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1 de junio de 2017

Día de nervios

... de La Red


       Los preparativos para tener lista la pasarela estaban a punto de terminar. El desfile de alta costura presentaría una colección del afamado diseñador Albert Catalá, en el que las modelos lucirían los peinados del también conocido peluquero Didier Dumont. Ambos ocupaban las portadas de numerosas revistas de moda de gran tirada.
       Desde la madrugada, las salas habilitadas para peluquería, probadores y almacén, que se situaban detrás del escenario, eran un hervidero de personas que iban de un lado a otro cumpliendo su cometido con una exactitud milimétrica. Sin embargo, donde los nervios estaban a punto de perderse era en la peluquería. Didier tardaba en adaptarse a los nuevos espacios y no encontraba los utensilios que necesitaba.
       —¡Puri! ¿Pero dónde anda esta chica? ¡Puri!
       Puri dejó lo que estaba haciendo al oír la voz atiplada de su jefe.
       —¡Vamos! ¿No me ves? Necesito otra plancha de pelo, esta no funciona y no puedo esperar.
       Puri había sido contratada en prácticas y llevaba pocos días en plantilla cuando se vio inmersa en el traslado y la vorágine de trabajar entre bambalinas. Miró a su jefe y asintió solícita: se dirigió con toda rapidez al almacén. Al volver, la llamaban tres personas diferentes y su nombre, como si fueran tres balines, se incrustaron en su estómago, encogiéndolo. Agobiada, atendió a todos a medias.
       Didier la observaba, crítico: ¿cómo había podido la empresa enviarme una chica tan torpe? Hasta tuve que enseñarle a lavar el pelo y aplicar un masaje. Y no digamos a coger las tijeras: era un peligro. Si no mejora, tendré que prescindir de ella después del desfile.
       Las pocas habilidades de Puri y el aspecto anodino que le daba su vestimenta, con una chaqueta de punto que era más propia de una abuela, las gafas de pasta que ocupaban toda la cara y la falda a mitad de la pantorrilla, contrastaban con el glamur que desprendían las modelos, incluso estando en bata.
       Didier frunció el ceño y volvió a la carga.
       —¡Puri! Pasa a lavar el pelo a Mara y a Silvia, ¿no ves que están esperando?
       La observó mientras se dirigía a ellas y le gustó su forma de andar. Pensó que no lo hacía mal del todo.
       Mara y Silvia habían entrado conversando muy animadas, pero al cabo de un rato se callaron y empezaron a encontrarse mal. Mara vomitó camino del baño y Silvia se desvaneció en el sillón de lavado con el consiguiente susto de Puri, que se puso a llorar y a gritar.
       —¡Llamen a una ambulancia! ¡Rápido! —pidió Didier—, le habrá sentado mal la comida. 
       Didier, al límite del estrés, vislumbraba su fracaso. No podía prescindir de la modelo más famosa. Ella Iba a lucir un peinado muy innovador, una obra de arte que encajaría de maravilla con los vestidos de Catalá. Desesperado, buscaba una solución. Terminó por fijarse en Puri que se había quitado las gafas y le miraba con unos ojos azules desbordados de lágrimas y algo miopes.
       —Ven aquí —le instó Didier. ¿Cuántas dioptrías tienen las gafas?
       —Cuatro —dijo la chica, compungida.
       —Que alguien consiga unas lentillas de cuatro dioptrías —ordenó al personal—. Siéntate, Puri, a partir de ahora no te va reconocer ni tu madre.
       El resultado fue sorprendente e inesperado. Aquella insignificante aprendiza podría sustituir a la reina del desfile. El milagro se había conseguido con unos tacones de diez centímetros, un top con transparencias y una minifalda ajustada. El maquillaje le daba profundidad y amplitud a unos ojos azules de por sí ya bonitos, y resaltaba unos labios bien dibujados y sensuales. Por último, el corte de pelo, desfilado y atrevido, le había proporcionado el encanto que necesitaba. 
       Antes de salir a la pasarela Didier le dijo a Puri:
       —Desde este instante te llamas Irina. 
       Los periodistas y fotógrafos que cubrían el evento catapultaron a la nueva modelo al estrellato. Como buenos sabuesos habían encontrado el filón de una increíble historia. El éxito sonrío de nuevo a Didier.
       Pasaron unos meses. El teléfono sonaba insistente. Didier resopló al descolgarlo.
       —¡Didier! ¡Soy Irina! ¡Estoy harta de esperar! Te conviene ser más diligente si no quieres que cambie de peluquero. Quiero verte aquí, ¡ya!


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