A través de la ventana

     A través de la ventana contemplo como el horizonte se va oscureciendo. Cada vez, es mucho más sombrío, parece alejarse. Por la ciudad, temerosa, aparecen grupos enloquecidos de individuos que siembran de pánico por las calles repletas de gentes sencillas que sólo pretenden seguir su camino, disfrutar de los tesoros, por pequeños que sean, que les entrega la vida, un amor sincero, un trabajo digno y el tiempo necesario para poder compartir, con los seres queridos, las bellezas de la naturaleza, la bondad y entrega de la gente desconocida que tienen los mismos sentimientos, aunque se expresen de un modo diferente, extraño, pero en su mirada se puede ver la solidaridad del ser humano. Sus manos abiertas lo dicen todo. 

     Contemplo, con miedo, como esos grupos de indeseables imponen su ley y pueden cubrir de sangre las grandes avenidas de las ilusiones, pueden acabar, en cualquier momento, con esperanzas, labradas con el esfuerzo del día a día. No tienen ningún derecho a imponer su credo y, menos, a truncar la existencia de quienes no piensan como ellos. Que se suiciden si es su deseo y consigan llegar a su paraíso donde sean felices, pero que no se lleven por delante a miles de inocentes que sólo desean continuar la senda marcada por sus sueños, sólo quieren llegar al gran valle del amor en el que reine la concordia entre los hombres, ver los trenes pasar raudos hacia destinos inciertos y esperar que alguno se detenga a recogerlos. 

     No les interesa ese paraíso que proclaman y a donde esperan llegar, triunfalmente, tras cometer sus actos sangrientos. Que se vayan solos, si es su deseo pero que dejen a los demás tranquilos vivir en paz, poder abrir las ventanas, de par en par, para contemplar los colores cálidos del amanecer. 

     Sin embargo, a través de esas ventanas se adivina un panorama desolador, ya no se ven niños correr libremente en las calles, hace mucho tiempo dejaron de jugar a policías y a ladrones. Hoy la policía no pueden atrapar a los ladrones, estos andan sueltos por todos los estamentos de la sociedad libremente, cometiendo sus delitos. Los niños ya no quieren jugar a una falsa. Tampoco se ven niños escondidos en las esquinas, nadie quiere encontrarlos. Los balones también dejaron de rodar por campos improvisados. Todos se ocultan en sus hogares, prefieren perderse por mundos virtuales. 

     En las calles de las ciudades reina la inseguridad, los ladrones están al acecho, ya no se puede pasear, libremente, disfrutando el frescor de la noche o perderse entre las sombras de un parque dormido. Ellos están ahí, nos aguardan. Están ocultos en cualquier recodo del camino, dispuestos a robarnos ilusiones y a ganarse el jubileo. La policía no puede hacer nada, una ética absurda se lo prohíbe. 

     Hay que fingir, todo es un sueño, un doloroso sueño en el que los indeseables logran alcanzar su añorado paraíso, mientras que las gentes sencillas, horrorizada, tienen que cerrar las ventanas, no pueden soportar las terribles imágenes de la sociedad corrompida. 

     Es mejor mirar para otro lado e imaginar que todo es un macabro sueño que un día se desvanecerá en el olvido.