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6 de marzo de 2017

Mister Kurt: "Palomas fotógrafas"

... de Google
       Mi afición por la fotografía viene de muy lejos, tan lejos que con la edad que tengo, ya casi no me acuerdo. Comencé hace muchos años a hacer fotos con aquellas cámaras analógicas en las que a veces se atascaban los carretes, o no se cargaban adecuadamente porque las ruedecillas no lograban atrapar las pequeñas ranuras del film. Y finalmente, al borde del total paroxismo, creyendo que había hecho todas las fotos que permitía la película, comprobaba al abrir el cuerpo de la máquina que aquella no se había movido de su sitio ni un solo centímetro; etcétera, etcétera, etcétera... ¿No recordáis los que sois de mi generación experiencias como éstas? ¡Qué tiempos aquellos!
        De todas maneras, aunque no puedo reflejar fielmente la fecha de mi inicio como fotógrafo amateur, si soy capaz de establecer un certero hito acerca de cuándo se me despertó tan gratificante vocación. Os lo cuento.
       Mis padres vivieron durante toda su juventud en el pueblecito de Kronberg in Taunus, que toma su nombre del castillo fortaleza Burg Kronberg y el macizo montañoso del Taunus, que le da abrigo de los vientos del norte. Sin embargo, algunos años después se mudarían a la vecina ciudad de Frankfurt, llevándome con ellos junto a su pequeña hija Elsa, cinco años menor que yo. Bastante tiempo antes tuvo lugar este primer relato del que os quiero hablar.
       Mi padre Erich fue a lo largo de toda su vida un hombre muy curioso, gran amante siempre de las novedades tecnológicas de su época, algunas de ellas relevantes para la posteridad. Y durante su juventud, experimentaba y creaba constantemente con artilugios caseros con los que entretenía sus ratos de ocio, que fueron muchos mientras vivió en la localidad de Kronberg, residencia de su familia y de la de mi madre Mathilda. Allí precisamente trabaría una ferviente amistad con uno de los hijos de un personaje de esta patria chica que logró pasar a la posteridad, pero con renombre internacional. Me refiero a Julius Neubronner, boticario de Kronberg y gran amante de la fotografía, que en 1907 invento la técnica de la fotografía aérea sirviéndose de palomas mensajeras.
       Todo ocurrió como sigue: el señor Neubronner había heredado la farmacia de manos de su padre, que a la vez lo hizo del suyo, e igualmente la afición y el uso que su progenitor hacía de las palomas mensajeras con las que servía y recibía pedidos de medicamentos entre las localidades vecinas. Todo transcurría como era de esperar hasta que un día una de sus palomas no regresó como de costumbre al palomar: las condiciones climatológicas debieron desorientar sus habilidades magnéticas, volviendo a su hogar de origen algunas semanas después de su suelta. Ese fue la causa de que al ingenioso farmacéutico se le ocurriera colocarles una pequeñísima cámara fotográfica para saber qué lugares atravesaban sus palomas mientras viajaban para llevar los pedidos. Hasta aquí los hechos históricos que llevaron a Neubronner a patentar su ingenio fotográfico y hacer con él las primeras fotos áreas servidas por estas aves voladoras que hoy en día han dado la vuelta al mundo. Sus experimentos, por cierto, serían más tarde aplicados con fines militares. Pero aún he de narraros una segunda historia ligada a ésta: la mía propia.
       Tendría yo unos diez años cuando mi padre un día, mientras trabajaba en el pequeño taller que teníamos en el sótano de nuestra casa de Frankfurt, me pidió que le ayudase a reordenar y organizar la multitud de cajas en las que guardaba todo tipo de piezas y artefactos varios, muchos de ellos almacenados sin ton ni son; se trataba, pues, de tirar algunas cosas y categorizar adecuadamente otras, que según él decía debían de ser de absoluta ayuda para las necesidades creativas que pudieran presentarse en el futuro. Así era este gran soñador, al que yo quería como si fuese mi verdadero padre, el mejor que jamás pude imaginar.
       Mientras comprobábamos el contenido de la cajas, abrí una de ellas y me sorprendió ver un pequeño artilugio de dimensiones muy pequeñas, provisto de dos lentes y un diminuto pistón neumático que al accionarse pensé debía hacer la función de disparo de la foto, como luego me explicaría mi padre. Al ver él que mientras lo movía con mis manos, curioseaba intentando averiguar qué era, me dijo:
       ¿Te gusta, Kurt? Curioso, ¿no? Es una cámara fotográfica para uso con palomas mensajeras inventada por el farmacéutico y fotógrafo Julius Neubronner. La primera vez que supe de su existencia fue en la casa de su hijo Carl, que luego sería conocido como diseñador de aviones modelo propulsados por cohetes. El me mostró diversos prototipos de cámaras hechas por su padre; y como me interesó mucho el asunto, me regaló la que tienes entre tus manos. Nos hicimos muy amigos y compartimos muchas experiencias mientras yo viví en Kronberg. ¿Bueno, que te parece hijo?
       —¿Qué me va a parecer, papá? ¡Extraordinario!
       ¿Extraordinario, dices? Pues bien: ¡te la regalo!
       ¡Jo... papá! No esperaba esta sorpresa.
       Así es la vida. Y además, tú te lo mereces.
       Nos dimos un prolongado abrazo y subimos las escaleras del sótano camino del salón-comedor, una vez oímos la orden de mamá Mathilda:
       ¡A comer, chicos!



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