Por largos pasillos infinitos

deambulan las personas,
caminan hacia una luz
cegadora. Vertiginosamente,
las sombras desaparecen
por esquinas llenas
de ausencias dolorosas,
y las tristes palabras
devoran silencios pestilentes.

Los gritos de gargantas resecas
imploran un bálsamo que alivie
su tremenda soledad, el alimento
necesario para calmar el desconsuelo
de los atardeceres rotos.

Por los largos pasillos
las manos, cientos, miles de ellas
piden algunas monedas
para comprar sonrisas y amaneceres
limpios de lágrimas rojas.

Los pasillos son infinitos
y los hombres se pierden, definitivamente,
sin poder encontrar la salida
de la única verdad.


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