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18 de septiembre de 2017

Viejas crónicas

La foto es de mi propiedad
       Ibiza estaba cerrada por descanso.
       Aterrizamos a la hora prevista. Salimos del aeropuerto, un edificio de dos plantas de más de doscientos metros de largo, con lo puesto y un bolso de mano. Tomamos un taxi. Los diecisiete kilómetros pasaron en silencio. La carretera era de doble sentido, llena de curvas, con un manto verde en las orillas pintarrajeado de margaritas. Más allá de las paredes de piedra estaban los árboles, la tierra fértil, la altura de la montaña y el bosque.
       El caserón se erguía en el centro mismo de Sant Antoni de Portmany, en el barrio antiguo. Había una reja delante de la explanada. Un timbre en la parte de adentro del muro, casi invisible. El cielo cubierto de nubes blancas. Tres escaleras subían a una explanada de más de seis metros de ancho. El edificio también era de dos pisos, con ventanas cubiertas por persianas pintadas de verde. En los extremos, las torres y las puertas de acceso. En la de la derecha había un letrero. Era recepción.

       Ibiza estaba cerrada por descanso.
       Al otro lado del mostrador estaba Paco, el recepcionista, vestido todo de azul marino, regordete, de no más de cuarenta años. Nos recibió con una sonrisa serena. Detrás de él, a nuestra derecha, al otro lado de la cristalera, había una televisión. La pantalla mostraba distintos puntos del edificio. "Cámaras de seguridad", pensé. Nos pidió los documentos de identidad y rellenó el formulario de rigor; mientras iba hablando. Hablaba sin parar.
       Nos dio las llaves de la puerta de acceso al edificio y la de la reja de la calle.
       — No se olviden las llaves, que yo esta tarde, a las tres, cierro todas las puertas hasta el lunes. Sí, me tienen que pagar ahora. Entren y salgan cuando quieran. Pero cierren con llave, por su seguridad sobre todo. Ésta es la que abre el aparcamiento, mire tiene pila. Sí, cuando se vayan me dejan todo en el buzón. Venga, les mostraré su habitación.
       Un único pasillo de más de cien metros de profundidad, bien iluminado, recién pintado de pan tostado, suelo con baldosas blancas bien lustrada: sobrio, limpio. Pero hacía frío, ese frío húmedo de los edificios cerrados. Todas las puertas de acceso a las habitaciones, pintadas de verde oliva, tenían arcada. Nuestros pasos sonaban en aquella soledad como un insulto. Llegamos a un descansillo sin luz, con la manta de la penumbra puesta. En él se abría la otra puerta de acceso al exterior. Era casi una sala de estar. Sofás, mesa baja de cristal, lámpara isabelina con todas las luces apagadas. A la derecha había una escalera.

       Ibiza estaba cerrada por descanso.
       Nuestra habitación era la última, a la izquierda, frente al cuarto de los útiles de la limpieza. La puerta, de madera; ésta sin pintar de verde, pero barnizada. Cuando Paco abrió sentimos todavía con más nitidez la humedad. "Esto ha estado cerrado por algún tiempo", pensé. Entramos. Una sala de estar. Un cuarto de baño. Una alcoba con dos camas. Luego Paco se fue a sus quehaceres. Mientras le vi alejarse por el pasillo, no sé por qué se me vinieron a la cabeza las imágenes de otros pasillos, en otro hotel de ficción. Pensé en Stephen King y en su Resplandor de mil novecientos setenta y siete. Cerré los ojos. Los abrí, pero no vi la sangre inundando los pasillos.



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