Hoy es

Cuando no te veo


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             Todos esos rincones deliciosos por donde tus pies pasean; las pequeñas cosas que tocas con tus manos e incluso los dulces sabores que tu lengua paladea, puedo yo imaginarlos cuando te sueño sin que tú te des cuentas. Te contemplo libremente, como si pudiera observarte a través de un delicado cristal que permitiera ser atravesado.

            Hay quien dice que ya no existen las diosas, que hace mucho tiempo cuando el Mundo dejó de ser puro se extinguieron; pero yo no me lo creo y me reafirmo en ti, porque cuando no te veo, me falta la Vida. No siento deseo alguno por nada ni nadie; ni siquiera puedo comer ni respirar, pues mi cuerpo, al compás de mi alma, comprende que nada lo alimenta, sólo tú eres su único alimento.
            A veces van pasando los días y no consigo poseer tu cuerpo; y entonces acabo sumergiéndome en un denso sueño, tan denso como una inacabable noche de luna llena. Y allí, dentro de ese magno espacio, a espaldas de un sol que nunca nace, puedo verte emerger rodeada de una multitud de brillantes rayos que se desbordan desde las profundidades de un inmenso Océano; de un Océano que sólo yo sé crear. Vienes hacia mí enfundada en una translúcida malla de perlas marinas, tus cabellos desenvueltos como banderas al viento. Y al alcanzarme, de tu boca brotan siempre estas dulces palabras: "Vengo a ti porque me has llamado; y por propia voluntad te hago entrega de todo lo que soy".
            Ese es el vívido recuerdo que me acompaña en el afortunado despertar de algunos días. Por eso he acabado por imponerme este lucido pensamiento: "Si has logrado soñarlo, lo has vivido realmente" ¿No es eso cierto?


"Hambre" de Begoña Montes

Escaneada del libro por
Santiago Solano
       Leo este poemario — "Hambre" de Begoña Montes Zofío, que saca al mercado librero la editorial Lastura — despacio, centrándome en aprehender lo que dice, que es mucho, en lo que sugiere, que también, y en la recreación del escenario en el que ocurren los hechos que se refieren; que todo esto hay que tener en cuenta cuando uno abre este libro.
       La poesía minimalista, recuerdo ahora la de la estadounidense Doris Summer, o la de la venezolana Patricia Schaefer Röder, tiene estas cosas, que el poema es el resultado de un vistazo final — a veces sólo el rescoldo de un fogonazo —, a un escenario en el que han ocurrido, ocurren o puede ocurrir aquello que se quiere desvelar. Así podemos leer en la página cincuenta y cinco el siguiente poema:


                    Fue una voz 
                   lo que llegó hasta mí
                   y los huesos temblaron.

                   ¿Dijiste que venías?



Fotografía de la autora
        Poema que enlaza perfectamente en la tradición teatral española auspiciada por Federico Gacía Lorca en la que lo que vemos en escena es como un eco de lo que va pasando fuera de las cuatro paredes en las que transcurre la acción. Así el poema se convierte en lo visible, en lo audible, en lo degustable o sufrible de un acontecer que se nos deja abierto a la imaginación del lector; todo ello dentro de un laconismo expresivo eficaz, muy eficaz diría yo, tal y como ha venido haciendo también recientemente, en nuestro entorno madrileño, la siempre inconfundible y queridísima poeta Rosa Jimena.
       El verso de Arte Menor lo llena casi todo. El adjetivo está suspenso en un horizonte muy, muy lejano. La rima y la asonancia son ecos del pasado. Y sin embargo suenan bien estos poemas ultra breves. Algo tendrán que el lector ha de encontrar y saborear.
       Hay poemas que participan de lleno en la tradición del epigrama, tan usado por otra parte por nuestro añorado Juan Ruiz de Torres — sobre mi mesilla de noche siempre su "El bosque del Tiempo" — , que sitúa a éste en ese lugar especial de los libros a leer y releer, en ese peldaño de un Universo que crece en cada lectura. Bien se podría decir de él lo que se nos pregunta en este poema de la página sesenta y dos:



                    ¿De dónde
                    la magia
                    cuando
                    apareces?



       Así este "Hambre" que nos deja con hambre.




Más sobre la autora 




Dirección postal

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       Por si alguna vez nos tienen que enviar una carta desde muy lejos, esta es nuestra dirección exacta:

" ¿Crees que conoces la dirección de tu casa? Bien, a lo mejor no. O no la dirección completa, al menos. Por si alguna vez necesitas darle tu dirección postal a un extraterrestre, o conseguir que te entreguen una carta desde cualquier punto del espacio-tiempo, estos son los datos que deberías poner en el remitente para que el cartero no se vaya a perder:

Tu calle y número, código postal, ciudad, país.
Tierra, Tercero de Sol.
Nube Interestelar Local, Burbuja Local, Cinturón de Gould, Brazo de Orión.
Vía Láctea, Grupo Local, Supercúmulo de Virgo.
Universo Local, tiempo presente"





Fuente: 
Libros de Astronomía 
Isaac Asimov La pizarra de Yuri .

Una canción

Quema mi piel


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Quema mi piel
con la sangre
de tu carne encendida
y dame a la vez
tu agua fresca:
esa que no quita la sed.


Átame
para siempre
a la nave de tu destino
y suéñame
bajo las nubes de tus ojos,
aunque nunca me despierte.

Que ya no deseo ser
nada ni nadie;
que ahora te tengo a ti
y eso me basta.

Caminante

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       Mientras caminaba al lado del mar oía como las olas me susurraban: “…Caminante, no hay camino sino estelas en el mar”, me invadió una profunda y grata emoción, me senté y emergió este canto en honor a todos los Caminantes:



          Somos caminantes en nuestras sendas por la vida,
          A veces por caminos llanos y otros escabrosos,
          Caminos por la costa y caminos tierra adentro.
          En este devenir de nuestras vidas
          Cada día dejamos nuestras huellas,
          Que nunca volveremos a pisar,
          Cómo me recordaba el Maestro Antonio Machado.



