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3 de enero de 2017

Un Universo invisible

... de Google
       El genial Isaac Newton fue capaz de resolver con su ley de la Gravitación Universal, a través de una fórmula matemática, las relaciones de fuerzas que se establecen entre dos cuerpos en el espacio. Pudo determinar que éstos se atraen mediante una fuerza (la gravedad) que es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente al cuadrado de la distancia que los separa. Y a partir de ahí, hoy en día, cualquier astro-físico puede calcular, por ejemplo, las velocidades de rotación y masa de uno de los planetas que orbitan alrededor del Sol; no sólo eso, sino igualmente de cualquier galaxia o sistema de ellas dentro del Universo conocido. Y fue justo al estudiar este tipo de relaciones cuando apareció un nuevo problema a resolver; pues al hacer miles de observaciones al respecto se pudo comprobar que las velocidades de estas no se ajustaban al valor de las fuerzas gravitacionales que la fórmula newtoniana y la teoría de la relatividad de Einstein predecían de acuerdo con la cantidad de masa visible a través de los telescopios. ¿Había algún tipo de fuerza invisible que generaba tan extraño fenómeno? Ciertamente debía de existir una gran cantidad de masa no visible al ojo humano que fuese la causante de la aceleración de las galaxias. Según el paradigma admitido hasta hoy por la comunidad científica la razón tenía que ser esa. Y eso fue lo que concluyeron, llamándola finalmente “materia oscura”.
       La materia oscura parece existir, aunque no podamos verla; solo podemos comprobar sus efectos de manera indirecta y, sin embargo, creemos que es una realidad que forma parte de la estructura del Universo y lo condiciona en parte. Digo en parte, porque aún hay otra fuerza tanto o más desconocida que aquella que parece ordenar la marcha total del mismo: se la conoce como "energía oscura". Sólo un 5% del Universo conocido es visible a nuestros ojos o a los instrumentos de medida que empleamos para su observación. La materia oscura supone aproximadamente un 25% del mismo; y el resto, hasta un 70%, lo constituye la energía oscura. ¡Fantástico! ¿No es cierto?
       ¿Pero qué sucede mientras tanto con el ser humano, observador incansable de esa inmensidad que llamamos Universo? Pues algo sorprendente: las neurociencias están en condiciones de afirmar que sólo somos conscientes de un 5% de nuestra actividad mental; el 95% restante funciona independientemente de nosotros y de nuestro "libre albedrío". ¿Energía oscura, pues, igualmente? Es obvio que podríamos establecer tal analogía y catalogar así a dicho fenómeno; yo, al menos, quiero quedarme con tal suposición. Apreciamos claramente sus efectos de forma indirecta como proyección en nosotros mismos; más no podemos percibirla en tiempo real. Es -dicho en lenguaje poético- igual que una sombra a la que persiguiésemos continuamente, pero a la que nunca pudiésemos dar alcance porque su presencia es para nosotros siempre pasado.
       Somos de alguna manera un espejo de nuestro Universo: macro-cosmos y micro-cosmos conteniendo un secreto aún no desvelado por la Ciencia. Sólo un 5% de lo que percibimos constituye nuestra realidad; pero sabemos que la Realidad es algo mucho más grande y complejo. Podríamos decir, apoyándonos en los descubrimientos de la física cuántica, que estamos sumergidos en una matriz de desconocidas energías, la cuales hoy en día pretenden ser unificadas dentro de una única teoría que pueda explicar absolutamente todas las fuerzas que actúan y crean el Universo, o, en su caso, los universos. Sin embargo, aún estamos lejos de lograrlo, al igual que de averiguar qué es la consciencia. Si estos dos campos energéticos están interconectados, es de suponer que en cuanto tengamos las claves de uno descubriremos al mismo tiempo el misterio que encierra el otro. Eso creo, pues da la impresión de que vamos poco a apoco delimitando teórica y prácticamente ambos problemas.
       Energía oscura, pero oscura sólo porque no es visible. Seguramente tendremos que evolucionar mucho más tecnológica y científicamente para hallar las repuestas a tales enigmas; aunque posiblemente si tal revolución no va pareja con un desarrollo mucho mayor de nuestra consciencia a escala de especie, nunca lograremos despejar la incógnita que ha de dar solución a la ecuación planteada. La materia no es más que energía densa, mientras que la mente con sus pensamientos parece estar constituida por una energía de naturaleza mucho más sutil; al fin y al cabo dos manifestaciones de una misma Realidad, formulada matemáticamente en su día por el genial Albert Einstein a través de su universalmente conocida ecuación E=mxc2.




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