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25 de noviembre de 2016

Nunca imaginé...


(... de google )

       La maté porque era mía, yo escuché esas palabras y no puede contener la risa, ¡tuya!, pues ya no lo seré más. Y así fue. Se terminaron las vejaciones, humillaciones, maltratos físicos y psíquicos, todo acabó.

       Fíjese usted, estando embarazada de mi tercer hijo, un día llego enfadado del trabajo, como casi todos los días, y al ver la cena que le esperaba, se enfureció aún más. ¡Eso tienes! –me dijo- ¡tortilla de patatas y filetes!. Yo no quería eso de cena. Le pregunté qué era lo que él quería y me dijo que sopa, algo caliente. Y al contestarle que me lo podía haber dicho antes; le brillaron los ojos, se abalanzó sobre mí y comenzó a darme patadas en la barriga y en la cabeza. Yo intentaba proteger a mi hijo que se encontraba en mi vientre, pero cuando terminó de descargar toda su rabia sobre mí, tuve que ir directa al hospital. Perdí al niño y en el hospital me aconsejaron que denunciase a mi marido. Ya me conocían de otras veces. Una de ellas me destrozó la cara porque me vio hablando con un vecino. Él estaba en la casa viendo la televisión y yo había salido a tirar la basura, debido a que tardaba, se asomó a la puerta, y cuando entré comenzó diciéndome que era una puta, que él conocía muy bien a las de mi clase, que se empieza con una conversación y se termina en la cama, que era él el que me pagaba dándome de comer y manteniéndome en su casa, ¡y golpes y más golpes!
       Otra vez estuve tomando café con unas amigas, se me hizo tarde, y cuando llegó a mediodía, todavía no había terminado de hacer la comida. Me preguntó cuál era el motivo por el que no tenía la comida ya lista, le dije la verdad y se enfadó. Los cotilleos los ves por televisión –me dijo-. Me aseguró que aquellas mujeres eran mejores que yo; ya tendrían la comida echa porque ellas eran más listas que yo, que yo sería el bufón del grupo, la tontita, porque yo no sé nada. Me empujó, caí al suelo y con cuatro o cinco patadas que me propinó me rompió dos costillas.
       El hospital lo había visitado varias veces, pero nunca había denunciado, sobre todo, por miedo. Además como siempre me afirmaba y me aseguraba que yo no valía para nada y que era tonta, terminé creyéndomelo. Tú sin mí no irías ni a la vuelta de la esquina, era una de sus frases favoritas. 
       Al principio no era así. Cuando nos casamos su actitud era la misma que cuando éramos novios. Atento, cariñoso, nada celoso, me regalaba flores, etc. Yo no podía imaginar que aquel príncipe se convirtiera en un demonio. Pero ocurrió. Fue transcurriendo el tiempo, y junto con el tiempo, él fue cambiando, por etapas. Primero se enfadaba mucho, luego gritaba y fue entonces cuando comenzó a decirme que era tonta y que no valía para nada sin él. E inmediatamente llegaron los golpes y las palizas, y eso ya nunca cambió.
       Cuando nació mi primer hijo me pareció que se malhumoró, no le gustó nada su aparición. Él nunca ha hecho mucho caso a sus hijos. Es como si no existieran. Cuando nació el segundo, allí no había pasado nada, ni bueno ni malo.
       Pero yo en mi casa y con mis hijos tampoco estaba tan mal. Eso pensaba yo año tras año, aunque mis hijos crecieron y yo no les veía reír. No iban bien en el colegio. Suspendían muchas asignaturas, a lo cual su padre respondía: han salido a su madre, torpes y sin inteligencia. Esto lo podía tolerar, lo que me preocupaba era la actitud de mis hijos siempre triste. Un día decidí hablar con el mayor, tiene catorce años, para ver cuál era el motivo de su tristeza y cuando se lo pregunté, directamente y sin rodeos, él me contestó igual: no te das cuenta mamá, esto no es una familia normal, ese cabrón que no es ni será nunca mi padre te pega, te humilla y tú lo consientes. No eres torpe ni ninguna basura. Ese cabrón te hace creer que no vales nada, y ya has perdido todo tu amor propio, ya sólo crees lo que él te dice. Cuando era pequeño pensaba que esto era no lo normal, que así era una familia, pero después de ir a visitar a mis amigos y quedarme alguna noche a dormir o a comer he comprobado que no. ¿Recuerdas el fin de semana que me quedé en casa de Javier, mi mejor amigo? Pues fue el fin de semana más feliz de mi vida. Sus padres comían con nosotros y no hacían más que hacerse cariñitos y echarse piropos. Su madre trabaja en casa, igual que tú; el papá de Javier le decía que era la más guapa, la más trabajadora y la más inteligente. Lo contrario de lo que te dice a ti ese cabrón. Decía que sin ella la casa se vendría abajo porque lo tenía todo siempre en orden (no sólo la casa, también