Dolorosa equivocación


     Se equivocó. No supo medir sus palabras y todo se volvió en su contra. El miedo empezó a dominar sus actos y, desde entonces, comenzó a ver sombras en la luminosidad dorada, mágica, del atardecer. Detrás de cada esquina del tiempo, donde antaño le aguardaba una esperanza para ofrecerle nuevas ilusiones con las que confiara en el destino y pudiera dibujar poemas azules sobre los desengaños cotidianos, ahora estaban ellas, vigilantes, dispuestas, en cualquier momento, a amagarle la existencia. 

     Se equivocó. Era consciente de ello, pero ya no había solución. Había sido un iluso, creyó, en todo momento, que aquella confesión tan directa le libraría de la soledad, imaginó que, por fin, podría amar y, con un poco de suerte, ser amado, una de sus máximas ilusiones en esta vida. Sin embargo, no fue así, y se asustó. Sólo pronunció ‘’TE QUIERO’’, dos sencillas palabras, sin duda, el más grande poema jamás escrito y ella, ofendida, desapareció de su vida.

     No podía entender la reacción de aquella mujer, su huida al escuchar semejante confesión, un ultraje que, al parecer, no podía tolerar bajo ningún concepto, una vulgar chiquillada que podría traer graves consecuencias. Cómo habría sido capaz de ofenderla de semejante modo? La amistad era una cosa y aquella confesión podría traer consigo un mundo que no estaba dispuesta a compartir con cualquiera. 

     En su huida, dejó reproches que se multiplicaban en los silencios cotidianos y, a lo largo de la madrugada, convertidos en sombras chabacanas, atemorizaban los sueños más inocentes. Los poemas que le había dedicado empezaron a desaparecer por la senda del olvido. Avergonzados, se perdían en los desconocidos atardeceres de la distancia. 

     Él, no entendía aquel proceder tan extraño. La buscó, como un loco, para pedirla explicaciones y, si fuera necesario, estaba dispuesto a pedirle perdón. Solo la dijo ‘’TE QUIERO’’. Nada más. Hay que pedir perdón por querer, por amar? 

     No sabía a quién preguntar, tenía miedo, pero de qué? Qué mal había cometido? Las sombras le acosaban constantemente y aquel grandioso poema dejó de tener sentido, gritos y susurros traviesos, intranquilos por las consecuencias del destino, trataban de darle argumentos que justificaran la reacción de aquella extraña mujer. Sin embargo, estos eran contradictorios, las palabras no se ponían de acuerdo, jugaban con motivos dispares, absurdos, enloquecidos por las lágrimas rencorosas de aquella mujer. 

     Un día preguntó por ella al viento y éste le entregó las hojas secas del otoño, en su interior se podían leer las verdaderas razones. De pronto, todos los ‘’TE QUIERO’’, pronunciados y por pronunciar huyeron, desesperados, hacia el olvido. 

     Aquella pobre mujer, amargada por un amor que no encontró jamás, dejó de llorar y murió de melancolía.