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6 de diciembre de 2016

El ilusionista y los maletines mágicos


... de Google
     El ilusionista lo sabía antes de haberlo leído en una revista de divulgación científica.
     Conocía, porque ya lo había experimentado, que la materia y la energía están íntimamente conectadas, y que aquella no es sino la proyección fenomenológica del intercambio energético que se produce constantemente entre nuestra consciencia y la matriz cuántica que da soporte al Universo. Lo sabía muy bien y quería darlo a conocer haciéndolo visible públicamente.
     Para ello había seleccionado cuidadosamente, atendiendo a sus particulares características temperamentales, a tres personas que habrían de participar en tan peculiar experimento: una de ellas era optimista, la otra pesimista, y la tercera, por así decirlo, ni una cosa ni la otra: un punto intermedio entre las dos.
     El día de la representación anunciada ha llegado y todo está preparado en uno de los pequeños teatros de la ciudad repleto de espectadores. Sin embargo, nadie conoce de que va el truco de magia, ni siquiera los propias actores protagonistas del evento: ese es el acuerdo tácito establecido con estos y con las personas que se han acercado a contemplar el espectáculo. Todo debe ser una sorpresa.
     Las luces de la sala se apagan y sólo quedan encendidos los focos que iluminan el escenario, en el que puede verse al ilusionista y a tres personas sentadas, y frente a ellas, de pie sobre la tarima, sendos maletines cerrados.
     Antes de comenzar, el ilusionista se dirige al público diciendo:
      Como ustedes deben saber -queridos espectadores- los objetos no son más que la proyección de nuestra propia mente. Nuestra ideas, emociones, sentimientos y creencias los producen y destruyen a voluntad. Cada uno de ustedes crea su propia realidad; y siendo esto posible conviene que seamos muy cautos con todo aquello que generamos, para bien de nosotros mismos y de las personas con quienes nos relacionamos. Esta noche tendrán ocasión de comprobarlo aquí mismo.
     Nada desvela, en cambio, con respecto a las personas que hacen las veces de voluntarios, con el fin de que ninguno de los presentes pueda modificar por simpatía los resultados del experimento.
     Y es justo en ese instante cuando se dirige hacia los maletines y los abre uno a uno, pidiendo a las tres personas del escenario que comprueben que ninguno de ellos contiene nada en su interior, para mostrarlos luego a la sala. Y una vez cerrados de nuevo, les indica a los participantes:
      Ahora quiero que se concentren intensamente durante unos minutos en todas aquellas ideas o sentimientos que más frecuentemente experimenten y que de alguna manera les definan como personas. Pongan en ello todo su empeño y corazón.
     Una vez transcurrido el tiempo comienza a abrir parsimoniosamente uno a uno cada maletín. Y esto es lo que halla: el maletín del optimista contiene un billete de lotería, unas zapatillas de deportes y un libro de viajes; en el del pesimista hay depositado un pastillero repleto de medicamentos, un libro de auto-ayuda y un diario; y finalmente, el último maletín contiene un reloj, un libro de filosofía y una caja de juegos de "trivial".
     Todos los espectadores se quedan sorprendidos y a la espera de averiguar de que va en realidad todo aquello. No obstante, antes de aclararlo, el ilusionista les pregunta a cada uno de los participantes si se sienten identificados o no con el contenido que les ha tocado en suerte con cada uno de los maletines asignados. Y todos afirman que sí sin dudarlo.
      Como han podido comprobar ustedes -se dirige de nuevo a la sala- nosotros somos en gran medida los propios hacedores de nuestras vidas, ya que podemos ser capaces de modificar con nuestra mente el mundo material en el que existimos. Somos materia, pero, por supuesto, mucho más. Como ya les había anunciado han podido comprobar cómo cada participante ha encontrado en sus respectivos maletines algo relacionado con lo que sus mentes habían imaginado y sentido. Que nadie se llame a engaño: no se trata de ningún truco, sino de una realidad oculta que quería desvelarles para que puedan compartirla también con otras personas. 
     El ilusionista da las gracias al público y a los participantes y todos aplauden, pues saben que el experimento ha tocado a su fin intentando sembrar tal vez en las mentes de algunos de los allí presentes la inquietud de hacer posible sus sueños más queridos.
     Se encienden las luces del teatro y los espectadores, unos crédulos y otros escépticos, van saliendo mientras comentan con interés la experiencia que han vivido esa noche.


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Este autor quiere despedirse también, no sin antes lanzarles estas dos preguntas: ¿Qué posee el ilusionista que no poseamos los demás? ¿Podríamos serlo también nosotros si nos lo propusiésemos? Júzguenlo ustedes.


Nota: Los objetos simbólicos que aparecen en cada uno de los maletines no son más que meras aproximaciones literarias a una realidad tan compleja como es la conducta humana ligada a los temperamentos. Pensar otra cosa desvirtuaría la historia que se cuenta aquí.

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