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5 de octubre de 2016

Somos una expresión psicobiológica de la música del Universo


"Las ecuaciones que rigen el comportamiento de los átomos y de la luz son casi literalmente las mismas a las que obedecen instrumentos musicales"

 Frank Wilczek, 
Premio Nobel de Física del 2004

       Siempre he tenido el presentimiento (hoy lo afirma abiertamente y sin ambages la neurología) que nuestras emociones-sentimientos hablan el lenguaje de la música, que es -creo yo- el lenguaje del Universo.
       Nuestro ser tiene dos afinadísimos instrumentos por medio de los cuales percibe el Mundo: la razón y el corazón. El primero se sirve de ideas y el segundo de emociones-sentimientos; el uno puede comprender lo que nos rodea, analizando y dividiendo las experiencias para luego ensamblarlas y recrearlas; el otro, en cambio, se nutre con impresiones totales que sacuden nuestro espíritu conectándolo visceralmente con el resto de seres con los que con-vivimos; el primero (empleando un símil cercano a la Ciencia) diríamos que tiende a operar de forma digital, mientras que el segundo lo hace de manera analógica. ¿Cuál de los dos es más eficaz y conveniente?
       En el fondo es absurdo plantearse dicha pregunta, pues somos lo que somos y poseemos las potencias o facultades con las que la Naturaleza nos ha dotado. Como bien sabemos, su funciones son distintas y seguramente sus límites también; yo diría que son complementarias y si guardan un adecuado equilibrio entre ellas (cuando las empleamos para experimentar el Mundo) el resultado en la personalidad de cada ser humano será óptimo. Seguramente el problema se da cuando intentamos compararlas, minusvalorándolas, una con respecto a la otra, o poniéndolas en franca competencia, lo cual nos conduce irremediablemente a un callejón sin salida que no tiene sentido alguno, pues somos fundamentalmente el resultado de estas dos fuerzas o energías humanas y podemos conseguir nuestro máximo potencial cuando ambas trabajan unidas y en sintonía: ese es el objetivo final de cualquier filosofía, religión o terapia que busque el desarrollo integral del ser humano.
       Pero volvamos a la afirmación primera que constituye la clave del asunto que me he propuesto desarrollar.
       Actualmente la Ciencia demuestra y proclama que nuestras emociones pueden ser moduladas por la música; de modo que podemos recrear estados de ánimo empleando diferentes ritmos y melodías. De eso sabe mucho el cine, que apoyándose en la creatividad de músicos que construyen las bandas sonoras de las películas, crean en conjunción con las imágenes rodadas, los diferentes tipos de climas dramáticos. ¿Pero por qué es posible jugar con el andamiaje propio de la música para producir tales efectos? Porque, habría que añadir, que al contrario también, determinados estados de ánimos parecen hacernos buscar y apetecer una música concreta: más lenta o pausada o vibrante, trepidante y potente rítmicamente. Por supuesto, la personalidad de cada sujeto, con su particular temperamento y capacidad de emocionarse, vienen igualmente a determinar su específico gusto musical. En fin, un complejo entramado neuronal en el que se retroalimentan música y emociones, y que parecer ser un legado heredado de nuestros antepasados que viene formando parte de la evolución de nuestro cerebro desde hace miles de años.
       Los científicos dicen también que se trata de estructuras que tienen su precedente inmediato en los patrones sincrónicos de nuestro propio cuerpo: respiración y latidos del corazón, por ejemplo. Pero lo que podemos intuir de alguna manera es que todo el Cosmos parece estar sujeto a ritmo, vibraciones de tipo electromagnético, que en el fondo constituirían esa Matriz invisible a nuestros ojos (el Noúmeno, que dijera el filósofo Inmanuel Kant) con el que parece correlacionarse nuestro cerebro a través de las ondas eléctricas neuronales. En realidad ahí afuera no existen colores ni sonidos, ni sabores...; pues todo es producto de la recreación vibratoria de nuestro cerebro: una mera construcción virtual generada por nuestros diferentes sistemas neuronales.
       Las neuronas se acoplan a la música, a su ritmo, tono, timbre y melodía, generando así nuestra variedad de estados anímicos y modificando seguramente el conjunto de nuestra estructura orgánica: no solo las células nerviosas, sino probablemente los varios billones de células que conforman nuestro organismo están igualmente sincronizadas en tiempo real. Es decir: nuestro cuerpo y nuestra mente son capaces de danzar al ritmo de la música componiendo así las pequeñas sinfonías de nuestra vida; los pequeños o grandes momentos que nos hace felices o desgraciados.
       Parece que el oído necesita menos tiempo de procesamiento que la visión; pero esa disincronía es salvada por nuestro cerebro que nos devuelve el conjunto perceptivo prácticamente al mismo tiempo. Y luego aparecen en escena las neuronas espejo, descubiertas por azar por el investigador italiano Giacomo Rizzolatti, en 1996, mientras observaba en el laboratorio, en colaboración con otros neurocientíficos, la conducta motora de los monos macacos empleando electrodos intracraneales implantados en el cerebro de estos animales: las denominadas neuronas espejos se encendían cuando el mono realizaba una tarea motora o cuando observaba la realización de la misma por parte de un congénere; de ahí la denominación dada a dichas neuronas. Se trata -sin entrar en más detalles- de un tipo de neuronas senso-motoras que interactúan con entradas de estímulos, tanto sensoriales (auditivos y visuales) cuanto propiamente motores, y al mismo tiempo se ensamblan con diferentes modalidades de memoria. En los seres humanos se hallan ubicadas en la conocida como Área de Broca que tiene cometidos fundamentales en los procesos del habla.
       Vemos pues -dicho muy sucintamente- como la audición, la visión, el lenguaje y la memoria se inter-conexionan entre sí y con los patrones de ondas que genera la música, asociando el ritmo y la melodía con los estados de ánimo producidos por diferentes patrones de ondas vibratorias que penetran por nuestro sentido auditivo y acaban impactando globalmente en nuestro cuerpo y nuestra mente.
       Pero hay algo previo a nuestra naturaleza humana, y es la propia Naturaleza de donde provenimos. Toda ella, dentro del conjunto del Universo, no es sino un producto de campos vibratorios que se inician a nivel subatómico, en el propio corazón de los átomos y sus partículas más infinitesimales. La física cuántica considera la realidad esencial como un intercambio constante entre ondas vibratorias y corpúsculos materiales: las ondas colapsan y se genera la materia. Todo surge de ese sustrato que constituiría la música primigenia del Universo.
       La filosofía hinduista-budista afirma y consagra el conocido "Om" vibratorio como el mantra sustancial del Universo, del que derivarían todas las notas que la Naturaleza y el ser humano son capaces de crear. Podríamos proclamar finalmente, al menos de una manera poética: "Somos música porque estamos hechos de música".

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