Programa Ediitorial EnR

5 de mayo de 2017

Las puertas del Paraíso


... de la Red

          Cuando abrió los ojos tuvo que frotárselos una y otra vez al contemplar aquellas dos enormes columnas sumidas en una densa bruma que las cubría en dirección al cielo. Eran de dimensiones gigantescas comparadas con su estatura, e incluso con el tamaño de los árboles que la rodeaban completamente, perdiéndose su masa forestal más allá de donde su vista alcanzaba a vislumbrar. En mitad de ellas, se podía contemplar el arranque de un gran sendero flanqueado a ambos lados por multitud de flores multicolores y una rabiosa vegetación salvaje de un verdor indescriptible, todo lo cual le indujo a pensar que se trataba sin duda de un camino abierto hacía mucho años, cuyo objetivo final no parecía ser otro que acceder hasta aquel enigmático paraje, más allá de la inmensa arcada que relucía iridisada por los rayos de un sol que por más que intentara descubrir quedaba oculto merced a la impenetrable bruma que parecía casi rozar la bóveda celeste.
            Enseguida, conforme su consciencia se mostró más lúcida, se dio cuenta de que no estaba solo: los cantos extraños y lejanos de multitud de aves y los primeros ruidos y sonidos de otros animales comenzaron a atenazar su corazón hasta llegar a infundirle un miedo selvático que nunca antes había experimentado. Fue en ese mismo instante, al sentirse cansado y apoyarse sobre una roca próxima al sendero, cuando reparo que en aquel lugar no parecía haber rastro de ningún ser humano. Además, por más que intentara llegar hasta donde suponía que se hallaban las columnas, nunca lograba acercarse lo suficiente. Pensó entonces que podía estar soñando, aunque todas las imágenes le parecían reales como la vida misma, o al menos eso creyó.
            Y de pronto, comenzó a sentir una extraña sensación que sacudió todo su ser, y cuando se rehízo y miró a su alrededor, pudo comprobar que ya había traspasado el umbral de las columnas y se adentraba, sin saber muy bien porqué, en el inmenso bosque que se abría ante sus ojos. ¿Dónde estoy? ¿Quién me transporta vertiginosamente por el aire? --se interrogó--, pero nadie contestó a sus preguntas y pudo advertir, una vez más, que a excepción de aquellos lejanos rumores de animales estaba completamente solo frente a lo que imaginó sería una especie de paraíso terrenal.
            Bueno, en realidad qué era para él un paraíso terrenal -llegó a preguntárselo varias veces- y sólo pudo concluir que apenas si tenía en su cabeza una imagen borrosa de un dibujo que de pequeño había visto en un libro de texto de la biblioteca de su colegio; pero aquel paraíso no era exactamente como éste, porque éste le parecía real como su cuerpo: podía desplazarse sintiendo el peso de sus extremidades, comprobar que estaba realmente dentro de él, percibir imágenes, sonidos, olores e incluso sabores, si esto último se lo hubiese propuesto, aunque desistió de hacerlo, pues desconfiaba de las atractivas y exóticas plantas, de los desconocidos árboles cuyos frutos nunca había visto. Todo era nuevo para él, como si se tratase de un niño que hubiese acabado de nacer y para quien la vida  podía constituir una experiencia casi inédita. Se sentía pequeño y su espíritu bañado en la más pura inocencia, la de un bebe recién nacido que nada sabe del Mundo y todo tiene que aprenderlo.
            Dedujo, mientras avanzaba y los senderos se bifurcaban cada vez más hasta que iba perdiendo poco a poco la noción del espacio, que aquel magno lugar parecía tener un diseño inteligente, como si alguien lo hubiese creado a propósito. A su paso se iban abriendo una multitud de entrecruzados senderos que a veces parecían orientar una ruta hacia una meta, tal vez un lugar central dentro de la aparente armonía; mientras que en otras ocasiones se cerraban de improviso y le obligaban a dar la vuelta y buscar un nuevo itinerario. Y mientras perdía la noción del espacio en aquel jardín laberíntico, cayó en la cuenta de que también el tiempo se había difuminando poco a poco y ahora era incapaz de saber desde cuando se encontraba allí: espacio y tiempo suspendidos y él mismo sintiendo que su cuerpo se aligeraba cada vez más, que subía lentamente y podía por momentos contemplar desde una posición mucho más elevada el sitio donde se hallaba. De improviso, todo pareció cobrar un nuevo sentido, pues observando las altísimas columnas que se ocultaban en los confines del cielo, comprobó que éstas marcaban la separación entre dos mundos opuestos: la inmensa sequedad desértica del llano que se hallaba delante de ellas y lo que él había denominado "el paraíso", cuyo vergel se abría a partir de tan enigmáticas puertas. Reparó entonces en un incierto e incomprobable pensamiento: qué sentido tenía aquella extraordinaria visión y qué lugar ocupaba él en dicho escenario. Sin embargo, de nuevo nadie le devolvió respuesta alguna y la soledad se adueñó de su corazón mientras percibía cómo iba descendiendo lentamente desde las alturas hasta quedar depositado a ras de suelo.
            Sintiéndose otra vez un ser terreno, estimó por intuición que no había ido a parar al mismo lugar del cual fue elevado, sino probablemente mucha más allá, y aunque seguía sin poder apreciar dentro de su cuerpo percepción alguna de espacio y tiempo, observó que las siluetas de las columnas se habían empequeñecido y eso le dio la medida virtual que precisaba: podía hallarse ya en las proximidades de lo que suponía debía constituir el centro de aquel frondoso laberinto. Y, ciertamente, no estaba equivocado, pues sintiendo una nueva sacudida en todo su cuerpo, abrió los ojos y diviso por fin una inconmensurable pradera cubierta de extraños árboles frutales y con una exuberante vegetación en la que pastaban y cazaban una infinidad de animales, algunos de ellos nunca vistos antes por él. Y lo más llamativo de todo era que en el centro de la misma se elevaba un único y esplendido árbol que nombró enseguida identificándolo como "árbol de la Vida", cosa que no alcanzaba a comprender ya que no poseía recuerdo alguno del mismo.
            Pero no había allí ningún ser humano con el que poder conversar mientras recorría cauteloso aquel mágico entorno lleno de colores brillantes, mucho más intensos que los que recordaba haber visto en su Mundo y en el que los animales comían, cazaban y retozaban ajenos totalmente a su presencia. Eso fue precisamente lo que le movió interiormente a pensar que aquello no podía ser verdad; eso y una voz grave y cadenciosa que descendiendo de los cielos le hablo así:
            -- Soy tu Dios, el Creador de todo cuanto existe, y te entrego este Paraíso a ti el único ser humano que he puesto sobre la tierra, con esta sola condición: "que no comas nunca del fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal". Si observas fielmente este precepto que te doy serás feliz por toda la eternidad, tú y toda tu descendencia.
            Fue justo en ese momento cuando despertó y pudo observar, aún confuso, que su mujer dormía plácidamente junto a él en la misma cama. Y pensó aliviado que toda aquella historia que se había contado a sí mismo no había sido afortunadamente más que un sueño, y que si le permitiesen algún día elegir atravesar las puertas de ese hermoso Paraíso, nunca lo haría. El lugar que aquel Dios le había reservado era sin duda maravilloso, pero el precepto, aunque fuese sólo uno, resultaba imposible de cumplir para un ser de naturaleza sensible e inquieta como la suya. Respiró profundamente y se durmió esta vez sin pesadilla alguna que pudiese ofuscar su frágil y delicado corazón de hombre.





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