          Nuestras experiencias que no teorías
          Son las que marcan nuestro camino
          Sacudiéndonos a nosotros como a los demás,
          A veces con sonrisas, a veces con lágrimas,
          Haciendo que todos continuemos
          Nuestra senda con renovadas fuerzas,
          Que cual efecto mariposa, transforma
          Todo a nuestro alrededor, incluso
          Más allá de lo que podamos imaginar.



          Caminante, no puedes parar porque
          El tiempo y nosotros mismos nos
          Detendremos en ese instante,
          Dando tumbos y sin rumbo.
          Caminante, debes tener un objetivo
          Al igual que el navegante
          Para no dejar naufragar su nave.



          Sin rumbo no podemos avanzar,
          No hay prisas y la longitud del paso
          No es importante, solo el esfuerzo
          Del caminante por avanzar.



          Es un pequeño homenaje al Caminante y al Maestro Antonio Machado quién plasmó la sabiduría de la vida, en estos versos:


          “Caminante son tus huellas
          El camino, y nada más;
          Caminante, no hay camino
          Se hace camino al andar.
          Al andar se hace camino,
          Y al volver la vista atrás
          Se ve la senda que nunca
          Se ha de volver a pisar.


          Caminante, no hay camino
          Sino estelas en el mar.”





Una del Oeste (I-4)

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Capítulo I

4

       Dos semanas más tarde habían llegado a territorio de Nuevo México. Instalaron el campamento a poco más de dos leguas de la cuenca de Silver City. El Capitán Alan Green le dio permiso al soldado Billy Joel para vestir de minero con el objetivo de bajar al pueblo y hacerse con toda la información posible.
       La cuenca trabajaba afanosamente. El ejército de la Unión necesitaba dinero y acuciaba a los mineros. Había soldados vigilando los trabajos, a las órdenes del comisario encargado de la zona, todo por cuenta del Gobierno.
       Billy Joel, que tenía fama de mujeriego y hablador, también de astuto, visitó varios salones — cantinas con barra, mesas redondas en las que tomar una copa, escenario donde las chicas enseñaban el traseros, todo en madera, etc. — buscando en la locuacidad de las mujeres la información que necesitaba. No tardó en saber que los mineros sospechosos de sudistas habían sido separados de sus parcelas, controlados de un modo riguroso.
       Lo sucedido en Virginia City, en Montana, pocos meses atrás, había hecho tomar medidas de máxima precaución. A Billy Joel se le llenaba la cara con una sonrisa burlona cuando recordaba que a pesar de las dificultades, de las muchas dificultades, se había sacado mucho oro con destino al ejército de los confederados en aquella ciudad.
        Estaba bailando con una pelirroja llamada Aretha, en un salón del pueblo, cuando entraron unos mineros a quienes les miraban con recelo los demás.
       —¿Qué pasa con ésos? — preguntó a la muchacha —. Parece que les dan de lado.
       —¿Es que no eres de aquí? Son sudistas.
       — Llegué hace poco a la cuenca. Es mi primera visita al poblado — respondió.
       Los mineros acusados de sudistas estaban aislados. Billy Joel trató de acercarse a ellos, pero no encontraba oportunidad. Bebió unos vasos de whisky y, haciéndose el borracho, se decidió al fin. Necesitaba llevar toda la información posible a su capitán.
       —¿Queréis tomar un whisky conmigo? — les dijo en voz alta—.He empezado a ver buenas pepitas y quiero celebrarlo.
       — Será mejor que bebas solo. Nuestra compañía no le traerá ningún bien — dijo uno de los mineros.
       Billy Joel observó el miedo que vibraba en estas palabras.
       —¿Por qué? No me importa; quiero celebrar mi suerte…¡Barman, pon whisky para éstos también!
       Tres mineros del otro lado del salón se acercaron a ellos. Uno de ellos dijo mirando a Billy Joel:
       — Tú eres extraño aquí. No te he visto antes de ahora...
       Y a renglón seguido le preguntó a los sudistas:
       — ¿Le conocéis vosotros?
       — No, nos ha invitado porque...
       — ¡Quiero! Hago lo que me parece con mi dinero, ¿te importa algo a ti? —respondió Billy Joel, encarándose con el minero que preguntaba como si estuviera bebido en realidad.
       — ¿Eres minero?
       — ¿Y tú? — replicó Billy Joel, haciendo sonreír a los testigos.
       — No nos gustan los forasteros — añadió el minero.
       — Tengo mi parcela — dijo Billy Joel.
       — ¿Dónde?
       — Quieres ir a robarme, ¿eh? Has oído que encontré buenas pepitas y quieres robarme. ¡Pues no te diré dónde está!
       — ¿Te das cuenta de que me estás llamando ladrón?
       — ¿Y no lo eres acaso? ¿Por qué quieres saber dónde está mi parcela? Déjame en paz, que me estás cansando. Bebed vosotros, no le hagáis caso.



Una del Oeste (I-3)

Capítulo I

3

       Marchaban aprovechando el sigilo y la oscuridad de la noche, y en cuanto clareaba se emboscaban, montaban la guardia de seguridad y se tumbaban a dormir. Don Summer, a los tres días se caía de puro sueño. Al atardecer, cuando estaban todos frente al fuego, tomando el café que les mantendría despiertos toda la noche, aprovechando que estaban casi todos, tomó la palabra y dijo:
       — Debiéramos vestirnos de cow-boys, así pasaríamos inadvertidos y podríamos caminar de día.
       Fueron varios los que apoyaren esta proposición, que no es fácil una marcha así, a contracorriente de lo que el puerto pide. Pero el Capitán Alan Green repuso. 
       — No puedo acceder a eso. Ya os advertí que sería peligroso. Lo que hacemos es una acción de guerra y hemos de ir vestidos con nuestro uniforme. Si somos sorprendidos y apresados lo seremos como soldados y no como maleantes. Aún estáis a tiempo. El uso de otro uniforme supondría una traición y no debemos ser traidores ni aun a nuestros enemigos.
       No se atrevieron a insistir, aunque no estuvieran de acuerdo. Billy Joel echaba de menos un buen revólver. El tenía en su casa, heredado de su padre, un estupendo Colt. Con él se sentía seguro en cualquier lado, con él iría hasta el mismo infierno si hacía falta. Lo mismo le sucedía a los otros soldados.



