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11 de marzo de 2017

El amigo de mamá

... de Google
       La señora, inmóvil, sentada en un sillón estilo isabelino de roble macizo, luce un vestido largo, blanco, a juego con su delicadeza.
       No parece una gran dama de la corte imperial, sino la propia emperatriz.
       Ronda los setenta.
       A sus pies MagdalenaSofía, apenas once años, rubia, observa un retrato que adorna una de las paredes de la estancia.
       Al pintor se le olvidó inmortalizar a mi hija , comenta la abuela señalando el cuadro , entonces yo tenía veintiocho, y él quería que yo fuese la única protagonista.
       Observo el cuadro en silencio.
       La ventana abierta, ella inconsciente en el suelo, la policía, la silla de ruedas su llegada a aquél mundo tan distinto., el eclipse de sol de octubre, los encuentros furtivos en aquella enfermería, después los permisos y por fin la luz.
       Tengo que darles yo mismo la noticia. A eso he venido.
       Ahora estaría aquí cerca comprando un regalo para su hija.
       La señora sigue hablando.
       Tuve que posar más de treinta días. Eran dos horas sagradas sin moverme, después de haber pasado por el suplicio o por el regusto de la peluquería. Era mi marido, el pintor.
       —Tenía que ser muy bueno, le digo, y ahí quedó su obra. 
       Sí, pero no dejó rastro de ella, ni en éste, ni en ningún otro cuadro. Él no la quería.
       De sus ojos se escapa una lágrima casi imperceptible, a través de sus gafas de pasta. Los cristales gruesos disimulan la sensación de sufrimiento.
       Para ella, que se llevasen a su hija, de aquella manera supuso un trauma que no había superado.
       Había recorrido los largos kilómetros que las separaban, para ir a visitarla muchas veces con su nieta, pero aquél mundo tan oscuro, le resultaba cada vez más insoportable.
       Siempre había terminado llorando sin saber muy bien si las lágrimas eran por su hija o por su marido
       No quiere hablar, pero yo conozco la historia. 
       Recuerdo a su padre. Sé cómo murió.
       Vuelvo a fijarme en el cuadro, mientras ella sigue hablando por encima del tiempo y del espacio.
       No me conoce de nada, pero estoy en su casa, sentado en el sillón en el que seguramente estuvo su esposo muchas horas. 
       Sofía, ¿Sabes quién es este señor?
       La niña contesta con un desparpajo que a mí me deja helado.
       El amigo de mamá.
       Yo lo interpreto con la malicia de los adultos y no sé dónde esconderme.
       Llueve, pasan de las diez y media de la noche, y sigo mirando aquel cuadro.
       Ella debe estar cerca.
       Siento un intenso y extraño miedo a su intuición, a la vez que me invade una sensación de frío. 
       “El amigo de mamá” 
       La ausencia me ha llevado a aquella casa.
       No esperaba encontrarme aquel cuadro. Me sobrecoge.
       Sofía, ¿tocarías algo con tu violín para el señor? Algo que te guste.
       A mí me gusta el vestido blanco de Ballet.
       Todos nos reímos, pero detrás de la risa hay algo que no cuadra.
       ¿Por qué?
       Me lo regaló mi mamá
       La pequeña se echa al hombro su violín y con decisión acomete los primeros compases de la Sinfonía Fantástica de Héctor Berliotz.
       Todos los días rezamos juntas el rosario – continúa la abuela -, para ver si puede estar pronto entre nosotros.
       ¿Tiene alguna noticia?
       Sus ojos no se apartan de mí, me examina, me escudriñan, como queriendo adivinar mis pensamientos.
       Ella tiene fe en Dios.
       —Sí. Las cosas van muy bien. Creo que ésta misma noche estará en casa. 
       Las dos mujeres se sobresaltan violentamente.
       Llueve intensamente.
       ¡Así sea!— exclaman entre lágrimas.
       Eso es cuanto venía a decirles.
       Debo marcharme antes de su reencuentro. Será un momento íntimo.
       Miro el reloj de pared. Son las doce de una noche cerrada, y yo me levanto para despedirme.
       Es un segundo piso. 
       Bajo despacio la escalera, mientras oigo que alguien sube en el ascensor.
       Sin duda es ella.
       Pasados unos momentos, oigo el sonido de mi teléfono. 
       —Ernesto, vuelve, por favor, tienes que explicarles a mi madre y a mi hija, cómo has conseguido mi libertad. 


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