Flores

Caminaban juntos hacia el centro comercial
en busca del diseño Nórdico.
Dos melenas rubias de pelo maltratado
por el sol y la cosmética de oferta.
El, alto, desgarbado, ella, entrada en jamones.
Al verlos se podría pensar en dos hermanos
o un matrimonio con reminiscencias hippies,
sin nada en común salvo el cabello
y alguna experiencia con el Lsd.
Pero a los ojos avispados de un vendedor de seguros,
eran otra cosa, —nada rentable—
madre e hijo empujados por el calor y la arritmia del cenit,
juntos, aburridos de arañarse la corteza durante 40 años.
Javier y Evelia,
la cual ante la noticia de la independización de su hijo,
—el único, el deseado—,
decidió gastarse todos sus ahorros en una cama nido.
—A todas las madres les quedan redaños de cigüeña—,
y si sobraba algo —pensó— un búcaro con flores,
ahora en Asia las hacían casi reales —las de verdad tampoco olían—
A Evelia siempre le gustaron las flores: frescas, de tela,
flores para celebrar, marchitas en un libro, flores en las tumbas.
Las flores y los centros comerciales unen a las familias,
— y el ciclo de la flor es tan parecido al de la vida humana—