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22 de diciembre de 2016

Sentir el Corazón

... de Google.

                    "En el corazón tenía
                    la espina de una pasión;
                    logré arrancármela un día:
                    ya no siento el corazón”.

(Fragmento del poema "Yo voy soñando caminos")
Antonio Machado

       Cada ser con el que nos tropezamos a lo largo de nuestra existencia va dejando inevitablemente una huella en nuestro corazón: somos, queramos o no, corazón y memoria, porque estamos construidos con la fibra sensible de las emociones. Quien nos hizo nos hizo así y ello constituye el principal argumento de nuestra vida.
       Que duda cabe que la razón también nos constituye, pero por encima de todo nos vamos poco a poco tejiendo con la urdimbre de los sentimientos; por eso, en cierta medida, cabe afirmar, que cuando dejamos de sentir, dejamos de vivir. El gran poeta Don Antonio Machado lo dice entre redondillas y cuartetas en su poema titulado: "Yo voy soñando caminos", del que nos hemos atrevido a extraer este pequeño fragmento que nos sirve de frontispicio para iniciar una breve reflexión sobre la naturaleza humana.
       Hemos dicho que las emociones y añadiremos su correlato intelectual, los sentimientos, configuran el argumento principal de nuestra existencia; y es verdad. Hoy en día los avances de la neuropsicología han permitido ir desentrañando los diferentes tipos de memoria por medio de las cuales nuestro cerebro es capaz de representarse el mundo y al mismo tiempo así mismo: un reflejo enigmático y sutil que va elaborando y reelaborando esa entidad mental que denominamos "yo". Puede que se trate de algo puramente biológico o en su caso tal vez espiritual -no entraremos ahora a debatir acerca de dicho enigma- que se organiza como núcleo vivencial en cada persona fundamentalmente a través de la memoria autobiográfica. Y si ésta se destruye o fragmenta, le sucede igualmente a aquella; aunque nos cabe la duda razonable (lo hemos afirmado en otras ocasiones) de que una vez se deteriore irreversiblemente el soporte material-orgánico del cerebro, acabe desapareciendo al mismo tiempo "el alma" del sujeto. Los fisicalistas lo afirman con rotundidad y los espiritualistas lo niegan de la misma forma; da lo mismo que se trate de las opiniones de personas corrientes o de las de eminentes científicos, algunos de ellos premios Nobel. La polémica está servida porque ninguna de las dos partes en litigio pueden dar por probados los argumentos que defienden. Es todavía un futurible que tal vez el proceso evolutivo de la civilización humana logre afirmar o negar en una u otra dirección.
       Nuestra memoria autobiográfica está hecha de argumentos, porque no es ni más ni menos que una historia que se va construyendo a lo largo de la vida de cada persona. Pensarla y escribirla bien es enormemente importante -al menos como proyecto y pretensión- porque seguramente de ello dependa nuestra felicidad. Pero tal cosa no resulta nada fácil, pues como en cualquier otra historia junto al protagonista principal entran en escena el antagonista y los demás personajes principales y secundarios; y además, parte de la caracterización de tales actores viene otorgada a priori por la propia Naturaleza. Genes y epigenes juegan al ajedrez desde el momento de la concepción fetal y de ese "tótum revolútum" depende igualmente la vida futura de cada ser humano.
       Si no dispusiésemos de memoria nunca podríamos constituirnos en sujetos de nosotros mismos: corazón y memoria; memoria y corazón, son los dos polos de esa hasta hoy incognoscible sustancia. ¿Pero de qué sustancia se trata? Más que conocerla a ciencia cierta, podemos al menos sentirla y con ello -valga el redundante argumento- "darle sentido a nuestra vida"; esa y no otra condición es la que nos hace ser humanos. Y como cantara en su día aquel gran poeta andaluz al que nos hemos referido anteriormente: cuando nos arrancamos la espina de la pasión, dejamos finalmente de sentir, que es tanto como decir que dejamos de vivir.
       La vida en sí misma es un dilema intelectual que escapa misteriosamente a nuestra comprensión; por tanto. lo único que nos cabe hacer cuando estamos frente a ella es sentirla, o si se quiere, vivirla simplemente, que en el fondo es lo mismo.




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