convertido.
      Una cuestión sobre la que de momento no vamos a reflexionar aquí.


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