Programa Ediitorial EnR

18 de enero de 2017

Marie Blanche

... de Google
           Marie es alta y delgada y el color de su tez me recuerda el blanco de la nieve en invierno en los altos picos de las montañas. Bueno, quiero decir que es preciosa, pero de una piel blanca como la leche, algo arenosa al igual que la aplanada superficie del azúcar refinado. Digo bien: tal vez un yogurt blanco y azucarado puede que le haga honor a su espalda semidesnuda y expuesta al sol radiante en un día de poniente. En fin... qué decir de su esbelto cuello de garza, que ayuda a dibujar su efigie a contraluz sobre el espumoso acantilado de una desierta playa de la costa mediterránea. Es la pura claridad, el áurea del firmamento cuando mi alma se siente mustia y transita por entre túneles de negro carbón.
            Pero si me preguntáis si conozco bien a Marie, he de deciros que no; apenas si la he visto un par de veces sirviendo copas tras la barra del Moonlight, un concurrido pub que se encuentra al final de la rambla principal de Vilablanc. Y si creéis que existe Vilablanc, es justo porque Marie existe también dentro de ese pequeño pueblo de pescadores. Toda ella parece que encerrara dentro de sí su mágico entorno repleto de naturaleza; resume sin saber por qué una verdad escondida en lo más profundo de mi corazón.
            Sin embargo, en el fondo todo resulta contradictorio, ya que sólo he hablado con ella un par de veces, para pedirle una birra o una vermut de mediodía. ¡Pero qué demonios tienen algunos seres, humanos o no, que se adueñan de nuestra alma nada más toparnos con ellos por primera vez! Ese es mi caso con Marie: ¡siempre tan misteriosa! ¿Queréis creerlo?
            Su sonrisa me paraliza de bella que es. ¿Quién dice que no soy un tímido redomado? Cuando la contemplo tengo la impresión de estar a punto de coger entre mis manos un delicado jarrón de porcelana de la dinastía Ming. ¿Y si se me cayera al suelo y se me rompiese? Seguro que es única y por supuesto su valor es incalculable, me digo mientras mis ojos se extasían y recrean su figura angelical de arriba a abajo. ¡No tengo remedio! Mientras reflexiono, Marie me observa con cierto interés, pero no alcanza a imaginar cuáles son mis intenciones; posiblemente deduce por mi mirada que albergo algún tipo de deseo hacia ella, cosa natural cuando sabe que son muchos los que la pretenden.
            Algunas veces pienso que soy un tramposo con una pizca añadida de maldad, mezclada con un poco de infantil ingenuidad. Lo digo porque el otro día le hice una foto a escondidas con mi móvil y la tengo de fondo de pantalla en mi ordenador. Es bonito verla jugar al escondite entre los iconos multicolores e imaginar que me susurra mientras le dedico este texto de amor que ahora mismo escribo. ¡Vaya, acabo de hacer una instantánea fotográfica a mi propia alma! En este preciso momento me estoy contemplando como si fuese un personaje más de este pequeño relato que comencé a escribir hace unos minutos. Ella surgió como por arte de magia dentro de mí, traspasando la frontera del mundo de las ideas para convertirse en pura realidad. Marie, que era sólo ficción, se ha hecho de carne y hueso; ha ido tomando poco a poco existencia propia con sólo haberla imaginado. Y no puedo evitar decirme después de experimentar este pensamiento: ¡chico, no eres más que un idealista!
            En fin, como esta historia no pasa de ser un pequeño relato de ensoñación, he decidido cerrarla ya con una imagen instantánea que ahora mismo invade por completo mi ser.
            Acabo de atravesar la puerta del Moonlight y apenas si puedo ver su interior al estar en penumbra debido a su luz de ambiente. Poco a poco, conforme me acerco hasta la barra, voy recuperando totalmente mi visión; doy por supuesto que he pasado de un mundo a otro: ¿tal vez de la realidad a la fantasía? En cualquier caso, aquí aparece de nuevo Marie; me mira intensamente primero para segundos después brindarme una sonrisa acompañada de un gesto de complicidad. ¿Qué habrá querido decirme con todo eso? No lo sé; aún me debato en sueños entre sus brazos.





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