Hoy no es un día cualquiera


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       Ha llegado el momento de asumir los designios del destino por lo que hoy no es un día cualquiera. Hoy levantamos nuestras banderas de guerreros de la paz para que juntos establezcamos una armonía y una sinergia que alcance a todos los seres humanos del planeta en una danza sublime y conmovedora, para que las dudas, los temores y los miedos se apacigüen con el bálsamo del amor y de la esperanza y así liberar toda nuestra fuerza y energía para por seguir adelante con nuestro objetivo: la paz, con la confianza que procura bienestar a todos aquellos que sienten que forman parte del Alma Universal.
       Hoy no es un día cualquiera porque los guerreros de la paz se han unido en un canto de alegría que llena el aire de hilos luminosos que tejen las voces de millones de personas exigiendo paz; luces que como estrellas fugaces traen deseos de esperanza, deteniendo el tiempo en un momento de serenidad y sosiego.
       La belleza de los rayos del sol declinando su luz, dando la bienvenida al ocaso con sus colores y belleza saludan al océano de las estrellas… Hoy no es un día cualquiera porque el reino de la noche nos brinda el perfume de sus damas que endulzan el aire para que los espíritus nocturnos se serenen y descansen, dejando que la magia de la noche con su gracia y misterio den paso a la llegada del alba que con su esfera dorada y bermeja saluda y da la bienvenida a la otra mitad del planeta donde nacerán nuevas historias e ilusiones, sabiendo en lo más íntimo del alma que hay que tener fuerzas para elevarse ya que cada día cerramos un ciclo, saludando al ocaso y al amanecer… y con esa gracia que alegra al ojo humano nos hagan sentir que hoy no es un día cualquiera.
       Han pasado miles de años y se siguen oyendo gritos que arañan el aire y sentimos que las gotas de luz que trae la lluvia no amortiguan ese dolor y que las lágrimas de millones de personas mojan la tierra haciendo que los demás podamos percibir ese olor a tierra mojada inundada de lágrimas de tortura y de angustia…; tierra que sufre y grita desde su interior, haciéndonos sentir que es hora de levantar las banderas de la paz para curar los arañazos de súplicas que rasgan el cielo; para deshacer las esculturas con espinas que nos atraviesan la carne y son trampas para nuestras almas. 
       Hoy no es un día cualquiera aunque el sufrimiento y la desesperación sigan desgarrando el aire que respiramos, contaminado por decisiones de algunos señores que solo piensan en dividir al mundo para tener más poder y mantener bajo su yugo a millones de personas. Noticias trágicas, familias desgarradas sin esperanza, personas anónimas que se quedan en la cuneta del camino con su frágil esperanza; corazones rotos, llantos y algunas risas… Hoy levantamos las banderas de la paz para aportar luz y esperanza al enigma de nuestro presente y que nuestros pensamientos más profundos se unan en un mandala de compasión, de esperanza y de justicia.
       Hoy no es un día cualquiera porque hemos decidido que ya no toleraremos más el sufrimiento atroz, horrible de millones de seres humanos solo porque algunas personas tengan bulimia de guerra, individuos con corazones de metal, corazones ingratos que no saben lo que significa la compasión, la justicia, el respeto, la solidaridad; individuos que han olvidado lo que significa ser un Ser Humano. 
       Hoy no es un día cualquiera porque el amanecer nos trae el aire puro y suave como un bálsamo para nuestra vieja alma y nuestros ojos cansados para que podamos ver campos de lavanda, de girasoles, de almendros en flor; volcanes majestuosos que se levantan en medio de montañas y nos hacen sentir la grandiosidad de la Naturaleza; los rayos del sol nos bañan y nos acarician trayendo coraje y fuerza para mantenernos vivos y seguir luchando por los derechos de cada uno de los seres vivos que componen esta gran belleza natural que es nuestra casa la Madre Tierra.

       El sol, la luna, las estrellas, el aire, el agua, las montañas, los volcanes, los desiertos, los árboles, los seres vivos, todos y cada uno de los átomos que componen el universo y la naturaleza se mueven y giran alrededor de la Luz, por esto, hoy no es un día cualquiera porque la magia de la vida nos aporta luz a nuestro presente inseguro para que las puertas se abran, caigan los muros y se tiendan puentes para que todos podamos seguir avanzando, conviviendo, aprendiendo mutuamente con solidaridad y respeto.
       Hoy no es un día cualquiera porque levantamos nuestras banderas de la paz entonando el himno de la alegría con voluntad, con fuerza, con determinación y con coraje para que reinventemos nuestras acciones, aprendamos de nuestros errores, reflexionemos que hay millones de seres humanos en la miseria y en un sufrimiento atroz. Tenemos que adaptarnos a las leyes universales del equilibrio y de la armonía, del amor y de la esperanza, yo las guardaré en mi corazón, en ese rincón sagrado de mi alma para seguir compartiéndolas y seguir luchando por los Derechos de los Seres Humanos.





¿Un colibrí o un sinsonte?

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      Era un día gris, y amenazaba tormenta. No obstante, seguí con mi rutina, que no era otra que la de dar un paseo diario alrededor de mi barrio, Los Pinos, en La Habana.
       Comenzó a lloviznar tímidamente, y a medida que andaba las gotas de lluvia se tornaban más intensas, y de pronto…
        ¡Hey! mírame…estoy aquí! - me dijo un colibrí al pasar, o acaso era un sinsonte, no lo pude comprobar.
       Eran las 12:00 horas, y agobiado por el intenso calor, un gracioso cuerpecillo, de espectacular colorido, descansaba entre las ramas. !Quería platicar!
         Le comenté que otro día, que no me podía mojar.
     Cruzamos nuestras miradas, sonreímos él y yo; le di a entender que muy pronto hablaríamos los          dos.
        Y continué mi camino alegremente, radiante. ¡Al fin se había producido el milagro!
       ¡Podía hablar con los pájaros!
       ¡…Sólo me faltaban las alas!





