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17 de abril de 2018

La Sal de la Vida


 

... de la Red

         Hoy me olvidé de comprar un paquete de sal que me había encargado mi mujer: precaria memoria la mía que va anunciando paso a paso el fantasma de la senectud. Había ido al Híper, por supuesto, con una nota en la que escribí cuidadosamente el nombre y cantidad de todos los productos que debía comprar; todos no, me faltó, naturalmente, anotar el más importante: "la sal".
             Mi mujer me había repetido más de una vez: "Qué no se te olvide comprar la sal, pues me es imprescindible, ya que no queda ni una gota en la despensa". Pero esta bendita memoria que ahora tengo, una vez más se me desmemorió. Digo bendita, pues en alguna ocasión -no sé cómo se allega hasta la superficie del mar de oscuridad en el que vivo- he podido acordarme del famosísimo relato de Borges: "Funes el memorioso". A veces, sin embargo, es mejor disponer de una cierta dosis de amnesia que nos haga transitar por el mundo sin demasiadas angustias y sobresaltos; vivir en una especie de limbo prodigioso donde podemos entregarnos a todas nuestros íntimos asuntos, cuando, claro está, la memoria nos lo permite.
             Una vez hube regresado del Híper, algo sofocado por el ajetreo de las compras, me interrogó mi mujer: "¿Te has acordado de traer la sal? Recuerda que te dije que era absolutamente imprescindible". No, no la traje --respondí, con cara de niño a punto de ser castigado. "Tú, como siempre". No hubo más palabras por su parte, pues ello significaba obviamente, muy a mi pesar, lo que me tocaba hace: ir a por ella.
             El Súper, afortunadamente, no estaba muy lejos de casa, pero pronto comencé a notar cansancio: hacía calor, pues aquí, en el sur, las temperaturas se alegran ellas solas sin que nadie las anime. Ese calor subido de tono y la primavera, ya casi en flor, hicieron reaccionar de nuevo, milagrosamente, a mi memoria. Y como si de una repentina premonición se tratase, facilitada por la sensación de sequedad de mi boca, pensé de pronto en el mar, en el agua, en la sal... ¡Caprichosa memoria la nuestra que nos mueve a su antojo sin que podamos hacer nada!
            Como ya he dicho el Súper está cerca de casa y por esta razón (son tantos los aspectos referidos a la sal que me venían a la cabeza) no me dio tiempo de reflexionar más que sobre algunos. El primero de ellos. una bella expresión que recoge el evangelista Mateo referida a Jesús: "Eres la sal de la Vida". Una sencilla metáfora que por analogía lo dice todo del gran Maestro, comparando el valor de la sal para la supervivencia del cuerpo humano y la de Jesucristo como alimento del alma. Fueron unos breves instantes de pasmo poético, algo que no me es ajeno, pues soy un poeta aficionado. Creo que cuando le decimos a una bella dama en clave romántica "Eres la sal de mi vida", aunque el contexto sea cotidiano o trivial, elevamos la situación a quintaesencia. Vemos aquí como las palabras remueven las tranquilas aguas del corazón haciéndolo latir con frenesí y arrebato.
             Sin embargo, no todo lo relacionado con la sal son parabienes. Existe también -recordé tristemente- un lado oscuro que tienen que ver con su materia: el de las numerosas guerras, sobretodo en la antigüedad, por el control y monopolio de tan apreciado elixir. Y hasta una terrible historia referida al campo de concentración nazi de Dachau, en el que se hicieron experimentos con prisioneros de guerra de origen gitano para ver su resistencia a la ingesta morbosa de agua salada: una muerte segura programada en 12 días. Aquí se cumple, como en tantas otras cuestiones, que el mal, casi siempre, no está en la propia naturaleza de las cosas, sino más bien en el uso que de ellas hacemos. Porque la sal nos da la vida: "la sal de la Vida"; pero también puede arrebatárnosla, si no que se lo digan a la cantidad de hipertensos que enferman o mueren por causa de ella. La sal para "salar" las comidas y conservar los alimentos; y la imprescindible sal en especie o "salario" con que se pagaba en la antigua Roma a los soldados y con la cual estos salaban y conservaban así sus alimentos.
            Cuando regresaba del Súper, mientras caminaba con el frasco de sal en la mano, recordé la creencia en la sal ligada a la fertilidad, y que no debiéramos tomar más de 6 gramos de ella al día. Y lo buena que es para mantener en forma la actividad de las neuronas de nuestro cerebro. ¡Caray con la sal!
             Seguramente -intuí- que la fecundidad de la memoria de "Funes el memorioso" -no sé si Borges llegó a adivinarlo o incluso a confesarlo alguna vez-, se debía a que siempre tomó a diario, durante toda su vida, una dosis justa de sal.
            Porque ya sabes, recuerda: "Eres la sal de la Vida". Y por eso, en un atrevido gesto de vanidad personal, no me resisto a dejarte este pequeño poema de Amor.

 
                                      LA SAL DE LA VIDA

                                     Dame una pizca de sal
                                     de tu pequeño mar
                                     y toma si quieres
                                     un poco de ésta que es mía.
                                     Así podremos bañarnos juntos:
                                     tu agua con mi agua,
                                     mi sal dentro de tu sal;
                                     juntos si quieres
                                     para siempre en el Amor.

                                     Como dos gotas saladas
                                     que se unen abrazada
                                     diluidas en el Mar.





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