3 de junio de 2017

Elegía a la muerte de mi hermano

Foto de familia
Andrés de Torres Ramos




La muerte entró en la casa y se llevó al más joven
de los hermanos. Vino del brazo del sigilo,
con pústulas de llanto
sobre el badil del tiempo. Traspasaba la carne
con lúgubres agujas de no ser y quietud.
Sonaba el adelanto
de una música infausta que había estado dormida.
Doce golpes después la viña se anegó.
La nube soltó un grito
de cenizas heladas. Sobre el corazón terso
de una tribu compacta se abalanzaba presta
la voz del infinito.


Ya no alumbran la fragua los destellos del mazo,
ya el metal no se dobla ni el yunque nos aguanta
los golpes del destino.
Ya apenas se percibe la viril honradez
de tu surco, valiente labrador de la tierra,
solo ahora en tu camino.
Ya a la bodega nadie baja, y las gallinas
tienen ojos de perro apaleado, no ponen
siquiera ni a deshora.
Y es que ocurre que todo se detiene y se ajusta
al ritmo de tu tumba, Andrés de Torres Ramos.
¡¿Quién tu aliento atesora?!


Hay en la mesa un sitio vacío, y un silencio
de arboleda sin pájaros. El recuerdo levanta
oleadas de tu vida
y las va acomodando aquí y allá sin ton
ni son. Aquellas cosas que sólo tú hacías
indican la salida
para acercarnos a ti: bajar a por el pan,
rellenar la botella del vino ácimo. Contra
tu ida me solivianto.
La muerte entró en la casa y se llevó al más joven
de los muchachos. Vino del brazo del sigilo,
con pústulas de llanto.


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