Una del Oeste (I.2)

Capítulo I
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2

       La Academia de West Point, tras cincuenta años de funcionamiento, preparaba concienzudamente a los cuadros de mando del primitivo ejército confederado.
       En uno de los muchos escuadrones de caballería de esta facción, un joven virginiano recién salido de West Point y ascendido rápidamente a capitán por méritos de guerra, llamado Al Green, había realizado con un grupo incondicional de jinetes las incursiones más asombrosas que mente humana pueda imaginar. Era respetado y admirado entre los suyos y temido en las filas enemigas.
        Sus incursiones alcanzaron posiciones que estaban más allá de Nevada, y llegaron incluso a entrar en California. El objetivo que se le había encomendado era más que claro, buscar el apoyo económico que necesitaba la Confederación, pues tras ser abandonados a su suerte por Francia e Inglaterra, el sostenimiento del ejército no era moco de pavo. Cruzar tantas millas entre enemigos suponía ya en sí una gran proeza.
       El grupo lo formaban el citado capitán Al Green, el teniente Alan Parsons, el sargento mayor Lice Cooper, sargento Sprintisteen, y los soldados Billy Joel, Bryan Adams y Don Summer.
       En la historia que nos ocupa, la heroicidad de estos hombres puede decirse que fue muy relativa. La verdadera dificultad y por ende el mayor riesgo estuvo en la perfecta operación de infiltración. Una vez realizada la misma habían quedado detrás de las filas enemigas. Y allí había de todo, partidarios y detractores de sus ideales, de su nación, de su forma de ser y pensar. A río revuelto, ganancia de pescadores, que dice el refrán.
       El capitán Green se dio rápidamente cuenta de la situación. Comprendió, no sin cierto recelo, que era imposible el regreso a filas amigas sin poner nuevamente en gran peligro a sus hombres. Pero algo tenía que hacer, no se iba a dar por vencido de buenas a primeras. Así que se internó en un profundo bosque, desmontó y dijo:
        — Somos una pequeñísima fracción del ejército confederado en zona enemiga. Podéis dejar de obedecerme y, si os rendís, estoy seguro que no os pasará nada. Quizá permanezcáis prisioneros hasta el final de la guerra, que no tardará. Yo voy a intentar alcanzar los campos mineros en los que hay sudistas dispuestos a ayudarnos a recoger el oro y llevarlo a Richmond. Tal vez os parezca una locura, fácil no es desde luego. El que quiera seguirme sabe que es la vida lo que pone en juego y que son poquísimas las posibilidades de triunfo con que contaremos. Estad seguros que no pensaré mal de quienes decidáis rendiros o marchar a vuestras casas. Al contrario, pensaré que estáis locos si decidierais seguir a mi lado.
       — ¡No continúe, capitán! — dijo el soldado Billy Joel —. Está perdiendo el tiempo; iremos con usted.
       Los demás se unieron entusiasmados a estas palabras.





Una del Oeste (I-1)

Capítulo I
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      Y el espanto de la guerra colmó el alma de los hombres.
       Los grupos sociales se atrincheraron en sus creencias y la vida perdió el valor que un día tuvo. Las calles de todas las ciudades, pueblos y aldeas americanas se llenaron de violencia. Una, y cien, y mil espadas de atrocidad se cernían sobre las cabezas de todos. Cada uno de los componente de la multitud heterogénea de seres humanos que las poblaban tenían sus razones, sus odios, su alma en llamas.
       Por esto precisamente, para amortiguar, y si fuera posible eliminar, esta certeza de inseguridad, para llegar a creer que algo distinto a la iniquidad de la guerra era posible, algunas facciones de ciertas clases privilegiadas practicaron la flexibilidad, al principio únicamente por razones meramente comerciales, claro está, y permitieron una cierta convivencia, un acercamiento a aquellos seres de categorías inferiores, mineros, mujeres, etc. Luego, el tiempo y el roce entre humanos lo cambió todo.
       En el caso de la mayoría de los aristocráticos jóvenes de Virginia las cosas ocurrieron de forma muy distintas, fueron arrancados de sus plantaciones y palacios y se vieron obligados a convivir, a codearse con hombres modestos, con personas sin recursos, incluso con los esclavos negros. Esta hermandad obligada les enseñó que las clases inferiores también tenían, como ellos, como si fueran realmente seres humanos, corazón y sentimientos.




Mister Kurt: "Robit el robot"

