El manso




Santiago miraba las bolsas del supermercado todavía llenas, esparcidas en el suelo de la cocina. La de congelados empezaba a dejar un cerco de agua alrededor como única pista. Tenía que sacar los productos de la compra y rellenar la nevera, el congelador y la alacena, pero el mero hecho de pensar en abrir una al azar, llenarse los sentidos de crujientes envoltorios, del olor a carne cruda pasando por encima del de la pescadería o clasificar los yogures por fecha de caducidad se le antojaba tan pesado como escalar una pared de piedra. En los dedos de sus manos todavía se marcaban los surcos de las malditas bolsas de plástico y le recordaban que apenas llevaba cinco minutos allí parado, con el sudor fresco sobre las sienes, paralizado por el pánico que le producían las elecciones de cualquier tipo.
¿Por qué siempre había que guardar las cosas en orden? ¿Qué le impedía guardar el detergente en la alacena junto a los calamares congelados? ¿Acaso se iban a estropear? Al cuerno con los calamares. Tomó una bolsa cualquiera y volcó su contenido. Se quedó contemplando cómo las manzanas Pink Lady rodaban en distintas direcciones. Parecían huir de él, como si buscaran cobijo debajo del fregadero o en el hueco de la puerta entreabierta. Sí, que le temieran. Él ya había visto antes el rojo que se desparramaba por las juntas de los azulejos, allí, en esa misma cocina. Pateó con saña una última fruta díscola, que le plantaba cara asomando por debajo del logotipo de la bolsa. Sintió un fugaz placer cuando la pulpa quedó esparcida entre los restos de piel y la suela de su zapato. ¿Por qué tenía que acabar así? Él no había deseado que terminase de aquel modo. Las parejas rompían y se separaban. Vivían por su cuenta y, a veces, hasta se llamaban.
Pero no, Amelia no podía aceptarlo, no de él, aunque antes hubiera disculpado a otros maridos infieles en parejas cercanas. Le había gritado en salón, en el baño mientras hacía como que hacía sus necesidades, le había hostigado en una tenaz persecución que había finalizado en la cocina.
Se agachó y recorrió con la yema del dedo las manchas del suelo mientras por el rabillo del ojo espiaba a las manzanas prófugas. Le observaban, le acusaban- Había intentado olvidar, dejar atrás aquel día en el que rompió lo más sagrado e irrompible. El día en que no pudo aguantar más y cortó los gritos de cuajo. Habían pasado ya tres años desde aquella locura de gritos y recriminaciones, de corazones rotos. Si Amelia iba a dejarle que lo hiciera, como habían hecho otras. O mejor aún, que le hubiera echado de casa con la maleta esperando en la calle para escarnio público. Pero no, Amelia tenía que montar el numerito, segura de que él, el manso Santiago, no abriría la boca, aceptaría su culpabilidad y su castigo para seguir atormentándolo de por vida.
Amelia se equivocó. Él no se calló, dejó de ser el manso durante exactamente cinco minutos, durante los cuales destrozó la cocina antes de que ella se marchara. Aquella odiosa cristalería roja sembrando de añicos esos mismos azulejos, volando a cámara lenta en todas direcciones como las manzanas. Pink Lady. Qué nombre más ridículo para unas manzanas rojas.