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18 de octubre de 2017

Deborah.



Relato ganador en el concurso ddel grupo de relato breve El Tintero, alojado en la red social Netwriters que forma ya junto con Escritores en Red la mejor red de literatura en español de Internet.







Krant la conoció en una discoteca. Una chica francesa rubia y espigada, de cuerpo espectacular. Alguien los presentó, bailaron y terminaron sentados en un sofá, hablando a gritos para desligar sus voces de las de un reggaetón machacante.

Se llamaba Deborah y le comentó que era herpetóloga, y él, mintiendo, le dijo que era abogado, porque pensaba que su profesión de escayolista le restaba posibilidades para ligar. Tan pronto como Deborah se disculpó para ir al baño, él sacó el móvil y buscó en la wiki “herpetología”. Casi se cae de espaldas: “dícese de la rama de la zoología que estudia a los reptiles y a los anfibios”, «vaya puntería», pensó, haciendo un gesto como si se hubiera comido un limón. Él odiaba a las serpientes, las aborrecía y sentía, en general, rechazo y miedo por cualquier animal que se desplazara arrastrándose. Cuando volvió, observó los brazos de la chica. Hubiera jurado que estaban tatuados con piel de serpiente.


—Ese tatuaje que llevas en los brazos ¿qué es? —preguntó, tratando de no poner cara de asco.

—¿Has visto alguna vez una pitón reticular?, son ofidios especiales; su piel forma bellas retículas, simétricas, perfectas, como diseñadas por una máquina. Igual que las de mis brazos. Las pitones reticulares miden hasta ocho metros de longitud y pueden deglutir animales enteros, como un mono o un jabalí. Son constrictoras, se enroscan sobre su presa y la van asfixiando poco a poco antes de tragársela entera.

Le embobaba la musicalidad de su acento, cómo limaba las erres al hablar, pero la descripción de la pitón le mantuvo en guardia. Era guapa y Krant llevaba mucho tiempo a dos velas; pero esos brazos, esos siseos y esas pupilas tan brillantes le echaban para atrás.

Decidieron irse. Las copas y las ganas de acostarse con ella pudieron más que sus fobias, y Krant se ofreció a acompañarla a casa. Ella aceptó con una sonrisa cómplice. Al llegar, le invitó a subir. Cuando Deborah abrió la puerta de su apartamento, a Krant le entraron escalofríos. Había posters de serpientes por todas partes, vitrinas con reptiles de diversas clases y tamaños, fotos ampliadas, figuras de cerámica de anfibios extraños de ojos saltones y vidriosos. Krant empezó a sudar.

Deborah tenía hambre y sacó unos espaghettis del congelador. Puso quince minutos en el reloj del microondas. Después de tres copas de vino y varios tonteos, se sentaron a cenar. «Tres copas son demasiadas», pensó Krant, cuando en una de las risotadas de Deborah, creyó observar una segunda fila de dientes afilados. Se excusó y se dirigió al baño a lavarse la cara. Volvió más pálido, después de haber visto una jaula de ratoncillos blancos junto a la ducha.

—¿Qué te pasa mon amour? —le dijo ella, con tono sensual mientras daba un sorbo a la copa de vino.

—Nada, nada, que la salsa me ha sentado mal —respondió Krant, blanquecino.

Deborah se levantó, le cogió de la mano y le condujo a su habitación. Lo desnudó lentamente en la penumbra de una lámpara de papel. Deborah tenía todo el cuerpo cubierto con el mismo tatuaje de los brazos y una figura de ensueño. Lo desnudó con mimo, empujándolo sobre la cama y lo arropó entre sus brazos tatuados. Krant sintió una mezcla de confort y de miedo. Ella empezó a besarle, a morderle, a explorar su boca con esa lengua que parecía partida en dos mitades. Cada vez le apretaba más, poco a poco; primero con los brazos, luego con las piernas y después con el cuerpo entero, enroscado sobre él. Notaba más y más la presión, como si estuviera aprisionado en un tornillo de banco. Krant sintió ahogo y placer, presión y fusión, más presión…

Al día siguiente, tras una noche pesada, Deborah se tatuó en su brazo derecho otro anillo reticular mientras leía en el periódico local la sección de sucesos. Apuró los restos de café y lamió el azúcar del fondo de la taza con su lengua viperina. Necesitaba darse prisa, la tinta tenía que secarse, aún debía maquillarse los ojos y empolvarse la nariz. La discoteca estaba a punto de abrir.

Miguel Paez Marco (Mikywrite)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Sucesos”
EnR-TV

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