el equilibrio familiar), yo no entendí que era eso de equilibrio familiar, pero tampoco lo pregunté por temor a que me tomasen por tonto. Además, sonaba bien, y con lo que mis ojos estaban viendo ese equilibrio familiar tendría que ser algo muy bueno. Mamá –me dijo-, yo a ti te quiero mucho pero no permitiría que nadie me pegase. A mi hermano y a mí nunca nos ha pegado, pero si un día le pone la mano encima a mi hermano o a mí, le mato. Y creo que él lo sabe porque una vez que te pegó a ti yo le miré lleno de rabia y me dijo: tranquilo muchacho, tú a mi no me interesas y por eso no tengo intención de pegarte, pero si un día te metes entre tú madre y yo, quizá no vuelvas a ir al colegio. Tú verás. Me asusté, tengo que decirte la verdad, mamá, pero como tú ya eres mayor y siempre has consentido que te pegue y te humille… aunque yo no estoy nada de acuerdo, nada; no me gusta esta casa y menos él. Ya sabes por qué estoy siempre triste, si no te creyeras todo lo que él te dice lo habrías adivinado tu sola.
       Después de aquella exposición de mi hijo sobre el motivo de su tristeza mi cabeza dio muchas vueltas siempre pensando si el niño tendría razón o no. Pero yo seguía teniendo miedo a enfrentarme a él, es más fuerte, y tampoco me iba tan mal. ¿Pedir ayuda? Se me pasó más de una vez por la cabeza. Veía esos programas de televisión en los que a veces salían mujeres maltratadas; donde al final exponían en un rótulo el teléfono de los Servicios Sociales y de Casas de Acogida para mujeres maltratadas. Un día cogí un número, pero no me atreví a llamar. Ahora no sentía miedo sino vergüenza. Entonces comprendí que quizá mi hijo tuviera razón, que el mierda era él, como se decía en algunos de aquellos programas. Hombres celosos, inseguros, creedores de que su mujer es una propiedad, enfermos, sin cura prácticamente el cien por cien. Irrecuperables a esa enfermedad, los psicólogos decían eso, sí, que la mayoría no tenían cura porque eran así y se lo creían totalmente. Todo lo que hacían para ellos era lo normal y lo correcto.
       Pasé un tiempo mal, pensando y pensando, pero no me decidía a dar ningún paso, y volví a quedarme embarazada. Entonces llegó el fatídico día, el de la cena y las patadas en mi vientre. En el hospital, cuando supe que había perdido el niño y me aconsejaron que denunciase, no dudé. Aquella paliza exagerada en la que perdí a mi hijo por culpa de una cena fue la gota que colmó el vaso, luego recordé la conversación mantenida con mi hijo y enfurecí. Al salir del hospital fui a la comisaría más cercana y puse la denuncia. Luego pensé por qué había estado tan ciega y cómo había aguantado tantos años. Parecía que la conversación mantenida con mi hijo y la reciente pérdida del otro me había abierto los ojos. Lo más probable es que si no hubiera tenido hijos yo nunca me habría espabilado porque no me hubiera sentido mal por mí. Yo habría aguantado toda la vida porque ya me había anulado totalmente como persona y me tenía a su disposición, manejándome a su antojo como quien maneja una marioneta. Pero tuve hijos, y eso me saco de la pesadilla y me hizo pensar, rebelarme y luchar más que por mí, por desgracia, por mis hijos.
       Después de poner la denuncia me sentí contenta, liberada. Comencé a pensar en una separación, una nueva vida. Necesitaba planear un nuevo futuro. Lo malo es que recordé la vergüenza que sentí cuando apunte el número de teléfono y no me atrevía a llamar. ¿Qué dirá la gente?, ¿me apoyará a mí o a él?, ¿no pensarán que soy una desagradecida cuando él me mantiene a mí y a mis hijos? ¡Qué vergüenza! Mi familia será un espectáculo para todos, como lo eran aquellas mujeres de la televisión. ¿Y mis hijos? los puedo perjudicar, puede ser que sus compañeros de clase los marginen, sin querer relacionarse con ellos. Por un momento lo vi todo negro y me vi a mi misma en un callejón sin salida. Entonces tuve un intento de ir a quitar la denuncia, ¡ojala lo hubiera hecho!. Bueno, quitar la denuncia no, eso lo hice bien, lo que no hice bien fue la forma; la precipitación de la rabia y la impotencia que me hizo llegar adonde estoy. Pero de repente me vino a la cabeza mi niño de catorce años, junto con la conversación mantenida con él. Su tristeza, el odio hacia su padre, hacia la casa, el saber que me quería aunque no entendiese por qué yo me dejaba maltratar, y eso fue lo que hizo envalentonarme, olvidarme de las consecuencias y de futuras vergüenzas. Mi hijo no es feliz y yo quiero que sí lo sea.
