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10 de octubre de 2017

Kate mira el reloj


... de la Red

            Kate miró el reloj cuyas manecillas marcaban las cinco de la madrugada y aún Martin no había llegado; solía hacerlo no mucho más tarde de las 4:30 A.M., casi siempre regresaba puntual a casa después de haber completado el turno de tarde-noche en la fábrica.
            No le parecía, sin embargo, una hora intempestiva por la que se tuviese que preocupar demasiado, pues sabía que en algunas ocasiones había tenido que retrasarse al depender del transporte en coche que a veces le facilitaba su amigo Frank, cuando, como era el caso, el suyo estaba averiado.
            Recordó que eso era justo lo que le había dicho antes de partir de casa: "no te preocupes si llego algo más tarde de lo habitual; ya sabes que hoy tengo que esperar a Frank para que me traiga y conoces lo parsimonioso que es para cambiarse de ropa y emprender la marcha. Espero que esta semana pueda recoger nuestro coche una vez le hayan reparado la dirección".
            No obstante, su ansiedad iba creciendo por momentos, mientras sostenía con su mano derecha una taza de té a punto de derramársele por el constante y ajetreado paseo desde el centro del salón a la ventana principal del mismo. Las luces de la calle brillaban en aquel momento mortecinas y prismáticas a través de los cristales empeñados por una persistente y cadenciosa lluvia: nada --supuso-- por lo que debiera preocuparse.
            Pasados algunos minutos, la impaciencia la corroía mientras daba ahora continuos paseos desde el salón a la cocina, ya que había puesto a calentar un poco de caldo de la comida del mediodía que sabía que a Martin le gustaba saborear antes de meterse en la cama junto a ella: no era mujer que se quedase dormida aguardando que el cerrojo de la puerta se descorriese al meter la llave, mitigando así la angustia que le producía saber que su marido no estaba en casa.
            No habían tenido hijos y se encontraban en una época dictada ya por la madurez matrimonial, que si bien les había permitido sosegar la relación de pareja, dejaba siempre abierto demasiados espacios de silencio, momentos que favorecían que la azarosa imaginación de cada uno flotase en medio de los dos como un omnipresente fantasma. ¿Se querían todavía o era sólo el continuado roce de los más de veinte años de matrimonio? Con la llegada de cada primavera, ella seguía alimentando en su corazón la esperanza de un florecimiento de su vieja pasión, pero él no tenía ya aquel ardor juvenil que incendiaba su alma y hacía que su cuerpo se le entregase sin oposición alguna.
            Se hallaba aún rememorando aquellos añorados recuerdos, cuando divisó a través de los empañados cristales el fulgor de los faros de un auto que se detenía frente al portal de la casa y del que vio descender la figura inconfundible de Martin. No le pareció que aquel coche fuese el de Frank, pero en seguida puso su atención en el cuerpo de su marido que se tambaleaba y daba pequeños bandazos al atravesar la calle desierta en dirección a la vivienda. En ese instante un nuevo pensamiento surcó su cabeza borrando los anteriores: "estará cansado de la dura jornada o tal vez haya tenido algún pequeño accidente de trabajo... Ahora me lo explicará en cuanto llegue".
            Aguardó paciente unos minutos que se le hicieron eternos, mucho más largos de los que había previsto, hasta que la puerta se abrió y compareció Martin visiblemente confuso, moviéndose con claros indicios de estar ebrio. Apenas si llegaba a sostenerse en pie y visiblemente contrariado se esforzaba por emitir algunas palabras trabadas. Daba la impresión de que intentaba al mismo tiempo disculparse e incluso parecía demandar algún tipo de castigo verbal con el que reconciliar su alma frente a Kate.
            -- Lo... sé, cariño, esta... esta vez he metido la pata de verdad. Ya sabes lo convincente que puede ser Frank en... algunas... ocasiones, sobre todo si se le mete algo entre ceja y ceja. Se empeñó en que pasásemos antes por el pub Moon... Moonlight, ese que está dos calles más allá de la fábrica y en el que algunas veces tomamos unas birras.
            -- ¿Unas birras dices, Martin? Yo creo que muchas más. Desde aquí puedo percibir que apestas a alcohol. Sabes muy bien cuánto detesto a un hombre borracho a mi lado. Recuerdas aquel asunto que te conté acerca de mi padre. ¡No puedo admitirlo, Martin!
            Paralizado por las palabras de Kate, no se le ocurrió otra cosa que acercarse para darle un beso; en los labios no, por supuesto, sino en la frente. Al intentar hacerlo tropezó torpemente con el cuerpo de ella y cayeron de bruces en el sofá, no precisamente en una postura amorosa. Kate lo apartó violentamente de sí; no podía soportar el desagradable olor a ginebra, el sudor de su cuerpo ebrio y sobre todo aquel aroma de perfume de mujer que su cuello y su ropa desprendían.
            --¡Eres despreciable, Martin! ¡No quiero verte más! ¿Con qué venías en el coche de tu amigo Frank?
            -- No te entiendo, amor. Ya sabes que siempre te digo la verdad. ¿Por qué habría de mentirte esta vez?


                                                 de "Aves del Paraíso",
                                    Cuaderno de Pensamiento, Poesía y Relato.
                                                                                              (2018)

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