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       Muchas veces he pensado cómo sería tener un alma de robot; bueno, yo lo expreso así porque hace algún tiempo vi una película en la que a un robot le implantaban un disco duro que daba vueltas y vueltas dentro de él y podía interactuar a través de imágenes, palabras y complejas comunicaciones previamente almacenadas. Algunos ya conocéis que el disco duro de una computadora tiene un platillo y una cabeza lectora que funcionan por medio de marcas o surcos, casi como si planease en el aire sin llegar a tocar su impoluta superficie, ejecutando un programa que previamente ha creado un programador. ¿No es eso así? Como podéis imaginar al final el ser humano intenta emular lo que de alguna manera ha hecho ya el Creador, o si se quiere, "El Programador de todo el Universo". Por eso muy a menudo me pregunto: ¿Hasta qué punto estamos nosotros también programados? ¿No son acaso nuestros genes, por ejemplo, un sofisticado programa biológico que alguien nos ha implantado? Y es por eso también (ahora sí lo entenderéis mejor) que sigo estando tan interesado en establecer tal analogía con el robot.
       Lo cierto es que el robot, al menos ese que yo imagino, se me aparece constantemente en sueños y he llegado hasta hablar con él. Es tan real que su voz sale de mi pecho como si conformásemos una sola entidad. Yo mismo me extraño y a la vez me maravillo de las sutilezas de mi mente al crear una máquina que tiene emociones, que llora y se alegra por las cosas que le suceden, que piensa y tiene proyectos a largo plazo como si creyese que dispone de suficiente tiempo para vivir. Y no sabe que todo eso que lo inunda es un prodigio que está al alcance de mi mano; en realidad soy yo el que puede darle o quitarle su existencia de un plumazo si lo deseo; pero es evidente que de momento no se me ocurriría hacer eso. Creo que tal vez podría perjudicarme yo también.
       Esta idea tan persistente en mí tiene su origen en una pequeña experiencia que tuve cuando era muy niño. Tendría unos cinco años cuando mi padre Erich (que como sabéis tenía su pequeño taller instalado en el sótano de la casa) me mostró que se podía construir un robot empleando algunas piezas viejas de un cochecito de engranajes, latas usadas de distintos tamaños y unos cables, una pila pequeña y dos bombillas de linterna. ¡Resultaba tan fácil! Ahora os lo sigo contando.
       Cortando las latas de acuerdo con unas dimensiones precisas, y una vez bien ensambladas, construyó la cabeza, el tórax, los brazos y las piernas. Y para los pies, utilizó dos piececitas de plomo sobre la que se sustentaba el cuerpo entero. No podía caminar, pero al menos movía los brazos y la cabeza y sus ojos resplandecían como dos pequeños faros frente a mí, tanto que llegaban a iluminar parte de mi habitación cuando ésta se hallaba a oscuras. Mi padre lo bautizó con el sencillo nombre de Robit; tal vez no fuera muy original, pero si al nombrarlo lo uníamos con su denominación común, más que sonar, resonaba: "Robit el robot".
       Y es que mis amigos tenían muchos y buenos juguetes, pero ninguno podía igualarse a Robit. Para mí era como si fuese de verdad, porque yo sabía perfectamente como estaba hecho por dentro; podía imaginar cada una de sus partes y de que manera al moverse rechinaban los engranajes de cuerda y rozaban las juntas de las latas entre sí. Para mí tenía vida. Por eso Robit una noche me habló, o yo soñé que me hablaba.
       Aquella noche, como de costumbre, mis padres me habían acostado en mi cama, y una vez me hube tranquilizado un poco, mi madre eligió contarme un cuento de vikingos: esos nórdicos feroces que tenían costumbres paganas y viajando en sus drakkars arrasaron todas las costas atlánticas de Europa desde Escandinavia hasta Algeciras. Yo conocía bien algunas historias de Odín, Thor y Frey, sus dioses principales; pero hoy no me referiré a ellas.
       De modo, que después de que me dieran un cariñoso beso acompañado de un hasta mañana, amor, la habitación quedó sumida en una profunda oscuridad a la que no acababa de acostumbrarme. Y fue justo en ese momento (antes de que comenzara a darle vueltas a aquella historia de vikingos y finalmente me durmiera), cuando sucedió un mágico imprevisto. Desde el lado derecho de mi cama, encima de la mesita de noche, se activaron dos potentes ojos, como faros encendidos en la oscuridad; eran las bombillas de Robit, que en modo alguno debían de haberse iluminado. En ese preciso instante, su cabecita metálica se giró hacia mí y mirándome fijamente me dijo:
       — Kurt, tengo ganas de ser como tú. Conocerte por dentro, como tú me conoces a mí y saber qué es lo que piensas en cada momento. ¿Podría ser eso posible, amigo?
       Recuerdo que mantuve la mirada fija para comprobar si era verdad aquello que me parecía haber visto y oído, pero nada nuevo sucedió. Robit, como una sombra más entre las sombras de la habitación, permanecía quieto y en silencio. Por eso aún hoy cada vez que lo pienso me pregunto: ¿Pudo ser aquello cierto? ¿Es posible que un robot pueda tener alma?
       Sigo sin hallar contestación alguna a estas dos preguntas que de vez en cuando me inquietan y persiguen. Lo que sí quiero deciros es que Robit, algo más viejo que cuando mi padre lo construyó para mi, todavía continúa acompañándome en mis noches oscuras de insomnio.





Mar de vuelos

(Imagen tomada de internet)

El mar muerde la planta de los pies,
sus dientes de agua
llevan al fondo.


Un salto adentro y sumergirse.
El cuerpo a la deriva entre las olas,
darle al mar el mejor abrazo.


Se ciñe al cuello la tristeza.
Recuerdos que deshacen la memoria
traspasan las volutas de cristal,
escapan fríos.


Un viento largo en golpes
me sacude las alas:
Llega hasta el sol y no te quemes.
Si resisten las manos,
¿quién sabe cuánto durará este vuelo?



El otro yo

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       Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
       El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
       Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
       Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
       Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.
       El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.



Autor del texto
Mario Benedetti 

Extraído de 

Desesperanza

(Imagen tomada de internet


Que importa si las lágrimas
se hicieron bruma en el abrazo,
si los labios el bucle de la boca
que nunca supo retenerlos.
Qué importa.



Que importa el viaje, la casa, el dinero,…
Entras, vas, vuelves, sales…
Con la certeza de saber quien eres
ves a diario tu ombligo.


Por un instante cierra los ojos
y anda el camino del que huye.
Detrás ruinas, desesperación, muerte.
Sobre el agua y con el frío huyen
todo su aliento en el valor.


Cuántos y más…
son demasiados pasos.
Y hoy doble ración de frío:
aquí no, no entras,
gas a tus lágrimas.


Destápate los ojos.
Se niegan aquellos, los míos, quiénes...
De verdad,
¿sigues creyendo aún que nos importa?


La rima




La rima sale del alma
como potro desbocado,
a mí me trae la calma
en este mundo alocado.



Es hermosa y muy sonora
triste y graciosa a la vez,
popular y arrolladora
sin presumir de altivez



Y no penséis que ahora miento,
ella me incita a escribir,
me provoca un sentimiento
muy fácil de describir.



Es un arte que me embriaga
en su aspecto más diverso,
como un dulce y no empalaga...
es música, es canto, es verso.



Mucha gente no la estima,
otros dicen: “Ya no se usa”.
¡PERO ME GUSTA LA RIMA!
y hace pensar ... a mi musa.



Ananda: "Un pequeño pez dentro del Océano"


... de Google


El Universo se abre ante mí
Ananda
Veo una estrella brillar a lo lejos
Ananda
Y conforme se va acercando
Ananda
Puedo sentir como penetra por mi cabeza
Ananda
Los cielos llueven sobre este pequeño corazón
Ananda
En forma de doradas cascadas de amor
Ananda
Ahora sé que puedo amar cuanto quiera
Ananda
He encontrado por fin la felicidad última
Ananda
Es tan sencillo comprender este misterio
Ananda
Lo tenía delante de mí y no lo veía
Ananda
Porque soy el reflejo de Ti mismo
Ananda
Yo, fundido en Ti, por toda la eternidad




A N A N D A...












