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22 de septiembre de 2017

Viejas crónicas (2)

La foto es de mi propiedad


       Ibiza estaba cerrada por descanso. Y el norte y el sur habían regresado del anonimato.Cantaban como dos niños huérfanos, a gritos, apoyados en los extremos de la delgada vara de mimbre de catorce kilómetros que medía la tierra.
       Como es natural llegamos a Es Cubells antes de darnos cuenta de lo que ocurría, antes de percatarnos que el depósito de gasolina estaba en las últimas. Había una ermita encalada, una vivienda particular, un bar con terraza cubierta en la que comían algunos ingleses, un parque para niños con suelo de goma, a este lado del acantilado, pero muy cerca del mismo, quizás demasiado, y un aparcamiento con más de cien plazas vacías. Nada más. Bueno, también el busto de un misionero sobre una roca, fundido con ella, y una inscripción en la que se daba fe de la gesta llevada a cabo por el personaje. Lo siento pero no recuerdo nada, ni un solo detalle. El cielo comenzaba a teñirse de ese color lechoso de los peores días del estío.



       Ibiza estaba cerrada por descanso. Y el norte y el sur habían regresado del anonimato. Alguien cimbreaba la vara de mimbre de catorce kilómetros que medía la tierra.
       Había como el eco de un viento esposado en el aire. Y una tensión apenas perceptible. Dimos pues la vuelta. Volvimos a Sant Josep de sa Talaia, a darle de comer al vehículo. Fue después, cuando regresábamos a nuestro tiempo de ver mundo que decidimos bajar a Vista Alegre. Aparcamos a veinticinco metros de altura sobre el mar. Había una casa con las persianas bajadas. Un mirador sobre una playa desierta. Unas escaleras. La tierra roja y blanca con sombrero verde mirando la danza de las aguas. Bajamos los escalones, apartamos incluso alguna piedra caída de la frente de la tierra. Dejamos atrás el coche, solo, en el otero. Hicimos las fotos. Subimos las escaleras… Y allí estaban ellos. Tres chicos jóvenes. Se movían despacio, atraídos por el contenido del auto. Uno llevaba pantalón tejano, sandalias y un jersey a rayas horizontales en rojo y verde. El pelo, rizado. Los labios, carnosos. Miraba con unos ojos blancos incrustados en una cara tostada, sin parpadeo. "Sube al coche, Elena, deprisa", dije. Los otros también tenían pinta de africanos. Me recordaban un poco, por la lentitud de sus movimientos, al pausado pero persistente andar perdido de los muertos vivientes en la película del mismo nombre. Temí que se me pusieran delante y tuviera que atropellar a alguno para escapar. Pero no, se quedaron allí, mirándonos, como quien descubre de pronto que hay otras personas en el mundo.


       Ibiza estaba cerrada por descanso. Y el norte y el sur habían regresado. Jugaban ahora con la vara de mimbre de catorce kilómetros que medía la tierra. La subían por encima de sus cabezas y silbaban una canción antigua de arena y plomo. La bajaban hasta la cintura, y dejaban que la sal de la mar envuelta en viento entrara en nuestros corazones. 
       Llegamos, otra vez, a Es Cubells. Eran ya más de las tres de la tarde. Teníamos hambre. Entramos en el bar. Nos hubiera gustado sentarnos afuera, en la terraza, pero todas las mesas estaban ocupadas por ingleses, alemanes, gente de tez rosada y ojos azules, pantalones cortos, flores en el pecho. Sólo la voz violenta de algunos jóvenes intrépidos, de moto sin casco y cigarrillo en la boca, nos acercaba al corazón de España. No tenían menú del día, sólo raciones. Tomamos un bacalao encebollado y una lengua de toro tomatada, con una cerveza, una Coca-Cola y una botella de agua. Nos habíamos sentado a una mesa de madera rectangular, junto a la ventana que daba a la puerta de la ermita. En este lado, a nuestra espalda, había una cortina de tiras de plástico que mecía el viento. Al otro lado de esta corriente se adivinaba el patio interior de la vivienda: gallinas sueltas, bochorno, el perro dormitando. Veíamos también la trasera de la barra del bar: el fregadero lleno de platos y vasos sucios, la oscuridad del agua y el olor del jabón en su refriega con la grasa y los restos de comida. También, la máquina tragaperras, la de los helados, y, sobre todo, las caras de los otros hombres, con barba de varios días, negras de sol y huerta… Al otro lado de la ventana, tapando la puerta de la ermita, había dos hombres más, comiendo. La mesa era redonda, pintada de blanco. Los platos de cristal. Uno de ellos llevaba el pelo recogido con una goma. El otro, revuelto, engominado, saltando sobre la frente. Los dos con camisetas grises, con pantalones tejanos elásticos muy desgastados. Los dos debían sobrepasar el metro noventa con creces. El de nuestra derecha, el de la coleta, era más delgado. El otro, el de la izquierda, más viejo, con una incipiente preñez. Comían en silencio, se miraban con una confianza natural, como un matrimonio bien avenido.






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