       Días después, mi marido, que era siempre quien recogía el correo, vio la denuncia. No me dijo nada, se fue y volvió con una pistola. Me pegó dos tiros y aquí estoy. Llevo días aquí y tarde me he dado cuenta que lo hice mal. Conociendo su furia debí primero pedir ayuda y marcharme con mis hijos mientras él no estuviera en casa. Y después denunciar. Mi rabia y mi precipitación me hicieron ir hacia la muerte.
       Ayer vi un trozo del juicio. Mi odio hacia él me hacia observar con indiferencia y sin embargo, ya conociéndole y encontrándome sin sentir miedo aunque estuviera viva, y en persona en el juicio, me interesaban sus palabras más que nunca porque nunca en vida me habían interesado, las aceptaba y punto. Pero en esos momentos en los que me sentía fuerte, sin miedo e indiferente hacia él, eso sí, conociéndole como le conozco, observaba con mucho interés sus gestos y sus palabras. Le media los gestos de la cara; los enfados, las sonrisas, las risitas, las miradas despectivas hacia el abogado acusador,… y era consciente de que se lo tomaba todo como un juego.
       En esos momentos, pensando de manera fría y objetiva supe que yo misma había arruinado mi vida y la de mis hijos viviendo con ese hombre. El mundo está lleno de muchas clases de hombres. Si no hubiera aguantado tanto, podría haberme separado y unido a otro hombre. También podría haber disfrutado más de mis amigas yendo al cine, de vacaciones, me había perdido muchas cenas y comidas familiares… todo ello porque a él no le gustaba. Quería que saliera de casa lo menos posible, ¡claro!, tendría miedo de que yo hablase y él se metiera en problemas, o quizás simplemente era su obsesión hacia mí como posesión suya y de nadie más. Me había anulado totalmente como persona, me había quitado mi autoestima, mi amor propio, mi capacidad para pensar de forma individual, me había manipulado. Yo no era yo, era quien él quería que fuese.
       Mi vida no fue nada desde el momento en el que me casé con él, no he muerto ahora, morí hace dieciséis años. Todos ellos perdidos y encima haciendo sufrir a mis hijos, unas pobres criaturas que no tienen la culpa de los errores de su padre y de su madre. ¡Y pensar que cuando estudiaba mi ilusión era hacer enfermería!, pero se cruzó él en mi vida, era muy joven, me enamoré y dejé de estudiar porque también él me lo pidió. Aunque yo tampoco puse muchas objeciones, enseguida me dejé convencer. Me dijo que él trabajaría y que me tendría como a una reina, y si yo quería tendríamos hijos. Estaba enamorada y no pensé las cosas, me dejé llevar. ¡Tonta, tonta, tonta!, eso es lo que he sido siempre. Desde el principio hice lo que él quiso, y poco a poco me fue dominando.
       Algunas veces después de pegarme me pidió perdón. Una vez después de agredirme yo tuve coraje para preguntarle si me quería o no, y él me contesto que sí, mentiroso. Y yo preocupándome por la gente, avergonzándome antes de tiempo por el qué dirán cuando sepan que le he denunciado, cuando se enteren de que quiero separarme y el divorcio…
       Nunca he pensado en mí, siempre pensé en él y por supuesto, en mis hijos. Durante los últimos diez años él me pegaba y me pedía perdón algunas veces. Y le pregunto si me quiere una vez, porque si no él no me lo hubiera dicho nunca, me dice que sí, y yo me lo creo. Y ayer cuando vi el juicio me di cuenta de que no le importaba en absoluto que yo estuviera muerta. No estaba triste, no lloraba. Al contrario, parecía que todo aquello le parecía una tontería. Y encima mentía. Su abogado defensor le preguntó si quería a sus hijos y él contestó que sí, que muchísimo. Después le pregunto por el destino de ellos ahora que su madre estaba muerta, a lo que él respondía que no sabía bien, que quizá lo mejor sería que viviesen con sus abuelos porque él no sabía llevar una casa, ya que era su mujer quien se encargaba de eso. De la casa y de la educación de los hijos. Continúo diciendo que lo hacía por el bien de los niños y que él iría a verlos con regularidad, y por supuesto se encargaría de la manutención. Toda esa exposición me causó náuseas y recordé aquellos programas de televisión en los que decían que eran muy listos y mentirosos; personas agradables ante los vecinos y la sociedad, aparentemente también muy tranquilos. Eran fríos y calculadores. Después le tocó el turno al abogado acusador y la primera pregunta que le formuló fue por qué me había matado. Su contestación fue esa: la maté porque era mía. Y escuchando esas palabras no pude contener la risa, ¡tuya!, pues ya no lo seré más porque estoy muerta.
       Y ahora dígame usted, señor Dios, ¿dónde debo ir? ¿al cielo o al infierno?, pero también contésteme a esta pregunta: ¿debía morir yo?
       Y Dios no supo qué contestar. 




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