Ser o no ser docentes



       Hay veces, muchas por fortuna, que te topas con seres especiales gratamente sorprendentes. Esos que te devuelven un poquito de esa esperanza muerta y yaciente que tantos velamos como a un cadáver por ver si hay suerte y revive. Esta es una publicación espontánea que nos transmite Esther Marín, profesora de arte dramático:



       Trabajo en un Centro de Arte donde en cada esquina hay una oportunidad para dejarse llevar. Ahora, mientras escribo esto desde la sala de profesores, escucho un piano de fondo que me tiene atrapada. Los alumnos más pequeñitos ya se marcharon a casa y alguien practica a estas horas (no sé si es profesor o alumno) suena suave y lento y me acompaña de fondo mientras planifico las próximas dos clases de mañana. No me gusta mucho planificar pero esta tarde se me está haciendo más agradable gracias al sonido de ese piano que se cuela entre estas letras y hace cosquillas.
       Junto a la sala de profes está la sala de pintura, y siempre que paso por ahí, hay alguien inventando algo entre pinceles; curiosa me quedo embobada mirando por la ventana. En los cristales pone "Imagine" en varios idiomas y yo pienso en lo bonito que es soñar sea en el lenguaje que sea.
       Dejo el ordenador un rato y camino entre los pasillos, el piano ha dejado de sonar y me acerco al lugar de donde provenía. Una joven estudiante y su profesora me miran y yo les doy las gracias por la música mientras la joven estudiante sonríe y su profesora me dice orgullosa que era ella, la alumna, la autora de la música y que va muy bien, según ella progresa adecuadamente. 



       Tengo suerte de formar parte de esto, acabo de darme cuenta. Ya lo sabía, solo que a veces olvidamos en el camino lo afortunados que somos. Tengo suerte porque estoy rodeada de gente que ama el Arte, de gente que me quiere y respeta mi trabajo. Casi siempre tienen palabras divertidas, bonitas o de admiración para "la profe de Teatro". Y gente a la que admiro suele venir a pedirme consejo para ver si tengo alguna fórmula mágica para a través del teatro "amansar" a los alumnos más despistados o rebeldes (para mí, esos son siempre los mejores).
       Aquellos que amamos el arte sabemos que hemos elegido un camino duro y a la vez muy bello, y cada día tenemos la oportunidad de cambiar un poquito el mundo a través de lo que hacemos. Lo veo cada día en los ojos de mis pequeños alumnos y también en el de la gente que me rodea, apasionada cada día por su camino (música, teatro, artes plásticas, danza, literatura, vida...) 
       Vivimos enamorados de lo que hacemos. 
       Nos brillan los ojos...

Esther Marín. 

Mister Kurt: "Cometas"


 
             Mi tía Mathilda (a la que desde ahora en adelante llamaré madre en mi relato, al igual que padre a mi tío Erich, porque siempre lo fue para mí) tenía la bendita costumbre de preparar, la mañana de cada sábado, una suculenta tarta sacher que complementaba, con algo más de azúcar de lo debido, mi bien vitaminado desayuno, que por otra parte, consistía básicamente en varias piezas de bretzels de galletitas o pan blando, que podían hacer las delicias de cualquier niño consentido; y yo lo fui durante aquella luminosa etapa de mi niñez.
            Pero no quedaba ahí la cosa; pues mis padres adoptivos se complacían a menudo en invitar al desayuno a mis mejores amigos del barrio. Ello constituía siempre un auténtico festín; sobre todo, cuando ya en plena primavera, nos juntábamos bajo el amplio zaguán de la casa, que se adornaba con multitud de flores blancas märzembecher repartidas en los diferentes setos que ocupaban los laterales y las esquinas de aquel espacio. Los sábados, bien entrada la mañana, se convertían así para mis amigos y para mí en toda una fiesta de los sentidos. No teníamos -no habiendo colegio ese día- otra ocupación mejor que jugar en las inmediaciones de las calles y el pequeño parque que se hallaba al final de la avenida del pueblo. Eso era todo; y cuando nos cansábamos, exhaustos ya de tanto brincar y gastarnos bromas, nos echábamos en el césped y planeábamos alguna aventura para matar el tiempo durante aquellas dilatadas jornadas, cuyo primaveral vigor hacía hervir nuestra sangre de púberes, sin que llegásemos a descifrar la causa de tan extraño misterio que brotaba desde muy adentro de nuestros jóvenes cuerpos. Fue en uno de esos preciosos días, cuando siguiendo todos la corazonada de nuestro común amigo Hans, decidimos pedirle al bueno de Erich, mi padre, que nos enseñara a construir unas cometas para hacerlas volar por los aires.
            El proceso iba a ser sin duda laborioso, pero mucho mayor era nuestro empeño por lograr aquel objetivo. Y para ello, mi padre nos reunió en el sótano que había bajo la casa y que hacía las veces de pequeño taller dónde él pasaba largas horas al día maquinando, nunca mejor dicho, para construir artilugios caseros; los cuales acababa armando con restos de piezas que recogía de los vertederos y desguaces, o que sus amigos solían donarle, pues conocían su ferviente afición de inventor autodidacta. Así comenzó aquel deseado encuentro entre maestro y aprendices.
            El más ingenioso de nuestro grupo era Frank, hijo del carnicero del barrio, que había aprendido ya a afilar cuchillos y a cortar y preparar carne para los clientes. Se había atrevido incluso a construir una maqueta de avión hecha con madera de las cajas donde se transportaba el pescado de la Lonja, que luego había barnizado y pintado de vivos colores sobre el morro y las alas: todo un prodigio de ingeniería que gustaba de exhibir colgado sobre una de las paredes de su habitación, con la intención de que nuestra imaginación hiciera el resto. Yo, cuando me reunía con él en aquella estancia, imaginaba a la máquina despegando de la pared y volando por encima de nuestras cabezas. Aún tengo vivo aquel recuerdo.
            Lo cierto es que durante casi una semana (una vez nos hubiésemos pertrechado por indicación de mi padre de cañas finas, papel y carretes de hilo, amén de pegamento para ensamblar las piezas) nos dedicamos, especialmente por las tardes, a construir nuestras respectivas cometas, de acuerdo con los pequeños detalles con los que intentábamos darle personalidad propia. Era muy importante para cada uno de nosotros conseguir la mejor cometa voladora, aunque no hubiese en juego ningún premio especial, sino tan sólo el deseo de disfrutar todos juntos de aquella experiencia.
            Como ya podéis imaginar, nadie pudo superar la cometa que Frank hizo; no era posible conseguir mayor belleza y perfección en vuelo. Para él construir algo a partir de una idea era lo más fácil del mundo; incluso después de haberla confeccionado se dedicó a ayudar al resto de nosotros a rematarlas y perfeccionarlas. Y así, casi sin darnos cuenta, transcurrieron los días hasta que hizo de nuevo acto de presencia el sábado.
            Habiendo desayunado abundantemente todos bajo el espléndido zaguán en flor, mi padre nos acompañó hasta un claro existente en el parque para que pudiésemos volar las cometas sin molestar a las personas que disfrutaban de aquel tranquilo entorno. Y así lo hicimos. Lukas, Hans, Frank y yo mismo, dirigidos uno a uno por el bueno de Erich, fuimos arrastrando al viento las cometas hasta que éstas remontaron el vuelo, elevándose y elevándose bajo el cielo azul de aquel hermoso día. Tiñeron por momentos la bóveda celeste de múltiples colores: rojos, verdes, amarillos y platas, rematados por sus largas colas que se retorcían en el aire como si estuviesen vivas. Desde abajo, moviendo con tenacidad los hilos de cáñamo, las hacíamos girar en mil piruetas que para mi parecían escribir desconocidos mensajes en el éter. Me entusiasmé tanto, que inesperadamente me acerqué demasiado al brazo derecho de Frank desequilibrándolo en el acto y haciéndole perder el control de su cometa que ascendió vertiginosamente a los cielos hasta desaparecer de nuestra vista. Pudo ser un pensamiento mío que actuó energéticamente sobre nosotros y produjo tan desafortunado accidente. O tal vez no fuera sino un buen presagio enviado por el propio destino. ¿Quién puede saberlo?
            Años después, sentados en el elegante despacho que Frank ocupaba como ingeniero jefe de proyectos de la aeronáutica Humboldt, volveríamos a rememorar ese día. Y no pudimos sino congratularnos de aquella experiencia infantil que de alguna manera nos había marcado para el resto de nuestras vidas.






