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9 de febrero de 2018

El aprendiz

... de Google

       Nuño estaba siempre triste. Le gustaba imaginar historias, diseñarlas, escribirlas, pero su profesor de literatura decía que no tenían calidad y sus compañeros al acabar la clase le decían: Nuño escribe algo, pero algo que entendamos.
       Aquella mañana de otoño, el día de su cumpleaños, se dibujaba un sol helado en la montaña. y allí estaba el regalo. Nuño lo abrió ilusionado. Un diccionario.
       Se sentó frente al ordenador y las letras empezaron a juntarse a ritmo del baile de sus dedos. Tenía que llevar el ejercicio el miércoles.
       “En la pequeña cabaña cercana a la fuente de los caños, su cómplice, la araña le enseña el puñal y la guadaña, envueltas en su tela, Son armas, le dice, que precisan maña.”
       ¿Para qué quiere la araña el puñal?
       Esto no tiene fundamento, presentación, nudo ni desenlace. No tiene calidad literaria.
       Y sus dedos presionaron dos teclas a la vez:  Alt F4. Guardar: No.
       “Archivo destruido.” 
       Y otra vez la página en blanco y las lágrimas en la esquina de los ojos. 
       “Eran cerca de las doce. La cenicienta ya tenía que volver a casa. El lobo se puso el abrigo de piel de oveja y se miró al espejo.
       Su apariencia era totalmente inofensiva.”
       Podía ser un buen comienzo. 
       “Pero su padre el gran lobo solitario, no le permitió nunca ser presumido.”
       Cuando quiso imprimirlo, se dio cuenta de que no tenía tinta la impresora y se le olvidó guardar el documento.   En vano intentó recuperarlo.
       “Y el lobo se reía, mientras tomaba del brazo a Cenicienta.”
       Entonces Nuño recordó la historia del patito feo, que su abuelo Zacarias, le contaba siendo niño.
       Y sin perder tiempo, se puso a escribir de una tirada, centrándose en el recuerdo de la tarde anterior.
       “Si hubieran dejado fumar en aquel local de copas, el humo se habría llevado tanta soledad. No éramos amigos, pero queríamos hacernos fotos juntos. Expulsábamos el dolor del alma atándolo a la tinta. En esa última foto te acaricié y todavía siento tu temblor. El tren se llevó nuestro sueño.” 
       Se lo enseño al profesor y éste sonrió complacido.
       Nuño sintió que merecía la pena escribir.


El texto es de José María Garrido de la Cruz

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