Programa Ediitorial EnR

24 de noviembre de 2016

Historia del pasado

... de Google.
     La casa de Juan destacaba en la ladera del monte por su tejado de pizarra a dos aguas y las molduras rojas de puertas y ventanas que rompían el blanco de los muros. La construyó su padre desoyendo los consejos de sus vecinos, que nunca se acercaban por esos parajes. 
     Juan no lo entendía: aquel lugar con árboles y ricos pastos era ideal para una granja. Nadie quiso explicarle por qué los ganaderos del pueblo utilizaban otros pastos de montes contiguos. 
     Cuando todo parecía ir bien, su padre murió. Al poco tiempo, su madre se puso enferma y Juan tuvo que hacerse cargo de las faenas de la granja a una edad temprana. «Este lugar los ha enfermado, los vecinos tenían razón», pensó, pero pronto dejó de lado las supercherías y trabajó con tesón para cuidar de su madre.
     Terminadas las tareas de ese día, Juan emitió un agudo silbido para que le acompañara el perro. 
     —Ven, viejo amigo hoy nos toca riscar a nuestras anchas. Todo el monte es nuestro. 
     Un ladrido de asentimiento y un meneo frenético de la cola le indicó que era bien recibida la decisión. 
     Juntos pasearon y retozaron hasta llegar a la zona rocosa del otro lado del monte. A Juan le impresionaban aquellos enormes montículos de piedras oscuras tan diferentes al resto. Le gustaba pasar las manos por esas superficies lisas y notar ese tacto suave en contraste con la dureza de sus componentes. Y entonces hablaba en alto de su madre y de sus preocupaciones como si estuviese frente a un oráculo. 
     —¿Crees que en este lugar hubo alguna vez agua? 
     El perro con las orejas en punta y la lengua fuera había entendido la última palabra. Juan sacó la cantimplora y le dio de beber en un cuenco de metal. 
     Volvió a acariciar la piedra con ternura como quien ordeña una ubre colmada. Las manos, ahora húmedas, le desconcertaron. 
     —¡Estaba en lo cierto! ¡Mira, es agua! —Un hilillo de líquido transparente barnizaba la roca a su paso. Se apresuró a recogerlo en su petaca antes de que se agotara. 
     Cuando llegó a casa, preparó un té a su madre con el agua del manantial. Siempre había oído que en la naturaleza se podía encontrar el remedio a todas las enfermedades. ¿Y si mis plegarias hubieran sido escuchadas?
     A los poco días el médico fue a la casa para visitar a la enferma, la encontró cocinando y de buen humor. 
     —¿Qué hace levantada? 
     —No se preocupe doctor. Me encuentro bien. Ha sido un milagro. 
     El doctor, extrañado, se volvió para hablar con Juan en otra habitación. 
     —¿Qué ha pasado aquí? —dijo bajando la voz—. No creo en los milagros. Ya sabes que ella estaba desahuciada. 
     Juan se encogió de hombros y se hizo el despistado. El médico se acercó, le cogió del brazo y lo zarandeó. 
     —No seas estúpido, dime qué le has dado. Te has metido en un buen lío, chico. 
     —Sólo le he dado infusiones hechas con plantas del campo —respondió zafándose del brazo que le sujetaba—. No tiene derecho a… 
     —¿Crees que puedes mentirme? No has nacido aquí, no sabes nada de la historia del pueblo, de sus terribles leyendas— le gritó—. Hace cien años murieron todos sus habitantes. Al principio, los enfermos se curaban, sí, como tu madre, y después la codicia corrompió a los hombres. Las luchas no cesaban. En castigo, el manantial se arrogó la última palabra. El agua mató a todo el que se quedó aquí. Era puro veneno. Después el agua dejó de brotar. Con el tiempo se repobló la zona, algunos de los que habían huido volvieron, pero nadie olvidó lo sucedido. 
     —¡Es terrible…! Pero podemos mantenerlo en secreto —Juan quiso rebajar la tensión—, usarlo sólo en casos graves. Por aquí no viene nadie. 
     El médico se dio la vuelta y furioso salió de la casa sin despedirse. 
     A la mañana siguiente, Juan se acercó de nuevo al abrupto lugar. Se tranquilizó al no encontrar rastro de agua, la hierba se mantenía seca en la base de las rocas. «No volveré a tocar la piedra», se dijo. El médico había conseguido asustarlo. De pronto, un estruendo con olor a pólvora retumbó en el valle. Juan se desplomó. Esta vez, el líquido que manó de la roca dejaba un reguero esmaltado en rojo. 





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