Suerte

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Sueña mi pestaña
en su estela ebria
que la mece la luna


mueve una rama
desde un desvelo que corre
hasta la cruz del sur
desde el vino que bebió
al monólogo de una copa



se agacha ante
mi gran mala suerte
suplica cobijo al alba
entre el ruido
de rojos efluvios
que entran por mi boca
en un ataúd de llanto

Me han robado mi nombre

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       Oigo un estruendo seguido de una detonación, siento temblar la tierra bajo mis pies. Todo se derrumba. Siento un miedo atroz. Caigo en medio de este caos, no sé dónde estoy… he perdido la noción del tiempo y del espacio.
       Al recuperar mi consciencia compruebo que todos mis amigos y toda mi familia se han ido, solo quedo yo en medio de ésta devastación. Me han arrebatado todo, solo queda mi sombra y está tan perdida que no sabe a dónde ir. Ya no tengo país ni casa, no tengo familia ni amigos, estoy solo y no pertenezco a ningún lugar, me han robado hasta mi nombre, no logro entender el porqué de tanta violencia y crueldad…
        He perdido mi nombre, me lo han robado esas personas que son los artífices de estas guerras, que lanzan misiles sin ton ni son, provocando derrumbes que entierran a cientos de personas inocentes, cuyo único delito es haber nacido en esos países donde los arquitectos de las guerras han decidido devastar en lugar de crear; donde guerrillas masacran a inocentes sin motivo ni razón, donde cientos de niños quedan huérfanos o heridos en lo más profundo de sus tiernas almas.
       Me han robado mi nombre y tengo una herida profunda en mi alma tierna, solo tengo un recuerdo: “una aldea donde compartíamos lo que teníamos, reíamos, bailábamos, amábamos, no teníamos mucho pero tampoco lo necesitábamos”, ahora solo es un recuerdo o tal vez una ilusión.
       Me han robado mi nombre cuando me violaron, cuando nos hicieron desaparecer, cuando entraron y masacraron a mi familia…

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       Me han robado mi nombre… todos conocen los horrores que sufren cientos de miles de personas, las ayudas son pocas o no llegan y los que pueden solucionar las terribles situaciones no hacen nada. Los líderes de los países se dedican a hacer reuniones aquí y allá, buscando algún compromiso real y efectivo, pero por el momento, la única realidad es que “miles de personas están a la deriva, muriéndose de hambre y frío, sin casa ni país, personas anónimas que nadie recordará porque les han robado sus nombres”. 
       Los Líderes dicen que tal vez… la próxima vez… pero yo ya no les creo. Nuestros Derechos Humanos nos han sido arrebatados de un plumazo.
       No se puede seguir permitiendo que unos cuantos monopolicen a millones de personas llevándolas al límite de la pobreza, de la miseria, dejándolas desamparadas, cansadas, sin saber a dónde ir, que viven sobreviviendo en el día a día. Esas personas sin nombres no comprenden lo que les está pasando, solo saben que para sobrevivir deben abandonar su país. Es inhumano que las personas vivan sin saber hacia dónde se pueden dirigir; dando tumbos y tocando puertas cerradas que nadie desea abrir.
       Los Derechos Humanos se establecieron para que todos los seres humanos del planeta, sin distinción de raza, credo o color, tengamos los mismos derechos, con responsabilidades y obligaciones. Por lo tanto, se espera y se exige de los Gobernantes y Responsables que respeten la condición del ser humano.
       Ahora vivimos en un mundo global y con las redes sociales, millones de personas están al corriente de lo que pasa en el mundo al instante, pudiendo opinar sobre todas las cosas, y la gran mayoría de los seres humanos se unen para hacer fuerza con el fin de que la violencia cese y deje de generar tanta crueldad, tantas muertes y que la paz gane y se eleve en un himno de libertad y respeto para que todos tengamos nuestro nombre y nuestra dignidad. La vida de cada ser humano es un eslabón de esa gran cadena llamada Humanidad, cadena viva que palpita, cadena en reacción por lo que todo tiene consecuencias sobre todo y todos.
       La Unión de esos millones de seres humanos que luchan por la paz, luchan también por devolverte tu nombre, tu lugar, tu estima, tu confianza, tu dignidad, tus derechos humanos, tu libertad y tu respeto para que dejes de ser tu sombra que camina entre las ruinas sin saber hacia dónde ir y vuelvas a recordar quién eres y de dónde vienes.



