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20 de diciembre de 2016

Restaurante Bar Las Orquillas

       A mi amiga Maribel, que en el Taller de Escritura Creativa de Garciaz, escribió el primer pensamiento, que puedes encontrar pinchando aquí, y del que se sigue este texto de mi autoría.
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Taller de Escritura Creativa
Garciaz.
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       Cerca del río está el restaurante, con la entrada en la misma carretera, con su explanada de tierra para aparcar, al poniente, en las afueras de Garciaz. Está un poco alejado del bullicio del centro del pueblo sí, pero es un lugar perfecto para reunirse con la familia, o con los amigos. El restaurante tiene una terraza con techo de uralita transparente que el viento cimbrea cuando sopla, en la trasera de la casa, en las inmediaciones del río. Las paredes son tabiques plegables que el dueño dispone a su antojo, para comedor o para zona de baile, según se necesite.

       Ahora Julián ha puesto unas estufas tipo greenland que dan un calor tan de andar por casa que tal parece que estés en un hotel de cinco estrellas. Las mesas son circulares, con capacidad para ocho personas cada una. Un canastillo de juncos, en el que unas pequeñas lucecitas se apagan y se encienden, dan la nota festiva y nos recuerda que ya estamos casi en Navidad. Y la comida es buena, que digo buena, buenísima, que Marisa, La Sosa, tiene mano de santo para la cocina. Prepara unas chuletitas de cochinillo con bolitas crujientes de patata que son para morirse. 

       Todos los fines de semana se llena el restaurante con personas venidas de otros pueblos de la comarca, y de la provincia, y de la región si me apuras. Sin duda que vienen atraídas por la fama que justamente se van labrando esta parejita de jóvenes emprendedores que un día decidieron liarse la manta a la cabeza y entramparse hasta las cejas. Y, sobre todo por la tranquilidad de un pueblo de sierra extremeña de calles empinadas y rincones donde la luz va dejando pequeños poemas como deliciosos y dulcísimos caramelitos de menta. 
       Pero este fin de semana ha sido distinto. 

       De Garciaz, ha venido Manoli, la tuerta, la que tiene la tienda en la calle Baluarte, y su marido Fermín, el de los bolineros, de etiqueta, como para una boda. Ella con un vestido de seda en negro y una mantilla azul marino con rosetones rojos, toda pintadita, con una permanente de peluquería del día anterior; y él de traje y corbata, como ha de ser. También, Rosi de Lerma, La Chichitas, sola, con su cojera de siempre, la pobrecita, y su sonrisa forzada, y su mirar intenso; muy de andar por casa, con unos tejanos, un jersey, y una cazadora. 

       Y los Ávila, que no podían faltar, con su mercedes-benz deportivo rojo limpito, inmaculado, como el cuerpecito de un cochinillo ya preparadito para el horno. Él con esa voz del don poderío caciquil, bajo ese bigote y ese puro y ese pelo engominado, con esa sonrisa más falsa que la falsa monea, y con esa pelliza de piel de cabrito que no le pega ni con cola. Ella con una falda de tubo ajustada y una blusa blanca con chorreras, abierta por delante como para que se viera lo que en otro tiempo fue, con esa risa histérica de mujer barata. 

       De los otros comensales, he podido deducir que eran también personas que habían nacido y crecido en el pueblo, que habían dejado su infancia a la sombra amarga de alguna casa del Garciaz, y que por unas razones u otras habían tenido que emigrar. Había muchas sonrisas, unas verdaderas y otras falsas, muchos abrazos, muchos besos, y muchas historias de la infancia que todos contaban con distintos detalles. Días de un tiempo perdido en el ayer que parecía aflorar como una vendedora de flores para dejar en cada cual un brillo de placer en los ojos que bien pudiera ser felicidad.

       Bebieron, comieron, cantaron. Muchos de ellos incluso derramaron alguna lágrima de nostalgia en recuerdo de aquel primer amor que no pudo ser y que todavía sigue siendo llama, tanto tiempo después. El amor crece en los páramos más insospechados, incluso en estos extraños cuerpos envejecidos del presente que ríen demasiado, y ocultan también demasiado.
       Perdón yo soy el nigromante del pueblo, el mendigo sentado a la puerta del establecimiento que pedía una limosna. Mi oficio es recoger la vida y la felicidad que ustedes van dejando en cualquier lugar. Y ayer había mucho de eso en el Restaurante Bar Las Orquillas.



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       En el vídeo que se sigue Maribel lee el cuento, su cuento, tras una semana de trabajo desde su primer pensamiento apuntado en la dedicatoria. Y yo leo una primera redacción de este primer pensamiento que ella escribió y tú ahora acabas de leer.




Todo un ejercicio de auto control, ¿verdad?
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