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1 de febrero de 2017

El confidente


       Con puntualidad prusiana y paso firme, como es habitual en él, justo a las ocho en punto de la mañana, Hermenegildo Plaza entra en la comisaría del distrito de Vallecas.
       — Buenos días a todos. ¡Hoy van a rodar un montón de cabezas! Ramírez, ¿ha colocado usted sobre la mesa de mi despacho la carpeta que le pedí ayer?
       — Sí, jefe; ya sabe que sus mandatos son órdenes para mí. — se atragante al hablar — . Digo...; digo bien, señor.
       — Muy bien, aquí está. ¿Pero y el nombre y número de teléfono del confidente?
       — Verá, señor comisario; la verdad es que Anselmo, que había establecido el primer contacto con el susodicho, aún no ha aparecido por comisaría. Ayer se marchó a mediodía diciendo que tenía que resolver un asunto relacionado con el caso "Vacas Locas"
       — ¿Vacas Locas? ¿A quién se le ha ocurrido dar ese nombre en clave al robo de animales de la finca El Rodeo? --Sale del despacho y gira en redondo en mitad de la sala principal mirando con cara de pocos amigos a las mesas en las que trabajan tres policías y el inspector Bejarano, recién llegado de la Jefatura Provincial de Policía de Badajoz.
       — ¡Pues sí que estamos listos! Seguro que habrá sido idea del propio Peláez, el cerebrito del grupo. ¿No es así, Ramírez?
       — Lo cierto es que yo mismo lo alenté en su propósito; en el fondo Anselmo estaba dubitativo, pensando que a usted no le iba a caer en gracia el nombre. — El inspector Bejarano, el mismo que habla, se levanta de su mesa y camina hacia el comisario, aunque guardando una prudente distancia con él.
       —No decía yo que hoy iban a rodar cabezas. Por lo visto debo de ser un ogro; sé muy bien que por detrás me llamáis así; pero luego, cada cual tira de la manta por donde le place. Un día de estos... — Mientras pronuncia estas palabras, mira fijamente al inspector Bejarano y éste, algo contrariado, le retira la mirada y se vuelve a su sitio —. ¡Me cachis en to los mengues! Ramírez, quiero aquí a Anselmo Peláez en media hora. ¿Entendido?
       — De acuerdo, jefe. Haré todo lo posible por localizarlo
       Nada más sentarse de nuevo tras la mesa de su despacho, suena su teléfono personal. Una voz familiar al otro lado de la línea le habla:
       — Señor comisario: soy el confidente. No intente llamarme ni buscarme: estoy en paradero desconocido y con los bolsillos forraos; ya sabe, el asuntillo ese de las "Vacas Locas". Seguramente le habrán dicho ya en comisaría que estuve dudando un poco acerca de que nombre en clave ponerle a la operación. Saludos, señor, y hasta nunca.
       No le ha sido posible contestar, porque la comunicación se ha cortado, pero aún así dice en voz alta:
       — ¡No he visto un tipo más iluso e incauto que éste! ¿Cómo se pueden colocar en el mercado veinte caballos de pura  raza robados? ¿No será que estoy soñando?




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