La tarde pasó de largo

Proyecto de Ilustraciones para libro. 1
La ilustración es de
Azahar Montes Parias.


              La tarde pasó de largo,
              con un disfraz de calma
              se descosieron los minutos lentos
              y cayeron por algún lugar de la cuneta.
              Ahora sueñas con recogerlos,
              encerrarlos y contar las horas,
              las horas que faltan para morir,
              para viajar al último peldaño
              de ese silencio roto en las paredes.

              Desnudos relojes visten tu tiempo,
              varado en una cuna vacía.



La sal de la Vida


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                         Dame una pizca de sal
                         de tu pequeño mar
                         y toma si quieres
                         un poco de ésta que es mía.
                         Así podremos bañarnos juntos:
                         tu agua con mi agua,
                         mi sal dentro de tu sal;
                         juntos si quieres
                         para siempre en el Amor.



                         Como dos gotas saladas
                         que se unen abrazadas
                         diluidas en el Mar.                              
                              





En el limbo

La Novia Fantasma
Nelly Cucchi

       Se oye un rítmico “puf - puf” de fantasmas paridos en espera de que nos invoque alguien. Desde que ya no está de moda el juego de “la guija” nos aburrimos como una ostra, a algunos les permiten salir de vez en cuando en la noche de Halloween y otros tienen su propio programa de televisión e incluso hacen bolos por teatros con una famosa médium.
       Pero los que mejor vivimos somos los que estamos en el limbo, como yo que me dedico a escuchar programas de radio y a participar en concursos de microrrelatos.




Una mirada

... de Google


       Cuántos sentimientos transmiten las miradas de hombres y mujeres, de niños y niñas: alegría, ternura, amor, desamparo, miedo o rencor.
       Una mirada posee todo el lenguaje en sí misma. Una mirada nos hace sentir que estamos vivos o muertos, por mucho que nuestro lenguaje quiera disfrazar ese sentimiento.
       Una mirada nos desvela secretos, nos hace sentir cómplices, amantes, próximos o distantes.
       Una mirada nos hace sentir la alegría de un recuerdo que nos ayuda a vivir, o nos hace sentir el dolor de un recuerdo que no deseamos volver a sentir. 
       Una mirada nos transmite la fuerza y la determinación para ser capaces de luchar por lo que creemos y por nuestros sueños.
       Una mirada que rehuye otra mirada esconde secretos, algunos de traición que queremos ignorar, otros de timidez y otros que no soportan leer en otros ojos la decepción.
       Una mirada es universal y atemporal, habla el lenguaje de unos sentimientos transmitidos en el silencio de las palabras que guardan sus sonidos para no enturbiar ese regalo divino.
       “Hay miradas que besan todos los rincones del alma”
       “Avanza…con los pies en la tierra, y la mirada en el infinito” (anónimos)

Carta al futuro

Montaje de
Santiago Solano
sobre una imagen
extraída de Google.
       Estimado Lilu. 
       Cocino esta última galletita cuando los tambores de guerra dejan las sombras de la amenaza y salen a la calle llenándolo todo de lo que tú y yo siempre hemos odiado: violencia gratuita, horror, destrucción. Las fieras de la guerra afilan sus garras. Tengo miedo. El dolor me sacude antes de que llegue. La muerte me visita antes de que muera. En tu mundo digital, tú sangras nano células. En mi mundo orgánico, todo está del revés…
       La rueda comienza de nuevo a girar, aquí, donde nací, en esta amada casa del escritor, en Puerto Origen, mucho tiempo después.

La iglesia conventual

La foto es de
Santiago Solano
       Yo vine a Santa Cruz de la Sierra para cumplir la promesa que le hice a mi madre en su lecho de muerte: adecentar primero y reconstruir después la iglesia conventual. Todo el mundo sabe que ella, siendo niña, tuvo la llamada de Dios en ese lugar santo, y después, con la vocación de la clausura arraigada en el alma, que allí mismo tomó los hábitos.
       Soy Juan Vital, hijo de Sor Esperanza, la monja violada. Y sí, aunque cueste creerlo, mi padre es el exterminador y torturador Excmo. Sr. D. Fulgencio de las Torres Hambrán, generalísimo de esta nación secuestrada.

Contrapunto

... de Google

Las palabras
se tienden al sol del pensamiento,
pinzan el aire de la voz,
sueltan otra luz,
fueron también poema.


Contraste tan oscuro el silencio…
…,
…,

Tanto silencio.


No hay palabra,
presa en su propia cárcel,
descoloca los signos.


Si no hay llave,
¿quién le abrirá la puerta?




las palabras se rompieron

... de Google
       Las palabras se rompieron en el atardecer, quisieron volar demasiado alto, pretendieron conquistar un tesoro que no les pertenecía, pensaban que no hacían daño a nadie, todo era un inocente juego que a nadie tenía por qué molestar. Las palabras dibujaban, sin cesar, versos en un atardecer cada vez más sombrío, cargado de ausencias y recuerdos desconocidos.
       Todo era absurdo, un sueño irreal que sólo quería huir de una soledad inaguantable que nunca había conocido el amor, una soledad repleta de besos y caricias que jamás me pertenecieron, sólo eran vulgares sombras que me rodeaban, murmuraban continuaban frases que no llegaba a entender, eran demasiado hermosas para mí. Siempre estuvieron ahí animándome a seguir la senda de la vida y, en muchas ocasiones, me consolaron y me hicieron ver que no valía la pena arrojar la toalla cuando la vida nos ofrece tantas oportunidades.
       Sin embargo, aquella tarde esas queridas compañeras dejaron de ser vulgares sombras y me abandonaron, perdieron su compostura, me abandonaron sin saber el motivo. Desde entonces la tarde me mira con rencor y su ausencia me ha dejado un sentimiento de culpa que no llego a asimilar.
       Tal vez, algún día regresen y me devuelvan los verdaderos colores del atardecer y pueda acabar mi gran poema de amor.