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25 de septiembre de 2017

Viejas crónicas (3)

La foto es de mi propiedad

       Ibiza estaba cerrada por descanso. Y todas las carreteras acababan igual: o ante el portón cerrado de acceso a una propiedad privada, o ante la arena de la playa. Siempre el mar al fondo, como un escenario.
       Nos pasamos el resto de la tarde bajo un cielo cambiante, sol, nubes blancas, nubes negras; cayeron incluso algunas gotas. Vimos la isla de Ízaro Films, o un doble, que estas cosas nunca se sabe: la perspectiva siempre tiene sus inconvenientes. Y, al final, como remate de este viaje al corazón de la isla, paramos en territorio comanche.


       Ibiza estaba cerrada por descanso, con un mar cambiante al fondo, como un escenario.
La foto es de mi propiedad
       Tras una curva vimos las distintas alturas de las piedras, los dibujos en el suelo, esa magia de lo primitivo tiñendo la luz difusa de la tarde. La luz era de una nitidez sobrenatural. El encuentro fue como un choque, como si de pronto hubiéramos caído en aquel campo de los setenta lleno de paz y amor, de yerba en los pulmones, de vivir de lo que diera el campo, fuera lo que fuera: ausentes de todo conflicto. Nos lo quedamos mirando mientras el coche seguía su camino. “Eso deben ser las reservas de los hippies”, pensé. Pero cuando nos dimos cuenta ya estábamos subiendo la cuesta, dejando atrás el misterio. Dimos la vuelta, desde luego. Aparcamos el coche fuera de la carretera, en tierra de nadie, en la entrada de arriba, como un insulto. El silencio era estremecedor. En los botes colgados de los árboles el viento pintaba sus lamentos, como una llamada de auxilio, como la sirena de una fábrica llamando a la huelga. Hice una veintena de fotos en poco más de tres minutos. Los árboles crecían verdes. La escalera de tierra subía, perfectamente delimitada por las ornamentadas columnas de piedra. Había algo sagrado frente a nosotros. Se palpaba. Elena también lo sintió. Dijo, vámonos, no me gusta esto. Unas fotos más, dije. Y en ese momento apareció un coche ranchera envuelto en el polvo del camino, al fondo, saliendo de entre los árboles. En él iban tres o cuatro hombres de larga cabellera. El que iba en el lado derecho delantero me miró directamente a los ojos, mientras yo continuaba paralizado, como poseído por una fuerza irracional, con la cámara de fotos en la mano, mientras el coche pasaba por delante de nosotros. Vi en sus ojos el corazón resignado, un poco orgulloso también, del indio de la película “Alguien voló sobre el nido del cuco”. Luego hice algunas fotos más. Le pedí a Elena que me hiciera una, en aquel lugar en el que todo hubiera sido posible. 


       Ibiza estaba cerrada por descanso, con un mar cambiante al fondo, como un escenario.
       La noche en el caserón solitario pasó sin que cayera en el folio palabra alguna. Una noche sin sueños. Lo mismo que el sábado, un día que nació muerto. Pusimos el GPS. Llegamos en nada a Santa Eulària. De paso hacia Santa Carles de Peralta coincidimos con un viaje del INSERSO en la visita al mercadillo hippie, comimos en Sant Joan de Labritja, vimos las cuevas de cuyo nombre no me acuerdo, no es que no quiera, es que no me acuerdo. Y otra vez el caserón. Otra noche sin sueños.


       Ibiza estaba cerrada por descanso, con un mar cambiante al fondo y abajo, bajo las alas del avión, como un escenario.
       El domingo volvimos al aeropuerto. Atrás se quedaba, para siempre, el paseo nocturno por la playa en Sant Antonio de Portmany, la isla, el minúsculo corazón de la isla que una vez acariciaron nuestros corazones. Subimos, ascendimos. Entramos en un espacio blanco. Sólo aquella blancura. Nada abajo, nada arriba, nada a los lados. Sólo ese espacio cegador. Elena me dijo que tenía miedo. Yo le cogí la mano. Me la lleve a los labios. Le di un beso. No te preocupes, dije, esto es como el folio en blanco. Da un poco de miedo. Pero no es nada. Sólo este vapor de agua teñido que te ciega los ojos. Luego, de pronto, Madrid, desde arriba, quieta como una araña dormida.




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